El país que voló por los aires
Por Pablo Callejón
Mis viejos no lanzaron adoquines a la vidriera frontal de los bancos ni abollaron cacerolas por los dólares que se habían esfumado en el ocaso de la convertibilidad. Formaban parte de esos giles sin odisea porque no había nada en la caja de ahorro. En aquel 2001, mi familia era la clase media que resistía al status de la pobreza aunque los números no cerraban. En el taller mecánico de mi viejo había trabajo, pero los clientes pedían plazos, estiraban el vencimiento de los cheques y pagaban de a puchitos. En la rotisería de mi mamá, las ventas de empanadas cotizaban como el oro del Perú y nunca alcanzaban para cerrar los costos. Yo estaba concluyendo mi tesis de Comunicador en el garaje de una casona adaptado como departamento. Por suerte ya era verano. En el invierno, eran tantos los huecos de aire que se filtraban por el portón de chapa y vidrio que dormía vestido, con pulóver y pantalón de gimnasia. El año anterior había ganado un concurso de trabajo en el EMOS para asistir en un plan de comunicación junto a otros cuatro estudiantes de la Universidad, todos ellos de Ingeniería, que debían aportar su formación en áreas técnicas. Estuvimos muy cerca de obtener un contrato laboral estable en el ente, pero la crisis ya acumulaba los gritos de vecinos con hambre esperando frente a la puerta de los supermercados. El entonces intendente Alberto Cantero frenó todas las incorporaciones a la administración pública y el pedido contractual se encajonó en algún lugar del Concejo Deliberante. Sin dólares por reclamar y sin trabajo, así nos llegó el estallido del 19 y 20 de diciembre del 2001.
Ese año Racing salió campeón y en Telediario comenzamos a imaginar un informe especial por un hecho que debió esperar más de 35 años. Pero en la segunda edición informativa solo hubo material de Telefé. Sobre media tarde, le habían informado al periodista Héctor Cometto que no seguiría formando parte del equipo de trabajo. La maldita crisis se expandía como el entramado de una telaraña y provocaba miedo. Una semana después concluyó la extensión de mi práctica profesional en Telediario. En aquellas condiciones incendiarias de la economía parecía una quimera que volvieran a llamarme.
Durante algunos meses, junto a mi compañera de tesis resolvimos crear una revista con tintes artesanales y una impresión a fuerza de madrugadas. Con datos de la Asociación de Ingenieros Agrónomos elaborábamos una serie de documentos informativos y cada mes, en una ruidosa impresora Canon lográbamos alcanzar los 300 ejemplares exigidos. Con Corina nos dividíamos el tiempo para asegurar que en las corridas a la librería, alcanzaran las horas para recargar la tinta y concluir el trabajo.
En un televisor de 14 pulgadas con un formato similar a un Fiat 600, observaba la lluvia de piedras que explotaban sobre la vidriera del Citibank en calle Constitución. Un hombre calvo, descamisado, había alcanzado un lugar de barricada a solo un metro de la puerta principal del banco vacío y gritaba furioso con la expectativa de ver salir a algún gerente que pidiera disculpas en nombre de todos. Detrás estaba un joven Pablo Carrizo y un grupo de militantes de izquierda que se sumaban al “que se vayan todos y no quede ni uno solo”. En la tele hablaban de “grupos mandados” y los manifestantes lo negaban. Comenzaban a emerger los autoconvocados que algunos meses después encabezarían las marchas al Concejo Deliberante y los escraches a dirigentes políticos con impronta nacional, como Humberto Roggero y Gumersindo Alonso.
El “Corralito” bancario que había anunciado el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo fue la última medida de un plan de ajuste en una economía devastada. El Mingo limitó a $250 por semana la extracción de efectivo en los cajeros y se acabaron los dólares. La crisis se arrastraba desde la gestión de Carlos Menem y estalló en la Alianza entre radicales y el Frepaso, que solo profundizó los males. El presidente Fernando de la Rúa decretó el estado de sitio por cadena nacional y comenzaron los cacerolazos. Como en Chile hoy, el pueblo salió a las calles y las fuerzas represivas del Estado volvieron a ensangrentar las plazas. En los supermercados, la gente corría desesperada con changos cargados de necesidad y los bastones policiales se sacudían como un abanico de violencia y terror. De la Rúa no había sido nunca aburrido. Su gobierno fue una servil secuela de las políticas que saquearon recursos y se saldaron con 39 muertes, la mayoría aún impune.
Cuando el abogado radical ya había abandonado la Casa Rosada en el helicóptero que lo trasladaba a la oscuridad de la historia, el humo de la pólvora y la sangre de los heridos surcaban los límites de la Plaza de Mayo.
“Qué boludos, que boludos, el Estado de Sitio se lo meten en el culo”, lanzaba a coro los manifestantes y de nuevo gritos, corridas, el sonido sordo de las balas y esos silencios que duraban segundos y parecían horas. Con De la Rúa se fueron algunos nombres que luego regresaron a repiquetear como las cacerolas de la clase media. Ramón Mestre (padre) era ministro del Interior, Patricia Bullrich había asumido la cartera de Trabajo tras el escándalo con coimas que obligó a la salida de Flamarique, Hernán Lombardi estaba a cargo del ministerio de Turismo y Federico Adolfo Sturzenegger era secretario de Política Económicas. ¿Cuántas cacerolas abolladas pidieron que no volvieran nunca más? ¿Cuántos de aquellos manifestantes de clase media decidieron festejarles el regreso en el 2015?
En aquellos días de furia murieron militantes de derechos humanos, obreros, estudiantes y referentes sociales. Sacamos cuerpo y pusimos alas. Graciela Acosta, Carlos Almirón, Ricardo Villalba, Ramón Arapi, Rubén Aredes, Elvira Avaca, Diego Avila, Gustavo Benedetto, Walter Campos, Jorge Cárdenas, Juan Delgado, Victor Enríquez, Luis Fernández, Julio Flores, Yanina García, Roberto Gramajo, Pablo Guías, Romina Iturain, Diego Lamagna, Cristian Legembre, Claudio Pocho Leprati, Alberto Márquez, David Moreno, Miguel Pacini, Rosa Paniagua, Sergio Pedernera, Ruben Pereyra, Damián Ramírez, Ariel Salas, Sandra Ríos, Gastón Riva, José Rodríguez, Mariela Rosales, Carlos Spinelli, Juan Torres, José Vega y Ricardo Villaba, fallecieron por las balas de las policías Federal y provinciales. Cinco de las víctimas tenían entre 14 y 19 años.
La espina que se atraganta como un llamador a la conciencia me interpela en cada recuerdo de aquellas jornadas de violencia y tensión. Es la advertencia sobre lo que supimos construir como relato histórico. Y pensar en qué fracasamos para que algunos, o casi todos volvieran. Y no solo hablo de nombres, sino de políticas. De las decisiones que nos llevan a la misma debacle pero que solo parecemos advertir cuando nos falta el aire en el fondo del mar. Es una espina incisiva, molesta y doliente. Porque al fin y al cabo, todo está guardado en la memoria y los países también pueden volar por los aires. Y caer. Y volver a armarse.
Foto: Telediario
Verdes por el dólar
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