Ahora y siempre
Por Pablo Callejón
“Un desaparecido es una incógnita, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”, afirmó el genocida de mirada siniestra y un rostro anguloso que parecía inclinarse hacia la presa, como el perro desbocado que busca lanzar una mordida sin más argumento que su propia rabia. El periodista José Ignacio López realizó la valiente pregunta en un momento en el que los medios resultaban complacientes con el régimen y hasta concretaban negocios que mantendrían aún en tiempos de Democracia. Jorge Rafael Videla buscaba deshumanizar a los cuerpos que caían desde los aviones al mar, eran fusilados en falsas escenas de enfrentamientos o torturados hasta ser alojados en fosas comunes y enterramientos sin lápidas. El desaparecido fue la revelación más significativa del plan genocida. Reveló la ilegalidad y la clandestinidad de las operaciones. El terrorismo de Estado se definió en el secuestro, la tortura, el asesinato, la desaparición y el robo de bebés o de bienes materiales, con el instrumento de grupos de tareas, militares y policiales, que actuaban impunemente, sin más rendición de cuentas que a los superiores a cargo. Usaban picanas, golpeaban sin piedad y apuntaban con sus armas a mujeres embarazadas que parían engrilladas a una tabla de madera fría. Abusaban de sus víctimas, las insultaban, les impedían defenderse. El Estado no solo fue el brazo ejecutor de la represión ilegal, sino también, el articulador de un macabro plan sistemático. La reconstrucción de aquellos años oscuros, en la noche más larga de la historia argentina, necesitó del testimonio de los sobrevivientes que pudieron relatar el horror de los campos de concentración y la responsabilidad de quienes habían usurpado la institucionalidad. Se trata de un proceso siempre inconcluso. Fue esa misma clandestinidad y esa perversa decisión de convertir a las víctimas en desaparecidos lo que impide alcanzar un registro oficial de la cantidad de personas asesinadas. El accionar criminal incluyó la sustracción de recién nacidos que fueron entregados, en muchos casos, a familias apropiadoras vinculadas a los torturadores. 132 nietos fueron recuperados por la tarea inconmensurable de las Abuelas de Plaza de Mayo. Aún buscamos a más de 300.
Quienes intentan relativizar la cifra de desaparecidos apuntan a deslegitimar la lucha de los organismos de Derechos Humanos que logró trascender en esa búsqueda de memoria, verdad y Justicia. El discurso negacionista que reduce las cifras a los 7954 casos documentados por la CONADEP apunta a desconocer la ilegalidad y clandestinidad en la que produjeron las desapariciones. El terrorismo de Estado ocultó la información sobre las víctimas y los represores se negaron a decir en donde están los que aún buscamos. Los 30 mil desaparecidos son la expresión de ese ocultamiento planificado para exterminar a quienes se oponían a la imposición de un modelo económico a favor de los poderes concentrados.
El escritor Martín Kohan advirtió que “el Estado ilegal, que reprimió clandestinamente, no abre los archivos, no da la información de dónde están los desaparecidos ni dónde están los nietos secuestrados” y resaltó que “no hay comprobación empírica sobre la cantidad porque la represión fue clandestina”. Los 30 mil son esa interpelación a las preguntas que faltan responder: ¿Dónde están los nietos que aún nos faltan? ¿En qué lugar están los que aún buscamos?
Pero los desaparecidos están. Adquieren entidad en la búsqueda de las Madres y Abuelas, en el recuerdo persistente de sus hermanos y hermanas, en el relato de sus compañeros y compañeras y en la memoria colectiva que se defiende día tras día. Sus nombres y fotografías están en las banderas que encabezan las multitudinarias marchas. Sus historias se escriben en libros y recuperan voz en quienes los conocieron. Y su legado se multiplica en los reclamos por una sociedad capaz de enfrentar a las políticas de devastación social de los Martínez de Hoz. Es la victoria de la vida sobre los que ostentaron su poder sobre la muerte. Los 30 mil que siguen presentes. Ahora y siempre.
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