Ojalá podamos ser dignos
Por Pablo Callejón
Elena lo abrazó sin conocer aún lo que decía la carta. Luis miraba el infinito desde la ventana donde se podía observar la mundanidad de cualquier día injusto. El escrito concluyó con las firmas de varios funcionarios y el logo del ministerio de Salud. Habían rechazado el pedido de las gotas que necesitaba para aliviar los padecimientos en la vista. No podía comprarlas aunque su hijo, el médico, las hubiese conseguido a través de algunos amigos. El compositor musical malhumorado es un hombre sensible a su historia y sus convicciones. Odia los atajos. El abrazo de su nieta, una militante feminista de izquierda, parece renovar su esperanza por un mundo menos oportunista. Aún a costa de los ministerios que ajustan la salud y las puertas que solo se abren cuando las golpean los que saben usar la colonia y el honor. La sensible película de Florencia Wehbe es una reivindicación a quienes transitan la vida sin más pretensiones que su propia decencia. Luis había recibido antes otra carta. Iban a reconocerlo por su notable trayectoria de compositor musical. Un grupo de empresarios lo aplaudiría y hasta recibiría una importante cantidad de dinero en la velada de honor. Suficiente para asegurar de por vida sus gotas para los ojos. El hombre de mirada tierna y severa ni siquiera les atendió el teléfono. Las llamadas llegaban desde otro ministerio del mismo Gobierno. Un sitio donde al final del día jamás se preguntarían si fueron dignos del lugar que usurpaban con vicios de legalidad.
El hijo de Luis, el médico, se manifestó “apolítico” ante la interpelación de Elena. Es uno más de los que van a trabajar todos los días, sin importar quien está en el gobierno. Una de esas personas que presumen una profilaxis de los contaminantes sociales, como si fueran sujetos asépticos de las conductas propias y ajenas. La joven estudiante de música le advirtió que toda acción de los hombres y mujeres incluye la política. El médico resistió con un vademécum de lugares comunes y aceptó a regañadientes acompañar a su sobrina a una marcha en favor de la legalización del aborto. En las calles de una Córdoba conservadora, Elena le entregó un pañuelo verde que el médico pareció guardar en algún bolsillo de su pantalón. Es su última participación en una película que apuesta por los protagonistas resueltos a cambiar la historia desde la defensa de valores profundamente políticos. Quizás al hijo de Luis le hubiera resultado menos escandaloso que algunos amigos del poder se vacunarán antes contra el Coronavirus. Tal vez no se hubiera exaltado por los que dejaron vencer miles de dosis mientras escaseaban las vacunas en los centros sanitarios. Aquellos eran tiempos de ajustes en salud y educación, donde las cartas ni siquiera tenían el membrete de un ministerio.
Las extensas colas de personas mayores de 70 años que aguardaron por un turno que les permitiera realizar el trámite para acceder a un nuevo turno, expusieron el drama de los que no pueden adelantarse en la fila. Como en plena pandemia, cuando los jubilados y jubiladas se expusieron al virus para poder percibir sus bulímicas jubilaciones, quedaron visibilizados por la negligencia de los que deciden con sus pies apoyados sobre un frío escritorio. Esos funcionarios ni siquiera tuvieron el decoro del sentido común. Sobre el final de la semana, el inicio del plan de vacunación en el polideportivo devolvió la esperanza que hubiera aliviado los malhumores de Luis. Tras un año de encierro y cumplimiento de las normas, el grupo de mayor riesgo ante la amenaza del virus comenzó a ser vacunado por la infusión que los apolíticos desestimaban por su origen ruso. Quienes siempre ostentaron de los privilegios del sistema, aún a costa de ocupar por las botas o los votos los oscuros ministerios, emergen reconvertidos en docentes de una moral que detestan. No son los que marchan en lujosos autos importados los que militan por un mundo más justo. Solo la negligencia de los que prometieron ser distintos podría incorporarlos a una partida de buenos modales, con el crupier siempre de su lado.
El desgaste que provocó en los oficialismos la pandemia comienza a mellar en el ánimo de los que nunca dejaron de sostener el proceso sanitario. La disputa contra el virus no nos hizo mejores. Solo nos revelamos tal como somos. Fue la decepción de ver cruzar la puerta de los amigos del poder a quienes parecían luchar contra esos privilegios. Reivindicar el rol del Estado y las políticas que empoderan a los más vulnerables es el desafío por recuperar. Hallarnos en un mundo más solidario, donde no resulte necesario que los amigos del médico consigan las gotas para los ojos. Un tiempo que contenga las utopías de Elena y las reivindicaciones de su abuelo, profundamente convencido de la política que no salta de la fila. Y mañana tal vez, el planteo del hombre que inspiró a Luis se reconcilie con la realidad. Para no favorecer a los mercaderes que esperan dar el salto y lleguen con mejores noticias las cartas con membrete oficial. Ojalá, podamos ser dignos en esta historia.
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