Mujeres mayores: deseo, autonomía y ruptura de mandatos
En la Argentina, la vejez dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en una realidad estructural. Más del 15 % de la población tiene 60 años o más y ese porcentaje seguirá creciendo en las próximas décadas. En el caso de las mujeres, la expectativa de vida supera los 80 años. Sin embargo, este dato demográfico todavía no se traduce en una discusión pública profunda sobre cómo vivimos, decidimos y deseamos las mujeres mayores.
Muchas de nosotras no solo vivimos más tiempo: estamos disputando activamente el sentido de lo que significa envejecer. Frente a una sociedad que históricamente nos volvió invisibles, pasivas o “fuera de escena”, hoy muchas mujeres mayores desafiamos ese lugar asignado y ponemos en cuestión los mandatos que pretendieron clausurar nuestro deseo.
La llamada vejez activa se convierte, para muchas, en un espacio de reapropiación de la propia vida. Un tiempo para reconstruir vínculos, revisar elecciones y volver a preguntarnos qué queremos, ahora que las exigencias que organizaron nuestra vida adulta —el trabajo, la maternidad, el cuidado de otros— ya no ocupan el centro. Esa libertad no surge de la nada: es el resultado de trayectorias marcadas por desigualdades de género, tareas de cuidado no reconocidas y postergaciones sistemáticas.
Hoy, muchas mujeres mayores elegimos amistades que sostienen, actividades que entusiasman, viajes, salidas, bailes y vínculos afectivos que no responden a lo que “se espera” de una mujer de nuestra edad. Estas elecciones no son triviales: cuestionan una cultura que insiste en asociar vejez con retiro, silencio y pérdida de valor social.
Por supuesto, este proceso no es homogéneo ni lineal. Convive con brechas de salud, situaciones de soledad y limitaciones económicas reales. Pero incluso en ese contexto, cada vez más mujeres reivindicamos algo básico y, a la vez, profundamente político: el derecho a tener deseos, proyectos y planes en cualquier etapa de la vida. La idea de que “ya no corresponde” desear, enamorarse o disfrutar del propio cuerpo es un estigma que sigue operando como forma de control.
Las investigaciones sobre envejecimiento son claras: la participación social y el involucramiento activo en la comunidad fortalecen el bienestar emocional y físico en la vejez. Aun así, persiste una mirada social que sanciona a las mujeres mayores cuando nos salimos del guion. Desarmar ese prejuicio es parte de una discusión urgente sobre derechos y ciudadanía en la vejez.
Lejos del encierro y la resignación, muchas mujeres mayores sostenemos que todavía hay mucho por vivir, por decidir y por compartir. Nos inscribimos en talleres y carreras postergadas, viajamos solas o con amigas, armamos grupos para ir al teatro o salir a bailar, volvemos a enamorarse o elegimos vínculos más livianos, nos animamos a las aplicaciones de citas, planificamos escapadas y hacemos planes propios, sin pedir permiso ni dar explicaciones.
En ese mismo sentido, otro dato que interpela es el aumento sostenido de divorcios en personas mayores de 60 y 65 años en la Argentina. En la última década, este fenómeno se volvió más visible y hoy representa entre el 8 y el 10 % del total de los divorcios anuales. Se trata, en muchos casos, de matrimonios de larga duración que se replantean cuando los hijos ya no viven en el hogar y aparece con fuerza la pregunta por el tiempo propio que queda por delante.
El aumento de la expectativa de vida, una mayor autonomía económica y simbólica de muchas mujeres y la simplificación del divorcio tras la reforma del Código Civil en 2015 facilitaron estas decisiones. Lejos de leerse como fracasos, muchas separaciones en la vejez se viven como búsquedas de bienestar, libertad y nuevos proyectos.
Las mujeres mayores no estamos pidiendo permiso para vivir: estamos ejerciendo nuestro derecho a elegir. Y en ese gesto cotidiano, muchas veces silencioso, estamos produciendo una de las rupturas más profundas con los mandatos de género. Porque el deseo no se jubila. Y la autonomía, tampoco.
Rosa Cattana
Militante por los derechos de las mujeres mayores. Agrupación “Arrugas más, arrugas menos”
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