Escuchar la melodía
Por Pablo Callejón
Cuando todos observaban, él prefería escuchar. Como en un palco principal del Palais Garnier en París, mi viejo lograba distinguir aquellas melodías de pistones y el árbol de levas, en un concierto de violines y contrabajos. Apoyaba los brazos sobre el tejido y la frente sobre el dorso de las manos. Así podía estar durante un largo tiempo. Lo que duraba cada competencia del turismo carretera, para ser exactos. Poco importaba quien ganara la carrera. Sospecho que algunas veces confirmaba al vencedor cuando encendíamos la radio al regresar a casa. El encanto hipnótico se desprendía del ruido de motores. Pido disculpas, no eran ruidos. Era la música que lo envolvía en ese aura que solía identificar cada día en su taller mecánico. Mi viejo sabía advertir las fallas del motor con solo pedir que lo pusieran en marcha. Admiraba aquel don pero nunca quise aprenderlo. Jamás supe demasiado de autos. Un día me contó que los carburadores tienen un chicle y demoré un largo tiempo en evitar imaginar un Bazooka de menta rodeando al pulverizador y la aguja cónica. Admiraba aquellas virtudes de mi viejo y nunca se lo dije. Al menos, hasta hoy. Cada vez que planeábamos un fin de semana de carreras, la previa era una fiesta. Los sábados comprábamos el asado, una botella de fernet, dos coca colas de litro, el pan, algo de verdura y un salamín casero. Dormíamos en el autódromo, a la par de un fuego que se mantenía encendido durante toda la noche. Antes del amanecer recalentábamos la falda que había sobrado de la cena y preparábamos el enésimo fernet para confundir al frío. Con pocas horas de sueño, aguardábamos la velada principal entre fánaticos con buzos de Ford y Chevrolet. En esa feria de visitantes enardecidos al borde del autódromo, algunas mujeres ofrecían unos instantes de sexo en las carpas que servían de improvisados burdeles. Un día volví con uno de esos buzos plagados de logos y letras que parecían esfumarse por la velocidad. Mi papá me observaba feliz con aquel abrigo del Chivo. Eran los tiempos de gloria con Eduardo Lalo Ramos, aunque el viejo admiraba al Flaco Traverso. Nunca olvidó la tarde del 3 de abril 1988, en el autódromo de General Roca, cuando la cupé Fuego cruzó la bandera de largada con parte de la carrocería en llamas. Varias veces lo vi dramatizar con sus dedos curtidos por el gasoil aquellos minutos de gesta heroica. Marcaba los tiempos sobre el mantel de la mesa y se reía como un niño con su colección de Welly Wheels. Yo lo acompañaba haciendo el ruido del motor. Apretaba la lengua con el paladar para fingir una vibración rítmica como la secuencia de un ronquido afónico. Cualquier hubiera supuesto la improvisación infantil de un auto de carreras. Mi viejo, podía escuchar su música.
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