Los que no hubieran podido y los que no podrán
Por Pablo Callejón
Foto: Javier Raiden
Entre los miles que colmaron más de un kilómetro de calles del microcentro riocuartense estaban lo que no hubieran podido de otro modo y los que dejarían de poder. Sin la Universidad pública, una mayoría de estudiantes sin recursos económicos no podrían soñar con un título de ingeniería, enfermería, abogacía o veterinaria. Y aunque en las aulas todavía no están todos, en el campus universitario aparecen representadas las familias trabajadoras que no podrían abonar los costos de un arancelamiento mensual. Lo que está en juego con el desfinanciamiento universitario es la posibilidad de que miles de jóvenes de la ciudad y la región puedan convertirse en profesionales. El dilema supone el fin del anhelo de ascenso social que los sectores populares solo pueden advertir a través de la educación.
“Nuestro futuro no les pertenece”, advirtieron desde el Frente Universitario, en una sentencia que se replicó en cada una de las movilizaciones en todo el país. El sector visibilizó un reclamo que aisló al Gobierno nacional. Ningún otro conflicto logró un respaldo tan amplio y contundente. Aún con la insistencia del veto por parte del presidente Javier Milei, la educación pública surge como un incómodo límite para el modelo de la motosierra anarco liberal y la destrucción de las bases del Estado.
Con salarios de pobreza, partidas de gastos desactualizadas, quita de recursos para la investigación, reducción de programas de asistencia para estudiantes y la paralización absoluta de las obras en las Universidades, cinco meses después de la primera marcha todo está mucho peor. Para contrarrestar la contundencia las protestas, el Gobierno apuntó a una “campaña planificada e intencional”, que intenta justificar el ahogo presupuestario con falsas acusaciones. No hay una pretensión de alcanzar la verdad, sino de ganar en intensidad con discursos de odio hacia una de las vacas sagradas de la sociedad argentina.
La política de la motosierra del “Topo” que destruye al Estado desde adentro, no modifica lo que está mal, ni propone una acción superadora desde lo público. Para Milei, lo que no se puede ceder al mercado, se desfinancia o se destruye. Y a veces, la primera opción simplemente deriva en la siguiente. La falta de insumos, el freno a la apertura de nuevas investigaciones y el deterioro salarial conducen a una nueva fuga de cerebros: el 60 por ciento de quienes desarrollan ciencia lo hacen en universidades nacionales y convirtieron al CONICET en un organismo de notable prestigio internacional.
Con niveles de pobreza que superan el 50 por ciento, la permanencia de estudiantes en las universidades es cada vez más compleja. Al ajuste en becas y aportes sociales se suma la necesidad de trabajar para poder continuar con sus estudios. El sistema recibe una permanente asfixia, pese a representar solo el 0,14 % del PBI. Los recursos no suponen un riesgo al superávit fiscal, aunque contradicen la matriz ideológica que resiste la posibilidad de que cada uno de los pibes y pibas que iniciaron una carrera puedan concluir sus estudios universitarios sin tener que pagar una cuota a fin de mes.
El presupuesto para el próximo año prevé una continuidad de los mecanismos de ajuste con la motosierra recargada. Si la Argentina aspira a convertirse “en Irlanda”, el modelo libertario no advierte que la educación pública sea parte de la solución. “En un contexto de escasez, cuando deben ponderarse prioridades, no se privilegian las áreas académicas, por lo que el desarrollo de la Nación y la posibilidad de desandar sus profundas desigualdades serán una utopía”, advirtieron los universitarios en la marcha del jueves. Apenas unas horas después, el presidente les respondió con la firma del veto que buscará defender con sus aliados en el Congreso.
Cómo señalábamos antes, el intento por desacreditar al sistema universitario público utiliza discursos violentos y banales que se replican en las redes sociales. El vocero presidencial Manuel Adorni afirmó que “las universidades inventan estudiantes para cobrar más fondos”, una acusación que no solo revela desconocimiento, sino malicia. Por ley, el presupuesto no se asigna por el número de alumnos que pueda tener cada universidad, sino por componentes de salarios, gastos de funcionamiento e inversión para ciencia y tecnología. Desde el CIN advirtieron que también “es falso que los pobres no estén en las universidades”. El 48,5% de los estudiantes inscriptos en materias de 2024 están por debajo de la línea de pobreza. Además, casi 7 de cada 10 alumnos tienen padres y madres que no fueron a la universidad: son la primera generación en acceder a la educación superior.
El Gobierno insiste en que las universidades no quieren ser auditadas en sus gastos y algunos sectores sociales reprodujeron la afirmación como una especie de verdad revelada. Pese a la ofensiva oficial, las unidades “lideran el ranking que elabora la Agencia de Transparencia de la Jefatura de Gabinete de la Nación” por el nivel de control a las que son sometidas a través de la Auditoría General de la Nación.
Este año, en términos reales, el presupuesto universitario cayó más de un 30 por ciento y el salario real de los docentes y no docentes descendió a niveles de pobreza. Con la previsión presupuestaria, el CONICET perderá un 41 por ciento de ingresos y habrá un desplome en la formación de recursos humanos. Otros organismos, como el INTA, el INTI y la CNEA, sufrirán nuevos retrocesos el próximo año y se prevé una parálisis definitiva de programas de desarrollo e investigación.
Las universidades representan el bastión de resistencia con mayor fortaleza frente al experimento libertario en el que confluyen vestigios de los 90, con ejecutores de recetas ya conocidas disfrazados de falsos outsider. El Congreso tendrá la posibilidad de ratificar la Ley de Financiamiento o compartir un asado en la residencia de Olivos, con héroes que celebran empobrecer los haberes de docentes y jubilados. En definitiva, es el tiempo que parece definir si nuestros hijos podrán o no seguir una carrera universitaria.
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