Qué gusto tiene la sal
Por Pablo Callejón
Mi primer recuerdo de Carlitos Balá fue el corte con flequillo al borde de las cejas, que mi vieja había pactado con el peluquero hasta que cumplí los cinco años. Todos nos parecíamos a él cuándo nos mirábamos en las fotos de cumpleaños, frente a la torta de confites abrillantados y un bonete con los colores de River. Mi viejo cada tanto me hacía el chiste sobre “¿qué gusto tiene la sal?” y me daba ternura verlo reir bajito, en un gesto de complicidad con su propia niñez.
Mientras Don Carlos Salim Balaá Boglich imaginaba a su tercer hijo varón levantando las persianas de la carnicería en Chacarita, Carlitos improvisaba una sala de teatro apilando los cajones de verduras que desechaban del mercado. El niño introvertido que evitaba saludar con un beso a las tías que llegaban al barrio, prefería dar rienda suelta a las escenas de bromas inocentes sobre la línea 39 de colectivos, que no perdían efecto en la barra de amigos. El inmigrante libanes debió ceder ante el joven de 18 años que eligió abandonar el delantal blanco con hedor a media res, para tantear suerte como peón de una imprenta, repartidor y administrativo. Las experiencias acartonadas para salir del paso le permitieron ganar la independencia que abrió las puertas de la verdadera aventura. Carlitos realizó una prueba de actuación para Délfor Amaranto y sin más currículum que la caradurez del pibe sobre el bondi, se sumó a “La Revista Dislocada”, el clásico radial donde las risas en vivo seguían la entonación de la orquesta de Santos Lipesker.
Unos años después, Carlitos dio el gran salto sobre la caja boba que interpretaba mejor el guiño del ojo izquierdo y el gesto de un Jaimito sin dobles intenciones. El jovencito con un corte que parecía moldeado con una gran taza de té, les hacía un Sumbudrule sobre la cabeza a los que se ufanaban en resistir el día que solo daba lugar para un “kilo y dos pancitos”. La tele tenía sus propios clásicos y Carlitos ya era parte de la jungla. Allí confluían una kermese de juegos infantiles y un tal Joe Bazooka, el cowboy de pantalones de gamuza y olor a chicle de fruta, que disparaba una pistola de cebitas para espantar a los torpes villanos. Fue un torpe soldado y lideró su propio clan, antes de lanzar un circo mágico y el mítico show de Carlitos Balá.
El púbico podía seguir los pasos de Angueto, un perro invisible que provocaba el tembladeral de la mano que sostenía su rígida correa, y ser comprensivo de Miserio, “un caso serio” a la hora de abonar las cuentas. El chupetómetro se desbordó por el coraje de niños y niñas que abandonaban las tardes acunadas sobre la falda de mamá y los más grandes pegaron la vuelta con Petronilo. Todo fue fabulósico en aquellos años 60 para los lactántricos que aprendieron a reír aplicando la Z en lugar de la J. La fama se hizo inmensa como las pantallas de cine y Carlitos se convirtió en protagonista de películas de culto. Como muchos otros artistas populares de la noche más larga, protagonizó algunos films que banalizaron el horror de la dictadura. Aquellos “locos en el aire” y los agentes de la “las brigadas en acción” fueron la permisiva representación visual de un tiempo trágico. De un día para el otro, el niño que le preguntaba a su mamá “cuando nos vamo´” abandonó el escenario televisivo tras la exigencia de los censores de un régimen que no toleraba la indisciplina de los chicos que preferían apropiarse en una sala de torturas. Carlitos se fue adecuando a esos tiempos oscuros con una sucesión de personajes que se ganaban el favoritismo de la gente “más rápido que un bombero”.
Cuando el aire cambió por años más libres y justos, Carlitos fue perdiendo la disputa con una televisión que buscaba relatos más picantes y osados. Como en las peleas de Karadagian y La Momia, el flacuchento que se presentaba con un “ea ea ea pe pé” empezó a frecuentar las tardes de domingo, el lugar donde la pantalla chica relegaba a quienes habían quedado recluidos en la memoria del corazón. Fue una época en la que te desplomabas sobre el sillón del living y todavía cambiabas de canal con una perilla del tamaño de pelota de tenis, que delataba la búsqueda con un persistente trac trac. A las 6 de la tarde le gritabas al que movía la manivela que detuviera la antena cuando su orientación alcanzaba el sur. Carlitos era un artista del absurdo para toda la familia. Sus frases se convertían en códigos que la gente repetía en un sentido de pertenencia con la eterna infancia que añoraban. Representó la divertida búsqueda del anillo en un montículo de harina que les dejaba la cara embadurnada. Era una kermese que sabía aprovechar las ventajas de lanzar los disparos por encima de los patitos que pasaban en fila. Siempre resultaba más divertido salir derrotado de la feria de tramposos que olían a copos de azúcar.
En Olleros al 3900, los funebreros no ocultan los gestos de devoción cuando circulan por la casa amarilla de los Balaá. Lo quisieron presidente del club, pero Carlitos siempre se negó. Los que mandan a veces deben enojarse y el artista de flequillo a prueba de ventarrones prefería hacerlos reír. Sobre un paredón del estadio, la barra de San Martín le pide los domingos a Chaca que salga primero para alegría del hincha que se descubre en un mural de colores rojos y negros. Antes de aprender a enamorar a su público, Carlitos probó con la mujer de su vida. Simuló que vendía lapiceras entre los pasajeros del colectivo y Martha Venturiello le devolvió una sonrisa de esas que pueden durar para siempre. Tuvieron dos hijos y unos cuantos nietos que lo acompañaron cada verano a la carpa en Mar del Plata. En esas playas esculpidas por las babas del mar, los turistas le pedían una foto mientras los niños buscaban develar la mirada boba de los padres que observaban al ídolo.
Dicen que filmó más de 50 películas y tuvo un camarín exclusivo en los viejos estudios de Argentina Televisora Color. Cuentan que ganó un Martín Fierro y hubo conductoras de faldas a lo loco que cantaban sus canciones con ritmo de karaoke. Afirman que le hicieron tantos homenajes que no pudo verlos a todos. Y hay quienes testifican que una banda de rock festivo reversionó el “Aquí llegó Balá”, con el que comenzaba sus programas de televisión. A los 86 años, los vidrios de la línea 39 aparecieron ploteados con su rostro y a los 96, el Papa Francisco le pidió que se diera una vuelta por la Plaza San Pedro para declararlo Embajador de la Paz.
Carlitos contó alguna vez que el escenario lo hacía temblar como una hoja. La calle, las esquinas con amigos y los holgados asientos del tranvía resultaron un lugar más apropiado para superar el miedo al ridículo. El artista decidió probarse en aquellos que se despanzaban de la risa en público, pero te cantaban las 40 cuando volvías a casa. Carlitos quería divertirlos y casi siempre lo lograba. Un legado para quedarse tranquilo y dormir sin frazada, cada vez que en la tele del domingo alguien nos pregunta que gusto tiene la sal y salimos a buscar la mirada cómplice de nuestros viejos.
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