Aquellos años 90

Por Pablo Callejón

El primer recuerdo te impulsa a una noche fresca en la que intentabas no dormirte sobre la falda de tu mamá. Los tablones ocupaban casi la totalidad del salón de Santa Paula. El lugar estaba repleto y ya habías terminado de cenar un plato de pollo asado con ensaladas. En cada mesa había hombres que lucían boinas blancas con un pompón rojo. No las habías visto antes. Tu papá aplaudía el discurso de un hombre de anteojos, con cristales similares al culo de una botella de Mirinda. El orador levantaba su brazo derecho en forma enérgica y se dejaba bañar por la euforia de un público que lo imaginaba triunfador. Como si fuera a confiarme un secreto, mi papá se acercó al oído y me dijo que el político del palco ganaría las elecciones. En casa, los viejos eran “radicales de Alfonsín”. Lo admiraban incluso en aquellos meses donde la hiperinflación devoraba los pobres ingresos del taller mecánico. El día a día los desvelaba de noche y la plata no valía nada. De aquella cena volviste con un afiche que decía “Angeloz, presidente en serio”. Tenías 11 años y en la tele veías a un grupo de artistas que ilustraban un spot festivo en favor del postulante peronista, un caudillo de patillas frondosas y sonrisa de actor de película. Julio Maharbiz, Alejandro Dolina, Victor Laplace, Isabel Sarli, Gerardo Romano y hasta Ubaldo Matildo Fillol ingresaban entre aplausos a una especie de estudio televisivo, al ritmo de un jingle pegadizo en el que anunciaban “el cambio de la historia”. Por debajo de la imagen central se podía observar el nombre del candidato con una banda presidencial cruzando el palito inclinado de la N. El 14 de mayo de 1989 hubo bocinazos pero nadie salió de tu casa. El noticiero confirmaba que había cambiado la historia. Carlos Menem había sido electo por una abrumadora diferencia y en medio de una crisis económica asfixiante, los analistas ya especulaban con una entrega anticipada del poder.

Frente al Telefunken en blanco y negro te tirabas sobre el sillón de cuerina para ver los programas políticos que ocupaban el horario central. El estelar era Tiempo Nuevo con Mariano Grondona y Bernardo Neustand por Telefé. Menem era recibido con gentilezas y hasta brindaban con champagne al final de la nota. Eran tiempos de una relación idílica entre la política y el poder. Vos ya ahorrabas para comprar el Página los domingos y el viejo había dejado de reservar Clarín. Con una colección de cuadernos Rivadavia repletos de anotaciones y figuritas de jugadores de fútbol convenciste a Juan Enrique Cosso para que te dejaran formar parte del equipo deportivo de Radio Huinca. Ya tenías 12 años, estabas en el secundario y pasabas horas leyendo antes de irte a dormir. Si los gobiernos se miden por la vida de sus gobernados, aquellos fueron años sufridos. Tu familia no podía irse de vacaciones, ni cambiar el auto. Los viejos no compraban los lujos de la convertibilidad, ni llenaron las repisas con electrodomésticos importados. Vos tenías tu propio ingreso en la radio y evitabas pedir plata en casa. Te compraste un equipo de música con pasacassettes y bandeja de CD. El primer compacto fue 40 dibujos ahí en el piso de Divididos. No los habías escuchado antes pero el dueño de la tienda te los recomendó especialmente. Eran Mollo, Arnedo y Collado. El tercero, era verdad, vendría después. Ni siquiera recordás el nombre del vendedor pero agradecerás la sugerencia el resto de tu vida.

Los viejos adquirieron en cuotas la tele color y un teléfono fijo con botones. Ya no fue necesario gritar al techo para que dejaran fija la antena, también tenías cable. Algunos compraban autos importados, viajaban a las playas de Miami y hasta pagaban sus casas en dólares. No solo los que tenían dinero, también los otros. Empezabas a escuchar a Nirvana, Pearl Jam y Stone Temple Pilots. No dejabas los clásicos, pero MTV imponía algo más que la inteligente estupidez de Beavis and butthead. Era aquella adolescencia de los malditos 90. El pupitre en la cuarta fila del comercial, la primera novia, la cerveza con jugo de naranja, Garcia Márquez, Camus, Bayer, la contratapa de Soriano, la escalinata del viejo Banco de Córdoba, las botas cerro, los jean nevados, el jopo con gel, las chicas con granos, la moto que vendiste, las clases de Lengua, la corbata verde, tus primeros anteojos, los domingos con River, los lunes de El Grafico, la estación del tren donde te confiabas a la tristeza. En la tele los políticos hablaban de sexo y las funcionarias se envolvían en tapados de piel sobre sus cuerpos desnudos. “Nada que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado”, aseguraba el ministro Dromi sin rectificar el acto fallido. Podías entender a esos mercaderes rifando aviones y teléfonos, pero ¿también el petróleo? Nadie, en ningún país del mundo, hubiera vendido su petróleo. Vos que habías visto a tu vieja llorar frente a la tele en Semana Santa habías puteado a los mentores del indulto. Leías sobre las Madres y el Nunca Más. El Página era la biblia y la dupla de la tele, el calefón. Te ibas a dormir con Dolina y despertabas con un tal Joaquín. Zafaste de la colimba y sufriste por Carrasco. El padre de un amigo perdió el trabajo, cerraban comercios de toda la vida y aunque no había inflación, la plata no alcanzaba. Nada quedaba por vender. Los ricos aún pensaban en dólares y la clase media se desangraba. La pobreza era indigente y tu amigo regresaba apenado a casa. No hay dolor peor que ver al viejo contar los recuadros del mantel sin salir de casa.

La década comenzaba a agonizar y fuiste a buscar el sueño de ser el primero en la familia en alcanzar un título universitario. Viviste con lo justo y andabas con lo puesto. El campus, los apuntes, el primer final, las noches sin dormir, la línea 2, la chica del corderoy verde, el menú con lentejas, la caja de los viernes, la peña de Regims, la escuela de Franckfurt, el bar El Ojo, La Rosada, los primeros recitales, los últimos disquetes. Las empanadas de la vieja y las horas extras del taller no eran suficientes. Tuviste que vivir en un garaje y trabajabas como becario en la EMOS. Estudiabas en horas con sueño, comías arroz al mediodía y alfajores Gol durante la cena. Los negocios cerraban y muchos compañeros se prometían seguir la carrera desde casa. En la Universidad de paredes en blanco comenzaban a revelarse las consignas políticas y se gestaban aires rebeldes contra la indiferencia individualista que fustigó la militancia. Los maestros luchaban en carpas blancas y Norma Plá desafiaba al economista de los ojos de cielo que jugaba a los dados con Wall Street. Evitabas prender la hornalla para estirar la duración de la garrafa y el frío te impedía el sueño. Te faltaban pocas materias y una tesis. En el aula ya eran pocos. Algunos de los mejores no pudieron seguir. Los meritócratas los hubieran entregado a la hoguera de los prejuicios. Los mismos que nunca se fueron a dormir con una ronda de mates en la panza.

El Gobierno de las relaciones carnales le vendió armas en negro a países en guerra. Una ciudad estalló por los aires y sobrevolaron aviones cargados de ataúdes por el cielo todavía colmado de humo. El presidente con patillas ahora más prolijas ordenó informar que fue un accidente. Durante 25 años unos pocos le creyeron. Incluso un conjuez con fuentes del Rincón del Vago. Las víctimas lloraron a sus muertos y los heridos resistieron en la memoria. La Justicia era una mayoría automática y los amigos del juez un listado de nombres sobre una servilleta. Aparecieron los bloopers a la medianoche y se vaciaron los trenes. Nadie lavó los platos de los científicos que ya no estaban. Fue electo un cantante de corazón contento y un corredor de autos abandonó el segundo lugar para ser gobernador. Las chicas usaban vestidos bobo y las podías tentar con un Tubby 4. Como un sobreviviente de la crisis, ya estabas en plena tesis. La década parecía concluir pero no podía. Los 90 recién pudieron terminar en diciembre del 2001. Menem ya no era presidente, aunque había regresado Cavallo. Los que habían ahorrado en dólares golpeaban cacerolas frente a los bancos y el hedor a muerte comenzaba a llegar desde la Plaza.

Pensás en lo que pasó, sin dejar de mirar en lo que nos pasa. Los 90 se fueron sin irse del todo. Los que brindaban con champagne, apenas pueden darse el lujo de la pizza. Otros, aún piensan en Miami. Los bancos volvieron a manejar la plata de la gente y ahora, lo hacen solo por cajeros. Volvimos a endeudarnos hasta pisar el borde de la cornisa y a contar los pobres en una tabla del Indec. La política perdió la modestia con el baile de un expresidente entre globos y música de Gilda y la ilusión de la casa propia volvió a depender del interés de los banqueros. La timba apostó los últimos ahorros y la plata, una vez más, no alcanza. El presidente que prometió no defraudarnos, murió sin el dolor de su pueblo. Varios dirigentes lamentaron la pérdida y revalidaron su historia política. Algunos, incluso gobiernan hoy. Vos ya sos el primer egresado de la familia, padre de dos hijas y un señor que pinta canas. Podés volver a encontrar viejos amigos de la Universidad por las redes sociales y dejaste de ver programas políticos por televisión. Cada tanto escuchas los mismos acordes, relees algunos autores y escribís solo para recordar. Como en la resistencia de un deseo al oído de tu viejo, mientras la vida sentencia el último verano del mercader de la moral.