Por si venís por acá
Por Pablo Callejón
Si venís por acá, no preguntes por el viento. Las cartas de presentación hacen molinetes en las hojas de la Quírico Porreca. Y en las bolsas danzantes que giran como en el triángulo de las Bermudas frente a Marconi y Mugnaini.
Si venís por acá, sabrás que don Juan Filloy es un puente que a la tardecita se esfuma con el sol. Y una calle que puede bordear las esquinas de Milstein, Leloir y Fonatanarrosa. Es también, el hombre de anteojos como culo de botella y habano a medio apagar que posaba frente al portal de su casona después de una noche de palíndromos y burdeles. Nunca te preguntes que ha sido de él, ni siquiera la Maga en el capítulo 108 de la Rayuela de Cortazar pudo saberlo.
Si venís por acá, las verás parir su lucha. Ale murió atropellado por un móvil policial. Lo ocultaron mientras aún agonizaba y esperaron pacientes 17 años para dejar ver sus huesos al final de una alcantarilla. A Nicolás lo desaparecieron en una quinta de narcos con calendario policial. Fueron por lo que más amaban, sin saber que ellas irían por todos. Son las rosas que destierran las espinas de un Estado que les adeuda la vida de sus hijos.
Si venís por acá, verás un predio con su nombre. Allí juegan los niños que sueñan ser el hijo de Juan XXIII. Daniel Passarella, preguntó por él y el Payo intentó ponerle un freno al presunto bromista con una sentencia que hubiera sonrojado al Vaticano. Pablito superó aquel traspié y entró al Monumental con la desfachatez de un gol de emboquillada a Boca. Fue también campeón del mundo juvenil y el enganche de los equipos de Bielsa. Un día entró al vestuario de Estudiantes y le dijo al plantel que los envidaba. Desde aquella noche, no volvió a jugar.
Si venís por acá, dejá que la arena te impida abrazarla con las palmas de la mano. Caminá sobre la ribera que se expande hacia el parque y escuchá el paso del río que se extingue después de cada oleaje. Está bordeado de casitas que parecen desmoronarse por el viento. Son las mismas ráfagas que temen perder la compostura frente a las casas del country.
Si venís por acá, preguntale al Dios que cruza la cañada si pudimos ser dignos. Armá un picado con once soldaditos y subite al paredón donde poder gritar los goles que solo escuchará la niña del Nacional. Convencete de caminar con pasos breves, sin más señas distintivas que una bufanda del ciclón. Y preguntale al tachero de la Plaza por qué la garganta es un nudo de tristeza cuando en la radio nos dicen que tu equipo acaba de romper la red.
Si venís por acá, sentante en la mesa de algún bar. Mirá por la ventana a la chica que te gusta. Podrían ser todas, hasta que solo importe una. Perdé la apuesta con los memoriosos de falsas historias. Las únicas creíbles son las que logramos recordar, aún a costa de olvidar lo que realmente sucedió.
Si venís por acá, dejá una flor frente al Jacarandá en el patio de la escuela. Preguntale por la tenacidad de sus ojos azules y el bastón que servía para señalar a los injustos. Dejala parir vida en las vidas de todas. En las que luchan y la abrazan. Como la Maldonada que sobrevivió a la pampa hostil, abandonada a su suerte por los que abrían las venas de la América Latina. Un día recibió en brazos de asesinos el cuerpo sobreviviente de su nieta. Quizás creyeron que aquello sería todo. No pudieron advertir que la mujer de pelo de ceniza ya estaba resuelta a empuñar un pañuelo blanco.
Si venís por acá, destina un rezo por la Florencita. Frente al panteón de sus milagros descansan las ofrendas de quienes pueden dar fe. El padre que nunca conoció, jamás sabrá que había abandonado a una santa. En los pasillos del Convento aún resuenan los pasos de la niña vestida de blanco, con zapatos que parecen conducir al cielo.
Si venís por acá, escuchá la zamba de un poema de Toledo. El Negro solo te hablará de aquello que conoce. Sus letras tienen la convicción de los que viven como piensan. Y la sabiduría de los que piensan como viven. Las peñas que lo abrazan adquieren la sensibilidad del lamento de su guitarra. Como en la trova del renacido que se olvidó de olvidarlo.
Si venís por acá, caminá despacito por Constitución. Entre tanta vidriera y luces de neón hay un surco de parejas que juegan al azar sobre la vuelta del perro. Y aún quedan vestigios del convento sin sus ranchos, rodeado por esas torres de cemento que dormitan impotentes por no poder ocultar al sol.
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