La verdadera esencia
Por Pablo Callejón
Antoine de Saint Exupery nos advirtió que a los mayores nos gustan las cifras. Y esto nos impide entender lo esencial. El creador del Principito precisó que al hablar con un nuevo amigo le preguntamos su edad, cuántos hermanos tiene y la altura de la calle donde vive. Difícilmente, le consultaríamos al conocerlo “si le gusta coleccionar mariposas o cuáles son sus juegos preferidos”. Perdemos la cuenta sobre lo esencial, siempre invisible a los ojos. Cuando analizamos el acuerdo entre el Estado y el Fondo Monetario Internacional, los adultos sentados en sus bancas parlamentarias y los otros, en sus despachos de gobierno, ponen sobre la mesa datos, estadísticas, cuadros evolutivos, cifras y balances. El objetivo es que los números cierren para el Gobierno y el FMI. Y si esto no ocurre, habrá una nueva reestructuración. Y otra más. Cómo sucedió durante 21 pactos, desde 1956. Es decir, en los últimos 66 años. Disculpen ustedes, como buen adulto que soy, volví a caer en la trampa de los números.
Lo esencial parece no haber estado en el acuerdo. Como no lo estuvo nunca antes. La deuda inconmensurable es con la gente. El término se refiere a las mayorías. Pueden reducirla a un número si prefieren. Imaginen cómo cuantificar el impacto que las medidas de ajuste tendrán en las fuerzas de trabajo, las pymes, la economía informal y la producción que no mide sus cuentas según los valores de exportación. Lo esencial es el deterioro en la calidad de vida de las y los argentinos, la desorganización en el hogar, la imposibilidad de proyectar, el desafío de la cena caliente de cada día. Sin embargo, nos explicaron que ningún arreglo con el Fondo puede ser bueno, aunque no hay mejor alternativa posible que un pacto con ellos.
Luego de 12 horas de debate, el oficialismo obtuvo 202 votos a favor, 37 en contra, 13 abstenciones y 4 ausencias. Si de estadísticas se trata, el 96 por ciento de los legisladores de Juntos por el Cambio acompañó la propuesta de Alberto Fernández y solo el 65 por ciento del Frente de Todos levantó la mano. Cifras que dicen, pero no lo explican todo. Cristina eligió a Alberto para ganar una elección. Los números cerraron pero las diferencias no. La pesada herencia, una pandemia y hasta una guerra con esquirlas económicas que estallan sobre el precio de los commodities y los combustibles, convirtieron al mandato de Fernández en una odisea. A los embates externos se sumaron las diferencias internas que debilitan el poder presidencial. Como en toda relación de pareja, dos no es igual que uno más uno.
El acuerdo entre Mauricio Macri y el FMI tuvo, en esencia, una razón política. No se trata de un banco que mide la capacidad de pago de su cliente y le presta en consecuencia. Es un organismo multilateral bajo la tutela de potencias económicas que aseguran el endeudamiento para fijar las políticas. Su objetivo es avanzar sobre la soberanía de los gobiernos y sobre todo de sus pueblos. Cuando el ex presidente convocó a que “la Argentina se enamore de Christine Lagarde” buscó asegurar el mayor crédito en la historia, vulnerando todas las normativas del propio Fondo. 44.500 millones de dólares, de los cuáles 40 mil millones se debían pagar entre este año y el próximo. El líder de Cambiemos aseguró que hubiera resuelto el problema en cinco minutos. No siempre imaginó soluciones tan rápidas. Un tiempo antes, había decidido tomar créditos a pagar en100 años. Pero, ¡qué manía la de los adultos con los números!
Si pensáramos en términos absolutos, un vecino de Tokio debería preocuparse más que un parroquiano en Rosario. Japón tiene la deuda externa más alta del mundo, alcanza al 257% de su Producto Interno Bruto (PIB), seguido por Italia (154%) y Estados Unidos (133%). Sin embargo, la preocupación por el endeudamiento apunta naturalmente a los países emergentes, en desarrollo o subdesarrollados. La capacidad de pago y la emisión de bonos en monedas locales, impide suponer un default de las potencias industrializadas. En la Argentina, la deuda ya alcanza un PBI, con una pobreza superior al 40 por ciento y una inflación que podría superar nuevamente el 50 por ciento. A la debilidad social y productiva se suman las acreencias en dólares, un déficit histórico de la economía en el país. La dimensión de los préstamos asumidos por el Estado nacional y las provincias debilita la capacidad de los ciudadanos para obtener créditos. Quienes deciden tomar un riesgo pagan tasas altísimas, a veces usurarias, como en el sistema UVA. En el ranking del Banco Internacional de Pagos (BIS) por países de las familias más endeudadas de América Latina, Brasil aparece primero con el 35,3%, luego sigue Chile con el 48,2% y la Argentina se ubica muy lejos con el 5,2 por ciento. Los bancos han logrado ganancias extraordinarias en la bicicleta financiera y no necesitan prestar a sus clientes. Otro síntoma de la realidad esencial, en la que los números no cierran.
Un informe del legislador de Juntos por el Cambio, Antonio Rins, reveló que en Córdoba, la deuda de la Provincia roza los 264 mil millones de pesos. Es el equivalente a un 11,7 por ciento del producto bruto y un 81,6 por ciento de los ingresos. La esencia también alcanza a las cifras en bruto: un 94,7 por ciento lo que debemos las y los cordobeses está en dólares y debe ser devuelto antes del 2031. La reestructuración de casi 1.700 millones de dólares en enero del año pasado evitó la amenaza del default pero no redujo la carga de pagos en moneda norteamericana. Para algunos economistas, solo permitió “ganar tiempo”.
En Río Cuarto, el pago de los 14 millones 800 mil dólares contraídos en 2017 resultó un fuerte alivio para las arcas del gobierno local, después de largos años de presión sobre las finanzas públicas. La deuda consolidada para este año se redujo al 3,52% del presupuesto. De todos modos, aún quedan pendientes la cancelación de los adelantos de coparticipación el fondo de 70 millones que entregó la Provincia en el epílogo del gobierno de Macri, un leasing de maquinarias por 47 millones de pesos, un crédito del Banco Nación para cloacas y pavimento por 50 millones de pesos y el pago de más de un millón y medio de dólares por un préstamo del BID, que deberá comenzar a enfrentar el próximo gobierno.
Otra vez me dejé ganar por el impulso de los adultos. Los que suelen preguntar cuánto ganás en tu trabajo, en lugar de preocuparse por el libro que acabas de leer. En la hegemonía de los números, las cuentas no cierran si no estamos todos adentro. El crecimiento en la Argentina es desigual. Cuando esto sucede no hay desarrollo, aunque las cifras hablen de un repunte o rebote económico. En esencia, muchos argentinos y argentinas esperaban el acuerdo solo para que dejen de hablar de ello. Podría adquirir un mejor significado el debate si otros pagaran los platos rotos. Sobre todo, aquellos que pidieron el crédito y dejaron que se fugara. La plata no quedó en el país, ni siquiera podemos estar seguros de que alguna vez entró. No hay menos deuda, ni más hospitales, caminos, escuelas o producción. La plata del Fondo nos hizo más pobres y aún así, debemos devolverla. Todos los adultos, los que decidieron endeudarnos y los que analizan las cifras a pagar, alguna vez fueron niños. Solo que muchos no lo recuerdan, como advirtió Antoine. Es probable que los borradores del acuerdo con el Fondo no incluyan las infancias que viven en casas hacinadas, caminan descalzas, buscan la vianda en el comedor y son vulneradas en sus derechos básicos. Tampoco podrían prever a las miles de mujeres que marcharon advirtiendo que la verdadera deuda es con ellas. Seguramente no puedan ejecutarse las metas pactadas con el FMI. Números que serán nuevamente negociados. El endeudamiento pendiente es con los sectores más golpeados por estos ciclos de asfixia social. Y esa, es la verdadera esencia.
Póster Literario: “Entre hombres”, de Germán Maggiori
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