La “gente de bien”
Por Pablo Callejón Periodista
El texto pareció desempolvarse del armario de un viaje manicomio, entre notas escritas a mano y ocultas en archivos que avergüenzan y duelen. Sin embargo, se trataba de un formulario actual, de esos que se completan por una aplicación de celular. Para el Gobierno nacional, las personas con algún grado de discapacidad mental podrían ser consideradas como “idiotas”, “imbéciles” o “débiles mentales”. Así lo resolvió el anexo 187/2025 de la resolución de la Agencia Nacional de Discapacidad, dirigida por el ex abogado personal del presidente Javier Milei, el doctor Diego Spagnuolo.
Los descalificativos fueron incorporados en las nuevas condiciones para acceder a pensiones no contributivas de apenas 261 mil pesos. En la plantilla, quienes aparecían en una calificación de 0 a 30 debían ser considerados “idiotas” por “no atravesar la etapa glósica (no lee ni escribe, no conoce el dinero…)”. En una variación de 0 a 50, la tilde debería colocarse en el casillero “imbécil” cuando la persona “no lee ni escribe, pero atiende sus necesidades elementales y pueden realizar tareas rudimentarias”. En ese mismo documento oficial, quienes están en la graduación de 50 a 60, podrían ser considerados “débiles mentales” o “retardados”. La remoción del decreto arcaico y discriminatorio solo se produjo cuando el repudio social logró imponerse a los prejuicios encarnados en los odiadores del Estado y lo público.
El episodio responde a un clima de época. El presidente ultraderechista apela habitualmente a términos como “idiotas”, “mogólicos” o “descerebrados” para cuestionar o descalificar a otras personas. Podríamos suponer que, a veces, lo hace para no repetirse en insultos como “hijos de puta” o “ratas”. Cuando aún era un candidato en campaña, Milei señaló al periodista Roberto Cachanosky como “un pedazo de mogólico, imbécil y tarado” en un debate sobre “la batalla cultural”. Aquellas expresiones alcanzaron un rango de documento oficial en las planillas que la medicina psiquiátrica “debería utilizar para describir grados profundos de déficit intelectual”. La funcionaria que habilitó esa escala de valores fue expulsada del Gobierno, aunque su decisión estuviera vinculada al sentido social que el propio presidente habilita en entrevistas o tuits.
Según un informe del sitio Chequeado, desde que asumió el presidente Milei pronunció, al menos, 1.051 insultos, descalificaciones o ataques en discursos, entrevistas y redes sociales. En promedio, insulta 2,4 veces por día. Los términos que prefiere son los de “kuka”, “zurdo” y “ensobrado”, aunque en su búsqueda por humillar al otro, y hasta deshumanizarlo, el mandatario puede calificarlos de “mandriles”, “siniestros”, “lacras” o “soretes”. El lenguaje presidencial, que actúa como una referencia cultural para los argentinos y argentinas, banaliza términos como “pedófilo” y suele repetirse en acusaciones de “puta”, “repugnante”, “mierda” o “basura”. En esa búsqueda por denigrar a quien piensa diferente o puede interpelar sus ideas o decisiones, Milei les adjudica rótulos colectivos o personales. Por ejemplo, quienes no comparten sus mandatos libertarios son unos “zurdos de mierda” y el nombre de la artista Lali Espósito es modificado por el de “Lali Depósito”, para intentar denigrarla socialmente. En las últimas horas, Milei borró los cientos de tuis que había publicado sobre la joven cantante frente al riesgo de una denuncia penal. No lo hizo por advertirse como un sujeto machista, discriminador y de expresiones violentas, sino para eludir posibles consecuencias judiciales.
La agresión permanente no surge solo como una estrategia de confrontación, sino como una presunción de estar “por encima de los otros”. Incluso, como una estrategia para visibilizar la ostentación de clase. En una entrevista televisiva, el mandatario nacional aseguró que “¡somos superiores estéticamente!” al compararse con “los zurdos y comunistas”. El concepto remite a principios de superioridad racial que ostentaron los gobiernos totalitaristas en Europa y se ratifica entre quienes pueden ser considerados “gente de bien” o “representantes del mal”.
El presidente que utiliza a una motosierra cómo símbolo cultural de su pensamiento, decide acompañar sus acciones con gestos irascibles, de dientes apretados y miradas que revelan su exaltación. Son expresiones habituales cuando descalifica a dirigentes políticos con los que luego negocia leyes de gobierno o para intentar el silencio o sometimiento de quienes lo cuestionan. Milei tildó de “viejos meados” a economistas que criticaron su plan de gobierno, en un intento por vincular la vejez con la idea del “fracaso”, y los mandó a “conseguir a la prostituta virgen”, en un discurso de metáforas cargadas de xenofobia. En Davos, Milei vinculó a las personas homosexuales con el abuso de niños e insistió con degradar a las mujeres que interpelan las condiciones desiguales de género. Lo hizo convencido sobre los mandatos que esgrime, y a veces vomita, aunque luego buscara justificarse en “el mal uso de un video editado”.
El escritor y filósofo Miguel de Unamuno advirtió que “la lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo”. En los discursos que buscan deshumanizar al otro emergen principios básicos de quienes no ocultan el odio. El presidente no solo considera que en la última Dictadura hubo “una guerra entre bandos”, en un intento por validar la teoría de los dos demonios, sino que califica como “excesos” las violaciones sistemáticas, torturas en campos de concentración, sustracción de bebés, desapariciones y asesinatos provocados por las estructuras militares que usurparon el poder del Estado. El posicionamiento solo parece modificarse por los intereses coyunturales que conducen a intencionados olvidos. Milei, por ejemplo, dejó de acusar a Patricia Bullrich como “una montonera tirabombas en jardines de infantes” cuando aceptó sus votos en el acuerdo electoral que decidió el balotaje.
El filósofo Michel Foucault advirtió que “las estructuras de poder se crean y mantienen a través del discurso”. Los enojos de una sociedad frustrada con sus dirigentes y con su propia realidad, se profundizaron en la esencia del pensamiento ultraderechista que está al mando de los hilos del poder en la Argentina.
Las representaciones que intentan confrontar desde la deshumanización pueden incluirnos en cualquier momento. Podemos ser soretes, mogólicos, viejos meados, prostitutas, ratas o simples hijos de puta, según el lugar que el discurso del presidente o su gobierno resuelva adjudicarnos. La bestial concepción de quienes se advierten “hasta mejores estéticamente” y desnudan el sentir xenófobo que solo esperan un chasquido de los dedos para reconvertirlas en una práctica habitual de la violencia social.
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