¿Qué puede caber en 9 valijas?
Por Pablo Callejón Periodista
El autito Chevy con tres ruedas, un pentagrama y el libro con tapa amarilla de las Aventuras de Salgari. La camiseta de River de piqué grueso, la radio con alarma Philco y un cuaderno Rivadavia con varias hojas en blanco. Todo eso podría caber en mi primera valija. Sin pasaje de regreso, hubiera esperado el tren sentado sobre los tablones de madera que dividían la parada de estación del vagón, el lugar donde resucitan las nostalgias de los abandonados. El silbato de la locomotora podía escucharse cuando cerrabas los ojos, en ese instante donde siempre era domingo por la tarde y el corazón parecía anticipar el crujido de cada durmiente.
Una segunda valija hubiera quedado a medio terminar, como los amores que solo existieron en una carta con perfume de Mujercitas. La niña de 11 años me prometió un vínculo eterno pintado con crayones fucsias y azules. Y en cada dibujo le creí. La esperaba en los recreos convencido de tomarla alguna vez de la mano, aunque nunca tuve el valor para hacerlo. Volvía al aula para contar por enésima vez las pecas que dividían el valle de sus ojos en esa perfecta sintonía con su nariz. Tampoco pude concluir la carta la tarde en que firmé el pacto de cobardía al verla salir acompañada por un galancito del sexto B.
Había una camisa a cuadros azules y unas botas de cuero marrón en mi tercera valija. También cabían los tragos que dejé a medio terminar sobre la mesa del bar Stylo. Entre los bolsillos aparcados en mi adolescencia de pasos desgarbados, podías hallar un paquete de gomitas de eucaliptus y el disparo del Ventide que despertaba el agobio de mis pulmones. Y en la escalinata del Banco de Córdoba las valijas se colmaban de historias con dudosa veracidad. El pacto de amigos que resolvíamos renovar antes de cada amanecer.
La cuarta valija estaba casi vacía. Decidí partir con lo puesto, jurando no volver algún día. La vida son muchas vidas y algunas muertes, con la Parca apostando a los dados contra el olvido. Nadie recoge las hojas cuando pasa el otoño, ni carga las maletas cuando ya nos cortaron el boleto y estamos definitivamente en viaje.
Los libros de la escuela de Francfurt colmaban parte de la quinta valija. También el mate cocido del comedor antes del regreso a clases. Las noches que cenábamos el arroz de ayer no hubieran ocupado demasiado espacio. Aunque nunca sobraba el mango, cada jueves de peñas vaciábamos el cenicero repleto de frutos de maní húmedos antes de abandonar el Buen Manyare. En cualquiera de esas noches, una mujer cantó un tango sobre la falda de un varón peinado a la gomina. Aquella madrugada comprendí el dolor de los que nunca escucharon al corazón suplicar por un amor.
En la sexta valija conservé la prueba de Semiótica y los apuntes que el profesor Lionel Gioda me regaló con frases de Tomás Eloy Martínez. También cabían algunas primaveras en el río y el humo de un cigarrillo que parecía obstinado en ocultarnos el cielo. Las noches que fingían ser días y el teléfono público de Telecom que solo aceptaba las monedas de 25 centavos. Era una valija con bolsillos repletos de alfajores de crema de maní y un boleto capicúa del colectivo de la Línea 2.
El llanto de la gente iba hacia el mar del Central Argentino. Las canciones de los Cadillacs hubieran permitido poco espacio en mi séptima valija. Y dejamos cambiar las modas hasta que vimos salir a los jinetes de nuestros propios ombligos. La valija se llenó con un poema de Morrison empapado en Jonnie Walker y en un vaso de alcohol se posaron las nubes que impiden ver la tormenta entre tantas carcajadas. Daffunchio debió abandonar el milagro en la soledad de una vecinal Fénix casi vacía y sobre un bafle Marshall, vi reposar el destino de los que nunca logran hacer acuerdos.
Hubo una octava valija y casi la olvidé. Estaba en algún lugar de una pensión sobre la calle Velez Sársfield. En aquella casona debía esperar hasta la madrugada para cenar. Durante algunas semanas comprendí el desvelo de la soledad. Mi valija tenía dos libros de Roberto Arlt y un señalador de cartón bordado con un hilo de de mimbre. Todo resultaba inoportuno cuando en la mañana siguiente había una sola taza de café.
Dos diplomas, la libreta verde, algunas fotos, una camisa de seda negra, 16 lunares y la cama de una plaza en un frío garaje. En la novena valija quedaba espacio y parecía sobrar el tiempo. Días y horas prolijamente apilados, ordenados por orden alfabético, según sus formas, de menor a mayor. La severa desazón de rebeldías malgastadas y la chica del pantalón de corderoy que tardó 20 años en devolverme la mirada. Y esta vez no era hoy, sino mañana.
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