Sobre sus propias narices
Por Pablo Callejón
La Universidad era para mis viejos una escuela grande. Como la escuela Sarmiento, pero con más aulas y bancos. Ingresaron por primera vez en mi colación de Licenciado. Me habían acompañado durante algo más de cinco años, pero no conocían el Campus. Pagaron mi residencia en un departamento, la casita interna en la Colón, la habitación que compartí en las 320, unos meses de pensión y el garage con habitación y baño sobre la General Paz. Me enviaban las encomiendas, cada 15 días renovaban mi ropa limpia y dos veces por semana nos hablábamos desde el Telecentro que estaba frente a la Plaza Roca. Ese día que conocieron el Aula Mayor, me había convertido en el primer egresado universitario de mi familia.
Los fines de semana mi mamá ahorraba los recursos para sostener mi estadía en Río Cuarto. Vendía tantas docenas de empanadas, como fuera posible. La Rotisería llevaba el nombre de Almería, como la ciudad frente al Mar Mediterráneo donde inscribieron a María de las Nieves Carreño Galera. En realidad, ella había nacido en Taberna, un pueblito a la sombra de la gran ciudad. Mi papá viajaba a veces cientos de kilómetros para rescatar los colectivos de la vieja TUS que habían quedado varados sobre la ruta. Miguel Domingo Callejón tenía las manos curtidas por el aceite y podía identificar las fallas de los vehículos con solo bajar la radio y escuchar las melodías del motor.
Frente al Comedor, entre dos inmensos pabellones de aulas, hay un pasillo natural hacia la plazoleta que desembarca en el Anfiteatro. Después de clases, hacíamos tiempo con una ronda de mates sobre la gramilla para aguantar el arribo del Dos. A veces, Cari pasaba frente a nosotros y nunca me miraba. Hubiera aceptado cargar con sus maletas y ganar la pulseada de la timidez de los que nunca se animan. A la chica del pantalón de Corderoy la volví a ver 20 años después para contarle que no la había olvidado.
Cuando hacíamos dedo con Gustavo para volver a Huinca nos prometíamos estar en nuestros hogares antes del almuerzo. En cada aventura, jugábamos una apuesta sobre la planificación de viajes ajenos. Un día nos dejaron en el cruce de Malena y casi tres horas después, el chofer de una F100 nos alcanzó hasta la vieja estación del ingreso a Del Campillo. Era una tarde nublada de junio y no quedaba nada en los bolsillos. El último tramo lo hicimos en la parte de atrás de un rastrojero azul. Mi vieja ya me esperaba para la cena.
Mi primera experiencia en un diario fue con el profesor Lionel. Entrábamos a la clase de Impresa y el aula tomaba la impronta de una sala de redacción. Lionel se sentaba sobre alguna esquina del escritorio y te miraba como Edward Murrow en los estudios de la CBS. Al fin de clases nos recordaba que el periodismo solo podría ser útil, si resultaba incómodo.
Después de tantos viajes en colectivos, pasando del dos al trece y del ocho al cinco, nunca había conseguido que me dieran uno. En cambio ella, los tenía todos. Hablo de la compañera que juntaba los boletos capicúa del bondi. Si el chofer me hubiera dado uno, tan solo uno, lo hubiese enmarcado. Ella, en cambio, los guardaba prolijamente debajo de un forro de nylon de la carpeta. Un día observé cómo los abrazaba en un puño, como un amuleto de la suerte antes de entrar al examen de Metodología.
Cuando no quedaba nada, nos hacíamos un tazón de café con leche con alfajores Golcito. Eran dos tapas con un glaseado de limón y un redondel finito de dulce de leche. La mujer de la despensa nos daba alguna yapa con caramelos y una bolsa con galletitas sueltas. La mejor propuesta era cuando la mamá de Cori me preguntaba después de varias horas de tesis si prefería quedarme a cenar.
Los jueves a la noche nos reuníamos en el Buen Manyare para degustar un Fernet sin etiqueta y una compotera de aceitunas negras. A veces llegábamos sin dormir, dispuestos a darle una batalla al sueño con la adrenalina de haber aprobado Semiótica en el primer intento. En las peñas de Regims, ya no se escuchaban lentos, aunque el discjockey estaba tan cerca de la barra que le podías pedir un tema de Roxette para sacarla a bailar antes de las cinco.
En las aulas fuimos cada vez menos. Varios meses antes de que las piedras golpearan la vidriera de los bancos y las manchas de brea se estamparan sobre el frente del Concejo Deliberante, el 2001 nos iba expulsando como en la fila de un notario. Nos empezamos a faltar unos a otros, a preguntarnos que había sido de tal y si terminarían la carrera los que volvieron a sus pueblos. Con Cori hacíamos una revista para la Asociación de Ingenieros Agrónomos que me permitía pagar algunas cuentas. La impresión la hacíamos durante la noche en una máquina Canon que tardaba 3 minutos por hoja y casi 20, por cada revista.
Los 90 se habían agotado entre canciones de Nirvana y los domingos del Página 12. La mentira individual pareció rendirse frente al sentido colectivo de las crisis. En las asambleas y marchas que sacaron a patadas a López Murphy se masticó la rabia de lo que no se dijo antes. El país que volaba por los aires se resguardaba en aquello que no pudieron robarnos. La Universidad era un bastión frente a los mercaderes que intentan medir los ruidos de la panza con la evolución del riesgo país. Y los tibios perdieron la jactancia de los buenos modales cuando vieron regodearse a los villanos sobre sus propias narices.
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