El aire que compartimos
Fue en año nuevo, poco antes del brindis. Yo estaba tendido sobre un sillón de paño marrón y miraba la luz buscando los brazos de mi mamá. El silbido era un aguijón que me penetraba la sien. El pecho parecía inflarse en un intento por desprenderse de la piel y la carne. Alguna fuerza de poder sobrenatural me aprisionaba hasta dejarme inmóvil debajo de aquella luz. Las bocanadas de aire eran cada vez más espaciadas y creía percibir algo parecido a la muerte. Pero en aquel entonces no podía imaginar que se pudiera morir a los 9 años. Mi mamá me tomó en sus brazos y comencé a observar la baranda de hierro de la escalera que anticipaba la puerta de salida. Al ganar la calle, una brisa de calor sofocante me acariciaba la frente. Después de cinco cuadras eternas, el Fiat 128 estacionó frente a la Clínica. En el hall de ingreso, una mujer le pedía los datos a mi papá mientras un enfermero me trasladaba sobre una camilla de cuero negro a la habitación de cuidados intensivos. Pasaron algunos minutos y finalmente me dormí. El Duo Decadrón había hecho efecto y parecía aliviar el broncoespasmo que me estrujaba los bronquios hasta camuflarme en un color violáceo.
Desde aquella noche sin buenos deseos, la falta de aire me representó a la muerte. No soportaba el encierro ni la oscuridad. Los espacios herméticos me daban pánico y siempre buscaba la puerta de salida hacia cualquier lugar. En cuarto grado aprendí que el final de la escuela no conducía a casa. Llevaba en la mochila una libreta blanca que le presentaba cada día a la enfermera a cambio de una vacuna inyectable. El riguroso procedimiento fue luego semanal y finalmente un pinchazo al mes. Más lento resultó adquirir el ánimo necesario para correr detrás de una pelota debajo de las plantas de mora negra. La cobardía se medía en suspiros de aire, como latidos de un corazón cansado por la angina. Creo que mis pobres dotes para el fútbol sirvieron de consuelo ante el deseo incontenible por correr detrás de una pelota sin martirizar los pulmones.
Al final se acabaron las inyecciones y comencé a dormir con el Ventide debajo de la almohada. Ya no fue necesario levantarme en madrugada y dejar hervir la olla Essen para que el vapor dejara pasar el aire por la tráquea hasta alcanzar el tejido bronquial. Cuando el cuerpo quedaba temblando de miedo, mi mamá ponía mis brazos sobre su falda y me acariciaba detrás del codo hasta que recuperaba el color natural del rostro. A veces me largaba a llorar y todo empeoraba. El aire parecía esfumarse en los intentos por equilibrar los nervios y la frustración.
Sandokan me convenció de poder vencer a la oscuridad del mar. Ese lugar donde escasea el aire y solo ganan sus batallas los piratas. Aprendí a no mirar la playa como un bastión de arenas movedizas y a romper las olas más allá de la mirada de mamá. Uno convive con el miedo para no ceder eternamente a la trivialidad de las jornadas cobardes. En mis fantasías sobre la bicicleta de ruedas azules nunca me imaginé sobre un pasado bucanero. Podría enfrentar las babas de la marea y caminar en la infinidad imprevisible del agua, pero jamás apostaría a los dados con la distancia de sus costas.
Con el asma se adquiere alma de impostor. Por exceso de buenos modales buscamos convencer a los otros de la insignificancia del silbido que nos hace respirar solo por la boca. Y ya no solo dormimos con el remedio a nuestro alcance, convivimos con él. Se convierten en los brazos que te levantan sobre el sillón para resguardarte en un sueño profundo capaz de salvarte la vida.
Con los años también comprendí que el desamor y la angustia nos pueden quitar el aire. Y que la opresión del pecho aparece cada vez que no somos correspondidos. Es el encierro que nos abandona en un rincón, sobre la calabaza de sueños frustrados y entre las hojas muertas del invierno.
El doctor Olivero insistía en aconsejarme que el modo de vencer la falta de aire consistía en duplicar la distancia. Creo que lo hubiera decepcionado con mis fracasos deportivos, pero la lección no fue en vano. En esa lucha a contramano con las fuentes de aire, aún es posible correr a paso sostenido. Bajar de prisa las escaleras, buscar el pase frente al arco rival y hasta seguir el ritmo de los pasos de baile de mis hijas.
Y hoy transcurrimos estos días aislados, con precaución a lo ilegible del ambiente, donde el refugio puede ser una estación abandonada del tren. Otra vez, resueltos a esperar el momento de volver a entendernos sobre una plaza repleta y el café con medialunas sobre la mesa del bar. Y no lo hicimos tan mal. Seguimos vivos y hemos salvado muchas vidas. Solo nos quedan por recuperar aquellos lugares que nos aguardan con un mejor aire por compartir.
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