
El año que nos dimos cuenta
Por Pablo Callejón
Resolvimos echarle la culpa al año, al destino y al gato negro que se aventuró a cruzar la acera sin advertirnos de nuestra mala fortuna. Endilgar culpas, incluso a una referencia intangible como el anuario, pareció liberarnos de nuestras propias responsabilidades. Maldecimos el 2020 que nos distanció de los afectos y nos acercó de algún modo a la muerte. Esos 365 días de una angustia impensada, capaces de arrebatarnos las mañanas en las que nos sentíamos más seguros y previsibles. Si el año se fue, todo debería volver a la normalidad. O al menos, conducirnos a ella. Habría llegado el momento en que dejamos de tenerle miedo a la respiración de los otros, al abrazo afectuoso y las charlas en que todo puede transcurrir más allá de unos 15 minutos. Ese instante en el que la última hoja del almanaque se quema en las cenizas del asado, para dar lugar al brindis en el que pedimos por un tiempo mejor, flamante, sin los resabios de su propia historia. Pero la representación temporal de nuestros actos trasciende el recorte antojadizo del anuario que nos prometimos olvidar. Es un esfuerzo inútil por intentar reducir las desgracias de una pandemia y el resultado de nuestras conductas individuales y colectivas a la presumible desgracia de un mal paso. La estrategia banal con un título catástrofe que no pude evitar que nos diéramos cuenta.
Y nos dimos cuenta que no fue un accidente la falta de respiradores y barbijos. Que la Salud no puede delegar su jerarquía, ni ser considerada un gasto. Que solo en la intervención del Estado se puede lograr que todos accedan a una cama de terapia. Que las oficinas de las prepagas también cierran en pandemia. Que las y los trabajadores de salud son indispensables. Que la precarización expulsa y los magros salarios obligan a una agotadora duplicación de tareas. Aprendimos que la emoción nos puede llevar a aplaudirlos cada noche, pero solo la convicción por la salud pública podría exigir que nunca más sean degradados en sus condiciones laborales.
En el 2020 nos dimos cuenta que las pandemias no solo son el resultado de una serie en Netflix. Que las enfermedades también se globalizan. Nos dimos cuenta que todos podemos ser contagiados, aunque no se democraticen sus consecuencias. Que los pobres tienen más dificultades para prevenirla, menores recursos para enfrentarla y mayores posibilidades de sufrir las consecuencias sanitarias y sociales. Hasta mueren más. Que los privados recurren al Estado para sobrevivir a la crisis y delegan los costos de una solución más solidaria. Que piden en defensa de sus propiedades, pero golpean las puertas de los gobiernos si algo sale mal.
Nos dimos cuenta de que la ciencia puede servir para mucho más que lavar los platos. Que investiga, sana y también cura. Que las vacunas son un recurso indispensable y que vacunarnos puede salvarnos de la enfermedad. Que hay periodistas de una guerra de dinero capaces de atentar contra la salud pública para responder a los intereses que defienden. Que pueden defenestrar una vacuna por su origen y convertirse en lobistas de la plata ajena. Que mienten a sabiendas y manipulan por cumplidos de mando.
El año que se fue, permitió darnos cuenta que la meritocracia no es lo mismo que valorar el mérito. Que no es posible ponderar los resultados sin conocer las posibilidades generadas para alcanzarlos. Que las aulas son indispensables. Que hay alumnos y alumnas sin internet en sus casas, sin computadoras y a veces, hasta sin celular. Que hay docentes que golpean las puertas para dejar la tarea. Que algunos y algunas multiplicaron sus esfuerzos para que accedan a los contenidos quienes no aparecen en los recuadros del Zoom. Que los pibes y pibas pueden transcurrir horas en la virtualidad, pero nunca abandonan la necesidad de los encuentros. Que se reúnen aún en la ilegalidad.
Aprendimos que podíamos abrazar a la distancia. Que podemos necesitar de las distancias para salvarnos y sobre todo, para salvar a los otros. Que la cuarentena permitió revitalizar un sistema de salud en terapia y que no existió un manual histórico de operaciones. Que nadie se enamora de los encierros. Que alejarse del virus es el único modo posible. Aprendimos que en ningún lugar del mundo hallaron la fórmula mágica antes de la vacuna. Que algunos quieren cuidarnos y otros, solo cuidan de sí mismos. Que la pandemia nos mostró tan injustos y desiguales. Que no hubo un mundo más solidario, ni vamos camino a ello. Que los ricos marcharon por sus riquezas. Que los pobres sobrevivieron en su pobreza.
Fue el año en el que nos dimos cuenta de que éramos muchas veces felices y no habíamos logrado darnos cuenta. Que tomar un café en el bar puede ser un privilegio y que amar a la distancia puede arrebatarnos un beso. Que las redes no logran suplantar a las emociones que erizan la piel de un encuentro. Que los amigos se disfrutan más en un asado. Que un adiós solo contiene en los abrazos. Nos dimos cuenta que las calles en silencio se parecen al miedo. Que la desesperación llena los carritos de arroz y papeles sin valor. Que podamos extrañarnos en las situaciones más banales y efímeras.
Fue el año en el que nos dimos cuenta. Que vimos transcurrir cumpleaños sin fiestas y aniversarios sin flores. El tiempo en el que nos preguntamos cuándo acabaría todo. En el que vivimos el insomnio y despertamos esperando que todo hubiera sido un sueño. El año en el que nos dimos cuenta de que aún estamos vivos y que nos duelen los que ya no están. Que necesitamos volver a respirar sin miedo. Comprendimos que el 2020 es solo la excusa de nuestras propias culpas. Que no hicimos todo bien. Que somos injustos. Que la desigualdad salva y mata por igual. Que el año ya se fue, pero depende de nosotros que no vuelva a repetirse. Aprendimos que somos el resultado de nuestro tiempo y lo que hacemos de él. Y que a pesar de todo, saber que nos dimos cuenta puede no resulta suficiente.

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