El médico que silbaba bajito

Por Pablo Callejón

Ramón Mosquera se puso en manos del hombre de guardapolvo blanco que lo saludaba afectuosamente cada mañana. Su vida de portero no parecía garantizarle un lugar en los libros de historia. Tampoco hubiera apostado en la raspadita de la Lotería que sería posible salvar millones de vidas con solo aceptar el convite del doctor Luis Agote. La sangre de Ramón se había conservado durante 15 días en un frasco de 100 centímetros cúbicos, mezclada con cristales de citrato neutro de sodio. La sal actuaba como un eficaz anticoagulante y no era tóxica al organismo. Si el experimento funcionaba, ya no sería necesario que los pacientes estuvieran recostados en dos camas ubicadas a una distancia prudencial, para intentar la transfusión. En definitiva, lo que el médico argentino proponía era el modo en el que los Bancos de Sangre se convertirían en un recurso de salvación. El 9 de noviembre de 1914, Agote observó al doctor Ernesto Merlo coordinar el proceso de transfusión del plasma envasado del portero a las venas de un paciente con tuberculosis pulmonar. No podían saberlo aún, pero aquella experiencia había justificado la creación en todo el mundo de los Bancos de Sangre.
6 días después, Agote repitió el procedimiento en un aula del Instituto Modelo de Clínica Médica, con una puérpera que había sufrido una anemia aguda por hemorragia causada por placenta previa. Le inyectaron 300 centímetros cúbicos de sangre y en apenas tres días, la mujer recibió el alta. Esta vez, el donante fue un carpintero del Instituto de apellido Machia. Entre quienes observaron la transfusión estaban algunas autoridades universitarias, académicos, médicos y hasta el intendente municipal Enrique Palacios, quien llegó acompañado por un contingente de funcionarios dispuestos a ceder un día de sus acartonadas mañanas en la burocracia.

En las mismas portadas de los diarios que reflejaban el horror de la Primera Guerra, aparecían las primeras crónicas del invento revolucionario. El New York Herald le destinó un título tan vulgar como descriptivo: “Nuevo método sencillo para realizar transfusiones de sangre”.
En la primera reunión con el Gobierno, el doctor Agote les pidió que enviaran comunicados telegráficos a Gran Bretaña, Turquía, el imperio Austrohúngaro, Bélgica y Rusia, para que pudieran acceder al método salvador. Podría haberse enriquecido con aquella investigación, pero decidió saldar otras deudas pendientes. Millones de personas morían mutiladas y desangradas por cruentas batallas en toda Europa y el médico argentino optó por no patentar su obra. Había decidido convertirla en patrimonio de la humanidad.

Luis Agote nació en Buenos Aires, el 22 de septiembre de 1868. A los 25 años, se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires y al poco tiempo lo nombraron director del lazareto que funcionaba, desde la época de la epidemia de fiebre amarilla, en la isla Martín García. Reconocido por sus cualidades de médico e investigador, fue profesor titular de Clínica Médica y aceptó la designación de jefe de sala en el Hospital Rawson. La fundación de un instituto modelo le permitió dedicar largas horas en sus intentos por detener las hemorragias en pacientes hemofílicos y crear un sistema eficaz para la conservación de la sangre.
Cuando sus publicaciones eran de lectura necesaria en las clases de los estudiantes de medicina, decidió cumplir dos mandatos como diputado nacional para crear la Universidad Nacional del Litoral, la anexión del Colegio Nacional de Buenos Aires a la UBA y un Patronato para menores.
El 12 de noviembre de 1954, Agote murió en su departamento porteño. En vida tuvo algunos reconocimientos que no le dieron más fortuna que la admiración de sus pares. Los diarios hicieron algunas semblanzas, dispuestos a ceder la magnitud de un hombre indispensable a mejores crónicas de la posteridad. El médico que había logrado extender la vida útil de la sangre más allá de los seis minutos en los que inicia la coagulación, le concedió al mundo la posibilidad de que los soldados heridos volvieran a casa, los civiles no agonizaran postrados en sus camas y las residencias hospitalarias se convirtieran en una oportunidad de sobrevida. En cada rinconcito del planeta comenzaron a multiplicarse los bancos de sangre y se extendió la utilización de la técnica de aféresis, que permite separar las plaquetas, glóbulos y plasmas.

Luis Agote era un médico excepcional y un hombre sensible que escribía poemas en las salas de espera donde no alcanzan a advertirse las puestas del sol. Era también un apasionado por los personajes históricos, como Cleopatra y Nerón, y hasta escribió sobre sus condiciones psicopatológicas. En aquellas experiencias literarias ya podía reconocer a los héroes que no mandaban a matar a su madre, ni degustaban racimos de uva salpicados por las vísceras de los que morían acuchillados sobre el polvo del Coliseo. Fue la sangre del portero Mosquera y el carpintero Machia una prueba más confiable de los actos que cambian los tiempos, favorecidos por la dedicación de un médico que se negaba al destino irremediable de los pacientes hemofílicos. La certeza de los que salvan vidas y vuelven a casa silbando bajito, para no despertar la atención de los que prefieren patentar la salvaguarda de la propia muerte.