Cinco años después

Por Pablo Callejón

Cinco años podría haber tardado en descifrar las pistas que Perry Edward Smith dejó a merced de Truman Capote en aquella novela narrada a sangre fría. Otros cinco años me hubiese demorado en convencer a la señorita Rita para que no me expulsara del coro de la escuela, sin haber cantado, al menos una vez, el estribillo de Caminito. Habrían sido cinco años los que me hubieran permitido terminar el último cuaderno Rivadavia con las crónicas de aquel River que hacía goles hasta de un lateral. Y tan solo cinco años, hubiesen resultado insuficientes para dibujar 40 dibujos ahí en el piso de una adolescencia de andar desgarbado. La sentencia del paso de las horas, los días, las semanas y años, suele dilapidar sus certezas cronológicas en la batalla contra las sensaciones que definen nuestra subjetiva observación del tiempo. Y así, un solo sábado puede resultar infinito, inagotable, mientras nos preguntamos cómo pudieron haber pasado cinco años desde aquel primer programa de abril.

Cuando tenía cinco años y escribía mis primeras oraciones sin títulos de tapa, sacaba la lengua para dibujar los garabatos que ilustraban la página principal. Pegar la lengua contra el labio superior, mientras fijaba la vista sobre la secuencia de líneas y puntos, era un gesto de concentración que mi mamá contemplaba con ternura. En aquel tiempo sin selfies, la escena solo podía ser retratada por la memoria. Otros cinco años habrían pasado hasta que logré persuadir al dueño del canje de revistas y me compré una pila de 15 Gráficos de los años 60, con formato tabloide. No hubiese esperado cinco años para leer y releer las crónicas que describían la dinámica de lo impensado en la pluma de Dante Panzeri.

Hace algo más de cinco años, nos juntamos para imaginar un programa, su nombre, algunas secciones y un par de razones para convencer al dueño de la emisora. Con Cori nos juramos salir de la borrachera por las noticias urgentes, pero nos ganó el periodismo. La fiebre por la primicia demoró algún tiempo en enseñarnos que a veces, conviene esperar y contarlo mejor. Nunca se sumó alguien al proyecto que no creyera en la profesión y se enojara por los mismos dolores. Confiamos en los instintos que suelen cruzar las vías del tren con la sirena en la nuca. Y fuimos ganando estaciones, como en los saltos del tejo que dibujamos sobre la hoja de la continuidad. Nunca pudimos cumplir la promesa de contemplar los viernes como una mera antesala en el estudio de la Gospel. Desde hace cinco años, solo duermo algunas horas antes de ingresar a la radio.

Las historias, a veces bien contadas, nos hicieron perdurar durante estos cinco años. Nos visitaron y fuimos a buscarlos. Preguntamos con la obsesión de repreguntar. La pirámide invertida nunca se escribió con lo que elegían dejar saber. Incorporamos la virtualidad y la imagen. Nos empezaron a ver como en la tele, pero nunca dejamos de ser radio. Y así pusimos sobre la mesa las razones que impulsaban nuestras propias motivaciones. Cinco años de complicidad con una audiencia capaz de cantarnos las cuarenta, aún cuando en el viento resoplen las voces de los que no dejan oír el grito de los vencidos. El póster central intentó siempre ser el tábano molesto sobre el lomo del poder. Buscamos incomodar, hurgar en la hendedura de los libros cerrados de la desinformación. Muchas veces no pudimos. Hace cinco años las derrotas dolían tanto como ahora. Y la revancha, debía esperar hasta el sábado siguiente.

En cinco años, nunca fuimos amigos del juez. Interpelamos al ex diputado que abandonaba presuroso la escalinata y escuchamos a las madres de mil batallas. Hablaron más las víctimas que los funcionarios. Batallamos las mismas banderas que flamean con un viento a contramano y dejamos a pie las señales que nos indicaban como seguir. A Póster Central llegaron los que nunca son neutrales. Los que estuvieron y los que hoy están jamás apelaron a la fallida objetividad de los agoreros de una independencia en falta. Quienes nos escuchan saben desde que lugar les hablamos. Cinco años nos hicieron lo que somos.
Si no hubiese vuelta de la esquina. Si recordáramos todo. Si no faltaran los que quisimos. Si redobláramos la apuesta. Si no perdieron tanto los buenos. Si alguna vez fuera más fácil. Si no costara tanto. Si todo eso fuera posible, estos cinco años hubieran resultado menos condicionantes de lo que hicimos de nosotros mismos. Y aquí estamos. Levantados en madrugada, escribiendo sobre el teclado tibio, esperando ver encender la señal de aire. Nada podría hacernos más felices que convocarnos en una mañana de periodismo en radio. Cinco años después.