La hora de Nikita
Por Pablo Callejón
A diferencia de Anne Parillaud, en la película de Luc Besson, la agente de Investigaciones Nancy Salinas no se ganó el apodo de Nikita al abandonar la cárcel, sino antes de ingresar a ella. En pocos días, aquel mote que presumía en los operativos de la División Investigaciones se convertirá en un alias dentro de los pabellones de la Unidad Penitenciaria. El Tribunal Superior de Justicia ratificó la valoración de las pruebas que realizó la Cámara del Crimen y Salinas deberá cumplir una pena de tres años y 10 meses de prisión por colaborar con el clan Vargas Parra en la etapa central de la investigación por la búsqueda de Nicolás Sabena.
A pesar de la estrategia defensiva y los intentos por justificar el accionar de la imputada en el supuesto de que “solo cumplía órdenes”, para el Tribunal, “el obrar de Salinas tuvo como objetivo ayudar a los miembros de la familia Vargas a eludir el accionar de la justicia”. La suboficial integraba el área que encabezaba Gustavo Oyarzábal, detenido por complicidad con la organización narco de Claudio Torres, el zar de la droga asesinado a balazos por un par de sicarios frente a su domicilio en barrio Fénix.
Los vínculos de “Nikita” con los acusados de secuestrar al joven de 21 años, comenzaron a vislumbrarse el 15 de septiembre de 2008, un día después de la desaparición de Nicolás. José Vargas Parra fue detenido cuando intentó eludir un control policial de rutina. Los policías Hernán Alberto Cazzola, Mario Gabriel Villegas y Juan José Ortiz confirmaron que “el Pepe” fue derivado a la comisaría de Banda Norte, donde “se defecó por los nervios”. A los pocos minutos del traslado, llegaron al lugar el comisario Fernando Pereyra y la suboficial Salinas “para interiorizarse sobre la situación del aprehendido”. Con el propósito de “favorecimiento y colaboración hacia la situación procesal de José Vargas padre, su esposa Adelina Flores y sus hijos José Francisco Vargas Flores y Lucía Inés Vargas”, Salinas evitó hacer alusión a la detención del jefe del clan a pesar de formar parte del equipo de investigación que debía encontrar a Nicolás.
La agente de Investigaciones no solo perdía la memoria sobre episodios claves. También utilizaba sus vínculos cercanos para adelantarle a los sospechosos los pasos que debían dar desde la Justicia. A la 1:43 de la madrugada del 9 de diciembre de 2008, Vargas Parra recibió un llamado que le permitió conocer “las constancias y el rumbo de la tarea investigativa”. Ese día, la fiscalía de Instrucción planeaba un operativo en la quinta ubicada en Guardias Nacionales 2700, donde Nicolás fue visto por última vez con vida. La comunicación duró 16 segundos y “fue captada por la antena C0474A situada en Río Cuarto 5-Epec”. El allanamiento se suspendió por cuestiones climáticas. El fiscal de Instrucción Walter Guzmán había dado órdenes precisas a su secretaria de evitar cualquier filtración. Sin embargo, quien avisó a los Vargas fue la propia Salinas. El 17 de diciembre, los investigadores finalmente desembarcaron en el lugar. El clan familiar había tenido el tiempo necesario y la información suficiente para disponer de la eliminación de pruebas. El fiscal Fernando Moine había advertido en la instrucción que, “lejos de mantener el secreto de tan trascendente acto, Salinas optó por quebrar esa confianza en ella dispuesta mediante el llamado telefónico, sugestivamente efectuado en el transcurso de la madrugada del día anterior al del cumplimiento de la medida”. “Al momento de la desaparición, Salinas era la encargada de practicar distintos actos tendientes a desentrañar su destino”, precisó Moine en su requisitoria de elevación a juicio.
José Francisco Vargas Flores, Lucía Inés Vargas Flores y José Francisco Vargas Miserendino fueron condenados el 27 de noviembre de 2017 por la privación ilegítima de la libertad de Nicolás Sabena. El Tribunal consideró que al joven de 21 años lo retuvieron en la Quinta, para después trasladarlo a un lugar indeterminado, y contra su voluntad. El objetivo del clan familiar fue “evitar o impedir que Nicolás pudiera regresar al domicilio de sus progenitores o continuar en el periódico contacto vía telefónica que mantuviera con su hermano Federico”. 14 años después de aquel septiembre de 2008, para la Justicia riocuartense todavía se trata de un caso de secuestro. Sin cuerpo, no hay crimen, suponen. La familia de la víctima está convencida del luctuoso final y espera ver sentenciados por homicidio a los tres sospechosos. Aquellas primeras semanas, de plena connivencia entre los Vargas y los agentes de la División Investigaciones de la Policía podría haber sido clave para evitar que se pudieran hallar las pruebas que conduzcan al destino final del joven. Nikita fue responsable, pero hubo otros. Aún se espera el juicio al comisario Gustavo Oyarzábal, y persisten las sospechas sobre los demás integrantes del área clave en la Unidad Departamental.
Cinco días después de la desaparición de Nicolás, Rosa Sabena realizó una exposición policial y el 21 de septiembre de 2008, la búsqueda se convirtió en una denuncia judicial en la Unidad Número 1. En ambas oportunidades, la mamá advirtió que su hijo había estado en la quinta al oeste de la ciudad y apuntó a los Vargas por “sus negocios relacionados con la droga y otros delitos”. Si para la madre resultaba evidente el nexo, la Policía no podía desconocerlo. Solo había que atar un par de cabos: la ausencia de Nicolás y la detención de Vargas, nervioso e incapaz de controlar sus esfínteres, en la celda de la comisaría de Banda Norte. Rosa advirtió que Salinas y el comisario Pereyra no solo evitaron informar la situación. La madrugada del 15 de septiembre, Pereyra “habría dispuesto, en su condición de funcionario policial de mayor jerarquía entre los presentes, que se dejara constancia en el libro de guardia que José Francisco Vargas Miserendino había sido trasladado para su identificación, y se le concedió la libertad, en una decisión supuestamente tomada por quien entonces era Juez de Faltas”.
El mediodía del 3 de noviembre de 2008, “El Pepe” y Nikita no disimularon en una breve llamada telefónica la cercanía de sus vínculos. “Hola mamita, ¿qué hacés?”, le preguntó Vargas a Salinas, quien le habló sobre el pedido de Rosa de recuperar la ropa de Nicolás. El sospechoso quiso saber si la llevaba personalmente o la irían a buscar. Y al final de la charla, se despidió de manera afectuosa: “chau querida, dale un beso a tu viejo”. El 6 de noviembre, poco después de las 10, Salinas le pidió que tuviera él la ropa y que al día siguiente se la llevara. Durante el diálogo, la agente policial le dijo “vos quedate tranquilo” y él, le respondió: “mamita, dale, besitos a todos en tu familia”. A las 11.13 del día posterior, Vargas aún no había entregado lo requerido, pero Salinas lo calmó: “bueno corazón, yo te aguanto, yo te espero, no hay problema”.
El fallo del Tribunal Superior de Justicia ratificó la condena y decidió la suerte de Nancy Salinas, quien deberá purgar la pena en la Cárcel. La revelación de un tiempo oscuro de la Policía riocuartense que aún tiene demasiados nubarrones por despejar. A Nikita, parece haberle llegado su hora.
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