
Ayudemos a contar sus historias
Por Pablo Callejón
Marcos planteó un desafío que nos interpela. Dejar de reducir la vida de las personas, sobre todo en la sentencia definitiva de sus muertes, a la síntesis de una fría estadística oficial. Nos convocó a realizar un esfuerzo por contar cada historia. El sensible escrito sobre Mariana lo alcanza plenamente. Su prima hermana había sido capaz de conciliar los rasgos de ternura y carácter gruñón que al periodista de diario Puntal le encantaba. Mariana nos entristeció a todos. Incluso a los que nunca pudimos divertirnos con ella intentando un “fuck you tirabuzón”. Nos conmovió el relato que la rescata de las unidades, decenas y centenas del informe epidemiológico. Conocer a Mariana nos acercó al dolor de Marcos y su familia. Nos enfrentó, también, a la fugaz practicidad de los protocolos sanitarios que impiden velar a las víctimas del virus. Esta pandemia que nos arrebata a los que amamos y nos exige lidiar con una mezquina cotidianeidad. Marcos tiene razón, nada será igual entre tantas ausencias. Las cifras del día son espasmos de indignación con títulos de enormes palabras. Y sin embargo, ninguno de esos números alcanzaría para explicar la inmensidad de Mariana.
A veces recordamos a través de las fechas el color de un mantel, la falda acampanada, un tema de Serrat, los gustos del helado, los cerámicos del hall, los vacíos del andén, el árbol de la plaza. La escenografía visual y temporal no es más que la búsqueda de los afectos que nos resguardan del olvido. Con el tiempo, los recuerdos se reducirán a la reconstrucción que haremos de ellos en el presente. La apuesta es recuperarlos de la mera concepción de un número. En esta pandemia, ni siquiera podríamos saber qué cifra les correspondería a cada uno. Así de inmensas y vacías son las estadísticas fúnebres. Solo podríamos identificar con mayor grado de certeza a la primera de las víctimas en la ciudad y la segunda en la Provincia. Ignacio Miguens tenía 66 años. Su esposa había viajado a México para encontrarse con su hijo, quien había sufrido un accidente que le provocó la fractura en sus dos brazos. La mujer regresó sin saber que había contraído el virus. Era el inicio de la pandemia y resultaba difícil hallar argumentos irrefutables sobre cómo actuar. La tragedia se ensañó con la familia. El cuadro del ingeniero agrónomo se agravó rápidamente. Miguens había nacido en Tigre y era apasionado por el rugby. El día de su muerte, el “Nacho” recibió un sensible recordatorio del San Isidro Club. Sus hijos no pudieron darle un último adiós.
Desconocemos el nombre de muchas de las víctimas. En algunos casos, ni siquiera sabemos quiénes son sus familiares, en qué lugares de trabajo las extrañan, qué momentos simples y extraordinarios servirán para recordarlas por siempre. Una fotografía de mi compañera perpetuó el recuerdo por Patricia San Millán. La cámara de Carina Ambrogi logró retratar los rasgos físicos del dolor que se interponen en el rostro y el alma de la enfermera que lloraba por su amiga fallecida. El acto frente al Policlínico San Lucas, sirvió para evitar que el inicio del duelo se reduzca a una simple acta de defunción, un documento tan formal y severo como la finalidad abstracta de cualquier número. La despedida tuvo la sentida conjugación de aplausos y silencios que suelen ofrendarse como último homenaje a las víctimas. Anselmo Romero se abrazó con los suyos para recordar a su esposa y en las redes se multiplicaron las voces que recordaron a Patricia. “Siempre estuvo en mis peores momentos junto a mi mamá. No solo era enfermera de vocación, me abrazaba y contenía, sus lágrimas juntas a las mías”, expresó Angela Fontán.
Unas semanas antes, el Covid había provocado la muerte del enfermero Raúl Cardozo. El registro con un celular de un testigo accidental fue la última referencia sobre su vocación de trabajo. En el video se lo podía observar subir apresurado a una ambulancia y abrir paso con algunos bocinazos para asistir a un paciente que pedía atención urgente en su casa. “La vida me quitó un hermano, pero me dio un superhéroe”, aseguró Eduardo tras la muerte del enfermero. Ambos compartían el mismo rostro bonachón, con bigote de maestro Jirafales.
Raúl había sido suboficial mayor de la Fuerza Aérea Argentina y había participado de misiones de paz organizadas por la ONU. Algunas horas después de su muerte, su hijo Matías decidió continuar el legado. Tras desarrollar la especialidad de cuidados en terapia intensiva, partió junto a un contingente de soldados a Chipre para colaborar en una nueva misión sanitaria. “Donde estés, te pido que me acompañes”, afirmó antes de finalizar la videollamada que pude concretar minutos antes del inicio del vuelo. En la charla, me contó también que su papá pregonaba “la empatía por la gente y el valor de las cosas simples”. Defender esos valores era su mayor reto.
Una secretaria de la mesa de entrada posteó el video que se viralizó en las redes: “Doctor Angelino, son las 16 y un minuto, está llegando tarde”. El reproche concluyó entre risas cómplices. El médico había sido siempre rigurosamente puntual en la terapia y las guardias. A los 65 años no había perdido el buen humor. Sus compañeros lo recordaron como “un tipo solidario”. El doctor Gabriel Abrile resaltó que “Roberto sabía de los riesgos a los que se exponía por su edad, y sin embargo, nunca quiso abandonar la primera línea de batalla”. Sobre una hoja de recetario, un compañero escribió con letra de prescripción médica la referencia definitiva: “rompiste el viejo aforismo que dice que no hay como la muerte para abuenar a la gente, a vos siempre te conocimos bueno”.
Caro era empleada de limpieza en el Nuevo Hospital. Su tarea era esencial, como la de todas sus compañeras. Estaba expuesta al virus en esa batalla cotidiana. La meticulosa higiene de cada piso es un argumento prioritario en cualquier protocolo sanitario. Era esencial pero nunca la vacunaron. A los 24 años murió por un agravamiento de la enfermedad. Caro trabajaba en el Hospital pero quería ser maestra jardinera. Estudiaba la carrera universitaria y confiaba en cumplir pronto su objetivo. Cuando comenzaron a agravarse los síntomas, se encontraba enfrentando al virus en su propia casa. Llamaron a una ambulancia que nunca llegó y su padre decidió trasladarla con urgencia al Hospital. En su cuenta de Facebook había publicado que “la docencia es la única profesión que crea otras profesiones”. Y ella quería ser maestra.
Noelia pidió “no morir así”. Su reclamo urgente reveló el drama de un sistema sanitario siempre al borde del colapso. Los casos aumentaron y los respiradores se ocuparon. Describirlo así sería recaer, una vez más, en la frialdad de los números. ¿Cuántas camas y equipos de oxígenos serían suficientes sino se logran reducir los contagios? Las cifras se humanizan en el personal agotado tras un año y medio de lucha desigual. Las estadísticas siempre hablan de las camas disponibles, nunca de la cantidad de trabajadores de salud para asistir a los pacientes. Noelia era mamá de un niño de 11 años. Su compromiso social la incorporó a tareas de cocina y de acciones comunitarias en el partido Conciencia. Sus compañeros aseguraron que “el mejor legado de Noe es haber dejado un buen ejemplo para su hijo”. Ella no quería este final. Luchó para no alcanzarlo. Nadu afirmó que Noelía siempre encontraba el modo de levantarles el ánimo y Stefanía no quiso aceptar que su amiga estuviera ahora en un mejor lugar, donde descansaría en paz. La joven de 33 años estudiaba enfermería y confiaba en poder ayudar a salvar vidas.
Paola buscaba recuperarse de Covid cuando murió su papá por la enfermedad. No pudo despedirse. La soledad de la muerte se extiende a un abismo en tiempos de pandemia. Paola solo quería eso, poder despedirse. Contarle que nunca dejaría de ser enfermera, aún a costa de una recaída. Es asmática y lo aconsejable sería que buscara otra cosa. Cualquier intento por convencerla hubiera sido en vano. La pandemia destruyó familias y obligó a reescribir sus historias. Nada será igual cuando todo pase, aunque Paola sería siempre enfermera. “Yo me contagié en un contacto estrecho con un paciente en una urgencia. Era paciente de riesgo y me interné con los primeros síntomas. Estuve 9 días en la clínica. Nunca le dije a mi papá que me había contagiado”, relató la trabajadora de la salud. Al principio, los pacientes aislados perdían todo contacto con sus familias. Los trabajadores de la salud en terapia les grababan un mensaje y lo conservaban como último testimonio si el paciente fallecía. Con el paso de los meses, el protocolo permitió con los afectados tuvieran activo el celular. Paola hubiera preferido hablarle por última vez. Decirle que tenía razón, “no existe el miedo cuando ayudás a los otros”.
Marcos nos pidió hacer un esfuerzo por contar cada historia. Evitar que sean solo un número. Ni siquiera sabemos cuál podría corresponderle a cada fallecido. Los informes oficiales no lo dicen y tampoco importaría que alguien decidiera cumplir con ese mandato. Los números no podrían representar el disfrute de Mariana con las empanadas árabes que elaboraba el papá de Marcos. Ni podrían esperar sonrientes al doctor Angelino en la guardia de la tarde. Ningún número ayudaría a expresar los días en que Noelia cocinaba para los más necesitados. Afuera hay una absurda normalidad. Unos y otros buscan hallar las culpas que les permitan eludir las propias. Y la muerte se nos representa mucho más real, en un espasmo febril sin abrazos ni tiempo para recordar a los que ya no están. Ahora sí, quiero darles un número. Son 315 las y los riocuartenses que murieron por esta maldita enfermedad desde el inicio de la pandemia. Ayudemos a contar sus historias.
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