La leyenda de la pelota al pie

Por Pablo Callejón

19 años antes del gol de Enzo Francescoli que ridiculizó el vuelo del polaco Jacek Kazimierski, los uruguayos se deslumbraron ante el enganche rubio que decidió volcarse en contra del viento y rematar de chilena a la luna. La selección juvenil uruguaya de 1967 había recibido en Montevideo al equipo de alumnos del Sanbue dirigidos por Jorge Alejandro Cárdenas, el entrenador que se colocaba los dedos meñiques de ambas manos en la boca para chiflar al wing que no tomaba nota de sus indicaciones. Al grito de “Sanata” llamaba al orden a ese grupo de pibes del secundario liderados por un enganche que caminaba la cancha. El “JJ” Irigoyen y el “flaco” Héctor Pitarch se la daban al vacío y “el Payo” les inventaba un pase con tono displicente que dejaba a contramano al bloque de zagueros uruguayos. Al volver de la gira con los amigos del secundario, Ricardo Aimar ya era un jugador de leyenda. El rubio con la casaca del 10 se autodefinía como un “cafisho” que nunca necesitaba correr detrás la pelota. Le bastaba un guiño para que el balón se arropara en su empeine, como un niño dormido por una canción de cuna.


“Don Teodo” convenció a Dosolina de sumarse al proyecto de su primo para la fundación de un Frigorífico en Río Cuarto y Ricardito debió dejar San Francisco. Los Aimar compraron una casa sobre calle Jujuy, a pocos metros del club Banda Norte. El Payo se sumó al equipo de sexta y empezó a demostrar rápidamente condiciones de crack. Fue salteando las categorías de inferiores hasta ser parte de la primera división, cuando todavía se acostaba a la madrugada después de juntarse en el Bar de los Báez, frente al Empalme.
El clásico con las Escuelas Pías lo curtió en duelos que cotizaban como una final anticipada en cada torneo. Cuando era un purrete que jugaba con las medias a la altura de sus tobillos, fue el primero de su generación en ser transferido a un club de primera. Disputó algunos partidos en Newells y regresó a la Banda, donde su hermano ya era uno de los líderes de la barra de Los Lobos. Con paso cansino, como si el tiempo se detuviera hasta que el Payo decidiera habilitar el reloj con un pase entre líneas, el fútbol era un teatro de marionetas con hilos atados a los botines de Aimar. Un día lo buscaron del mejor Belgrano de toda la historia. Hablo de la Pepona Reinaldi, Laciar, Guerini, Tocalli, Suárez,Pavón, Cuellar y el Pancho Rivadero. Ricardo era suplente del equipo reconocido como la ópera prima del fútbol cordobés. Otro día volvió a Banda Norte para saldar un acuerdo definitivo con los pibes que aguardaban volver a escuchar un vals de Strauss cada vez que tocaba la pelota.
El Payo conoció a “la Mari” y de aquel amor de toda la vida nacieron Laura, Pablo y Andrés. Alguien les debió contar a sus hijos que la platea observaba al Payo cuando parecía dormir la pelota en el pecho y la dejaba descansar hasta que se desmarcara el 9. Seguramente les habrán contado a Pablo y Andrés que su viejo pensaba cada pase. Sin videos en las redes que describieran su tranco en puntitas de pie, debieron escuchar una y otra vez a los que aseguraron haber sido testigos del gol de Rabona al Arsenal de Holmberg, en la cancha del Parque. Con el tiempo, fueron tantos que hubieran completado seis veces la capacidad de los tablones.
Ricardo lamentó no haber alcanzado la disciplina para triunfar en el fútbol grande. La vida fue más rigurosa cuando un amigo le consiguió trabajo como empleado de la Dirección General Impositiva. Y aunque podía predecir los espacios vacíos del arco sin mirar al portero, esta vez debía fichar a diario en las oficinas de la DGI como si fuera posible hallar evasores con la parsimonia de un domingo por la tarde.
El día que le colgó el teléfono a Daniel Passarella cuando le preguntó por Pablo empezó a digerir la compleja formalidad del fútbol con firmas de notarios y las agotadoras esperas en los aeropuertos. Viajó a Valencia para escuchar el grito por “¡Aimar! ¡Aimar!” en las gradas del Mestalla, y regresó a Río Cuarto para reunirse en la casa del Cacho Echeverría con el Poroto Gómez, el Negro Colauti, Manzanita Albielo, el Tucura y Rubén Peruzzia.
En los partidos del colegial, el Payo era el encargado de romper un círculo enorme de papel que Cárdenas colocaba en el ingreso a la cancha. Los retazos volaban por los aires y aparecían detrás los compañeros que completaban el equipo de seis. La experiencia tenía la espectacularidad del circo, como un séquito de malabaristas que rodeaban al mago indulgente que no revelaba ninguna prisa para sacar otro conejo de la galera.
Cuando las rodillas se arrastraban sobre el pasto del bosque, los hinchas encendieron velas a las estampitas de la Virgen de la Merced y los dirigentes contrataron a un curandero para evitar que Ricardo dejara de jugar. Advertidos sobre las inconsistencias del tiempo, se negaron a claudicar frente al dictamen del último pase. Y el Payo optó por darles la razón. Cómo si aún hubiera lugar en las tribunas para ver otra vez su gol de rabona contra el “ Arse” y los pibes del Sanbue siguieran esperando ver bajar la luna que rueda por el cielo de una cancha en Uruguay.