La paz en Sowetto
Por Pablo Callejón
En Sowetto, todo lo que olía a paz podía derivar en el hedor de la muerte. Cuando parecía que las cosas estaban calmas, llegaban los agentes policiales al grito de “skiet” o “n’skiet” (“disparen” en Afrikáans) y los sobrevivientes debían esperar algunos segundos hasta quitar las palmas de las manos de sus rostros para advertir si aún podían sostenerse en pie. Sowetto se encuentra ubicado a las afueras de Johannesburgo. Desde allí, los sudafricanos espiaban a los blancos ingleses que habían usurpado el Parque Nacional Kruger, el cañón del río Blyde y los humedales de iSimangaliso. Había algo de paz en aquella reunión de 15 mil estudiantes secundarios que el 16 de junio de 1976 pidieron derogar la “ley Bantú” y dejar de estudiar una lengua oficial impuesta por holandeses. Con pancartas que levantaban consignas pacifistas, los adolescentes ganaron el centro del barrio que actuaba como bastión de resistencia. Algunos botes de gases lacrimógenos y la baba de perros policiales anticiparon la masacre. Unos 1700 policías con fusiles de largo alcance acribillaron a unos 556 chicos negros con uniformes de escuela. La fotografía de Mbuyisa Makhubo transportando en sus brazos el cuerpo moribundo de otro estudiante de 12 años, Héctor Pieterson, alcanzó para sensibilizar durante algunas horas al mundo horrorizado. Por la noche, las niñas blancas bailaban el vals de Johan Strauss en los salones de los suburbios del norte, donde nadie podía ver ni escuchar el llanto de las madres abrazadas a los cuerpos fríos de sus hijos negros.
El coraje de petiso camorrero que se tomaba a piñas en el patio de la escuela de Huinca Renancó pareció revivir en aquel estadio a 24 kilómetros de la gran ciudad. Falucho Laciar había llegado convencido en derrotar al primer campeón mundial negro, rodeado de miles de sudafricanos que sabían reconocer cuando la paz tiene el silbido de un puñetazo en la cara o el plomo caliente que traspasa las entrañas. El estadio estaba pensado para partidos de rugby y el ring había quedado en el centro, como en un espectáculo circense de leones a merced de un público ávido de sangre. Laciar le fue ganando la pulseada a Peter Mathebula, hasta desmoronarlo con seis puñetazos que tuvieron la velocidad de una ráfaga de ametralladora. Frente al hotel donde durmió aquella noche el nuevo campeón del mundo, los bancos del parque tenían un cartel de advertencia “Only Europeans People”. En ese lugar, solo podían sentarse personas blancas.
Las noticias llegaban demasiado tarde a la pequeña celda de la cárcel en la Isla de Robben. Nelson Mandela hubiera preferido estar inmerso en esa multitud que rogaba por una reacción de Mathebula ante la secuencia de puñetazos de Laciar. Mandela no solo era un apasionado espectador del boxeo, también lo practicó. “Estaba en la división de los pesos pesados y no tenía el suficiente poder para compensar mi falta de velocidad, ni la velocidad para compensar mi falta de poder”, admitió años después de abandonar el penal que hoy forma parte de las memorias del Apartheid. Antes de ser reconocido solo como Nelson, en su documento los inscribieron también como Rolihlahla, que en Xhosa, uno de los idiomas oficiales de Sudáfrica, significa ” tirar de la rama de un árbol”, o “alborotador”. Mandela estaba convencido de que el boxeo “era una ciencia” que permitía mover el cuerpo para protegerte, utilizar un plan para atacar y defenderse, y saber llevar el ritmo de una pelea. Como muchos otros mártires de sus pueblos oprimidos, estuvo en la lista de los terroristas más buscados de Estados Unidos. A veces el ring, es un mapamundi con yanquis al acecho.
Winnie lo tomó de la mano antes de abordar una maraña de micrófonos que lo aguardaban en las afueras de los muros de piedra. Habían pasado 27 años de su detención y Europa parecía distraída entre la unificación de Berlín y las andanzas del vaquero Ronald Reegan. El prisionero 46664 estaba algo más delgado y los ojos enrojecidos por los trabajos forzados en minas de cal. En los primeros convites políticos del Congreso Nacional Africanos esperaban ansioso un plan de venganza contra los blancos que debían empezar a morder el polvo. Mandela, como un boxeador que imaginaba como actuar en cada round, pareció explicarles que no era necesario satisfacer las apuestas de un nocaut en la primera vuelta. El objetivo era algo más complejo, se trataba de refundar una nación.
El 10 de mayo de 1994, Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica elegido en comicios libres. “Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen. Nos ha llegado el momento de construir”, expresó ante una multitud. Aquel día también celebraron los habitantes de Sowetto. Algunos se concentraron en la entrada norte, donde se pueden ver dos anchas chimeneas que actúan como portal de ingreso. Forman parte de la central eléctrica trasladada cuando expulsaron a los ciudadanos negros de Johannesburgo. Los ingleses habían advertido que la generación de energía era contaminante y la dejaron del lado de los excluidos. Eso sí, tomaron la precaución de no compartirles la luz.
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