El monstruo está en casa (club de hockey en este caso)
Por Geor Rodríguez
El hockey me dió a mis grandes amigas, el conocer desde los 9 años lo que era asumir un compromiso (y movilizar a mi familia para que yo pueda hacerlo), asumir responsabilidades, viajar en ese entonces (y por mis siguientes casi 10 años) sábado de por medio a Córdoba Capital, sabiendo que salíamos a las 7 am y desconociendo a la hora que regresábamos (perdón papá por tantos sábados a la noche que no podías hacer otro plan por esperarme, por buscarme en el colectivo).
De adolescente, dejé de ir a algunas vacaciones familiares porque tenia pre temporadas o importantes partidos, deje muchas salidas propias de la edad porque al otro día “tenía partido”, en 5to año del secundario falté 3 viernes seguidos a una materia que se daba a la tarde en el cole (con autorización de mis padres) para ir a entrenar los córners y me hicieron llevar la materia a diciembre por faltas… tenia cerca a mi familia que acompañaba y apoyaba.
Crecí yendo a la “Uni” en principio los sábados nos pasaba a buscar Huguito en su tráfic y mientras nos hacíamos más grandes, nos esperábamos con mis compañeras en la parada del colectivo de la UNRC (llegábamos en el 2, 8 y 6) para “bajar todas juntas” hasta la cancha, cruzando descapados, etc. (*en esa época, no teníamos celulares para avisarnos, sino que nos hacíamos una “cadena con los números de teléfonos fijos” para avisarnos lo que sea)
Cuando por mi doble escolaridad o por lo que fuera, tenia que entrenar en horario distinto, tenia miedo de llegar hasta la cancha, me recuerdo corriendo siempre con el palo 🏑 en la
mano como defensa… sin imaginar que el monstruo estaba ahí, esperando en el club, ese al que siempre consideramos como casa.
Fui afortunada de que mis primeras entrenadoras fueran Mabel, Mariana y Pacha, con su amor al club y a su ser formadoras, a ejercer con responsabilidad ese precioso rol que es entrenar.
Ya en la 5ta división (y desde antes, siempre metido) aparecía la figura de Mario González, esa persona que monopolizó durante décadas el desarrollo del hockey en nuestra ciudad.
Poniéndonos en contexto: eran los ‘90, se naturalizaba que era un “viejo verde”, aquel al que evitabas que te estire/ elongue para que no te apoye su miembro… en ese entonces no sabíamos que esa incomodidad ya era abuso, que muchas de sus palabras y acciones suponía ejercer un abuso de autoridad, atropellando la confianza depositada por nuestros padres en ese entorno, en su figura.
Abusó en su rol, en todas sus formas de la inocencia de las niñas y adolescentes deportistas.
Arruinó el crecer sanamente de las personas que tenia a su carga.
Generó daños difíciles de reparar. Hasta que gracias a unas primeras personas valientes, de otra generación distinta a la mía, que si entendieron que ESO QUE DECÍA Y HACÍA ES ABUSO.
Escuchar las historias de muchas de mis compañeras, las que estaban sufriendo en silencio desde antes, durante y después de mi paso por el club el abuso de este degenerado, me rompe el corazón.
Que él se crea impune y que piense que no pasó nada, que crea que porque
la justicia es lenta, no llega.
Que la UNRC tardó mucho tiempo en accionar sus protocolos en la destitución de sus roles como entrenador de hockey césped y profesor en la carrera de Educ. Fisica de hockey sobre césped, teniendo la posibilidad de ser tutor y colaborador en tesis de dicha carrera, como de formar parte del tribunal examinador al presentarse la tesis (ese que define si te dan o no el título para empezar a ejercer ¡cuánto poder! No?) me da asco y bronca.
Que haya mujeres siendo vejadas por este tipo, que contando su historia en búsqueda de justicia, tengan que remover esas situaciones, me da ganas de abrazar fuerte a las niñas que fuimos y a las mujeres que somos.
Este deporte precioso tiene que seguir funcionando, con esta figura y sus cómplices lejos, muy lejos.
Los clubes deportivos tienen que ser un ambiente de seguridad, de formación y de compartir valores y buenos momentos, no de miedo, no de figuras como este tipo que funden terror.
El no me quita hermosos recuerdos de tantos años compartidos con mis amigas, con las ganas de llegar a primera para jugar con mis entrenadoras- idolas, pero lo puedo sentir así, porque soy una afortunada a la que a mi no me pasó.
AGRADEZCO a cada una de las jugadoras que sufrieron su abuso, por hablar, por intentar de a poco, empezar a sacarse el dolor y demás sentires de adentro, por dar voz a estos hechos para que no se sigan repitiendo.
Deseo que cada una de ellas, pueda sentirse acompañada en este proceso, largo, tedioso, me imagino que muchas veces bajo la frustración de “¿para qué? Si el tipo sigue apareciendo en las canchas de hockey! Para qué seguir si sigue dando clases?”
Y ahí abrazo más fuerte su valentía.
Deseo se haga justicia y ellas encuentren paz.
Mariana Martin, Mabel Mariscal y Silvina Hernández (por orden de profes entre mis 9 y 13 años) gracias totales por enseñarme este deporte, por ser parte de mi formación respetando mis pasos, mi inocencia al crecer, al hacerlo con valores y siendo parte de hermosos recuerdos.
Basta de abusos.
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