Lo único que nos pudieron dejar

Por Pablo Callejón

“Es lo único que te puedo dejar”. María de las Nieves estaba convencida de que ningún otro bien sería tan preciado como ese. Mi vieja se refería a los estudios universitarios que había iniciado a los 17 años. La frase podría haber quedado grabada en la puerta de ingreso al departamento repleto de apuntes y con el mate a medio tomar sobre la mesa. En aquellos días, aún debía completar el cursillo de ingreso para la licenciatura de Comunicación y todavía preguntaba en Bedelía cómo arribar a clases.
El campus era inmenso, había aulas en construcción y árboles que comenzaban a crecer sobre la ribera de callecitas que bordeaban los pabellones. Con el tiempo, esos árboles hicieron del otoño un cuadro inverosímil de Van Gogh. Llegábamos a la Universidad en el bondi donde coleccionábamos las frases de los pasajes del Dos y al regresar, dormíamos una pequeña siesta colgados del caño que unía el interior del colectivo con la puerta de salida.
Mis viejos estaban dispuestos a dejarme lo que nadie antes había podido alcanzar en la familia. El desafío para Nieves, cocinera de las mejores empanadas mendocinas, y para Miguel, un mecánico de manos agrietadas por el aceite quemado, era que su hijo se convirtiera en el primer egresado universitario. La educación pública fue para mi la oportunidad que ellos no tuvieron. El orgullo del hijo licenciado fue finalmente posible.
En ese campus que mi mamá imaginaba como un lugar un poco más grande que mi escuela Sarmiento, me contenían en mis necesidades. No había boleto gratuito, pero compraba un abono que simplificaba bastante las cosas. No tenía que abonar una matrícula, ni la cuota a fin de mes. Nunca hubiera podido hacerlo. Un té con leche con una rasqueta del comedor fueron durante muchas noches la única cena. Una quiosquera solidaria a veces nos regalaba los alfajores Golcito y teníamos postre. Cuando llegaba la caja con las viandas a principio de mes actuaba como un pésimo administrador. Las milanesas se agotaban en la primera semana y lo que sobraban eran los almuerzos con arroz y salchichas. Los fines de semana inventábamos complejas estrategias para conseguir un descuento para las peñas y nos quitábamos de encima las borracheras después de caminar más de 20 cuadras en el regreso a casa.
Era lo único que me podían dejar, y era muchísimo. Durante esos cinco años, usé las mismas camisas del secundario, postergué la compra de un jean y algunas veces hice dedo sobre la ruta 35, envuelto en una campera de nylon sobre la caja trasera de una F100. Hasta que me hice de amigos, pasaba los fines de semana leyendo más de la cuenta para no morderme los labios de angustia. Los domingos son aún más tristes cuando nadie más te acompaña en la mesa. A la tardecita, me subía por un paredón al techo y conectaba un cable coaxil a una ficha que pendía de dos clips en la caja de Cablevisión. Lo que nunca pude conseguir fue el codificado para ver los partidos de River y no quedaba más remedio que ahorrar algunos pesos para un café de dos horas en el bar.
Cuando se agotaba el tercer año tuve que empezar a trabajar mientras cursaba el final de la carrera. Las noches eran un tránsito de insomnio entre las rondas de mate y las vueltas a la manzana para no cerrar los ojos. Los días en los que solo iba a trabajar y cursaba en clases aprovechaba para recuperar algunas horas de sueño.
A pesar del glamour chabacano de los 90, en la Universidad entendí el sentido colectivo de las cosas. Había docentes que me enseñaron de la escuela de Frankfurt y la semiología de Saussure. Me encontré con no docentes que me acompañaron hasta el pabellón donde tendría clases y empleados del comedor que sumaban un criollito de yapa. Descubrí la amistad de compañeros que aún hoy me llaman a media tarde para tomar un café y aprendí que podés enamorarte de una doncella que solo responderá un mensaje 20 años después. Quienes creen que la Universidad solo tiene sentido si alcanzás el diploma de grado quizás se equivocan. Cuando pasas a formar parte del campus sabes que ya nada será igual que antes.
Y es, precisamente, el sentido colectivo de la enseñanza donde se fundamentan las razones para defender la educación pública. Los mercaderes y mojigatos de la política suelen recordarnos que nada es gratuito. Suponen que tal aseveración serviría para justificar el arancelamiento de las universidades. Es un atajo banal del pensamiento que olvida el carácter solidario de sostener con el esfuerzo de todos el acceso para las mayorías. Solo bastaría una tarde en la Universidad Nacional de Río Cuarto para comprender cuántos padres y madres nunca podrían dejarles el sueño de verlos convertirse en ingenieros, enfermeros, médicos veterinarios o bioquímicos, sino existiera ese espacio donde nadie pierde el banco sino paga una cuota a fin de mes. Para los casi 6 mil ingresantes a las carreras de las cinco facultades y para los más de 20 mil que transitan a diario las aulas del campus, la educación pública es un derecho y la única oportunidad.
En apenas dos años, el presupuesto universitario se redujo en un 45 por ciento. No se trata solo de menos obras o condiciones dignas para el dictado de clases. Cayeron también las investigaciones, los encuentros científicos, los viajes de formación, la compra de apuntes, las becas estudiantiles y la formación en maestrías o doctorados. El sueldo de docentes y no docentes se desplomó a niveles indignos. El 60 por ciento de los trabajadores universitarios reciben salarios de pobreza y el sistema perdió a miles de docentes que dejaron sus cargos o redujeron dedicación para sumarse al sector privado. La situación es devastadora. El gasto público en educación superior de la Argentina, en relación al PBI, está hoy por debajo de Bolivia, Brasil, Chile, Perú, Uruguay, Honduras y México, y solo por encima de El Salvador y Paraguay. El Gobierno empecinado en destruir lo público no pudo privatizar la educación universitaria como deseaba por principios ideológicos y de mercado. Optó entonces por desfinanciarla hasta el agobio final.
El incremento de las medidas de fuerza en las casas de estudio de todo el país trascienden el reclamo de trabajadores empobrecidos. Ninguna oficina de Gobierno parece escuchar ese grito en el desierto. No lo hacen como un acto de indiferencia sino de imposición. La “destrucción desde adentro” que pone en crisis la razón de la educación pública. ¿Qué modelo universitario podría sostenerse con docentes que no cubren una canasta básica? ¿Hasta donde estamos dispuestos a tolerar el deterioro de nuestra vaca sagrada?
La salida es siempre una razón colectiva. Porque no hay campus sin laburantes, ni aulas sin docentes, ni graduados que no hayan sido antes estudiantes. Lo único que podían dejarnos nuestros viejos es para una mayoría de familias trabajadoras lo único que podrán dejarles a sus hijos. En definitiva, eso es lo que está en juego.