Nadie te quiere más en las aulas que tu profesor

Nadie te quiere más en las aulas que tu profesor
Por Pablo Callejón

Nadie te quiere más en las aulas que tu profe, la seño o tu maestra. Es en ese lugar donde todo adquiere sentido. Nos iguala frente al pizarrón, las tizas, los pupitres, la hoja Rivadavia, el libro o la escuadra. Desde que te vestían con un guardapolvo con bolsillos enormes para llenarlos de plastilinas, hasta que tuviste libreta universitaria y fuiste por primera vez a clases de Física Biológica o Termodinámica. El valor está ahí, en las salas de clases, los laboratorios experimentales, los campos de producción, el comedor donde repasas antes de entrar al final, la biblioteca en la que preguntas despacio, casi con susurros, a tu compañero de al lado. Ningún lugar es más propicio que un aula. Y es verdad, no habría jardincitos, ni escuelas primarias, ni colegios secundarios, ni campus universitarios, si estuviesen vacíos de estudiantes. Nada existiría sin vos en clases. Pero, ¿podrían existir sin sus maestros o profesores?

En las aulas, hubo maestras con ojos de cielo y un cabello de cenizas, que se descubrían invencibles. Autoras de consignas en la vieja Olivetti, donde una marea de palabras revolucionan el corazón agobiado de Susana Dillon.

Hubo maestras que te enamoraron. Como Rosa Fergusson, la jovencita que le pidió a Gabo una breve descripción los protagonistas de Las mil y una noches, mientras leía debajo de un Macondo, en las sofocantes tardecitas de Aracataca. Un amor platónico, con cartas que no se leerán nunca.

Hubo profes que te abrazaron cuando llegabas triste de casa. Que preguntaron si cenaste anoche y buscaron precisar cuando fue la última vez que merendaste algo más que un mate cocido. Profes que copiaron un largo resumen en el pizarrón para evitar que debas disculparte por no tener dinero para una fotocopia.

Hubo maestros que te enseñaron a pensar, a mirar diferente, a buscar mejores respuestas y, sobre todo, a no tener miedo a las preguntas.

Hubo profes que murieron por enseñarte. La crónica policial nos habló de la “drástica decisión” cuatro días después de la detención de Ernesto en el campus universitario. El diario describió sobre el hallazgo del cordón de una bolsa de dormir con el que se habría quitado la vida. En las celdas de la policía de la represión y la Triple A resultaba difícil hacer las preguntas correctas. Los asesinos del profesor Ernesto Silber aún siguen impunes.

Hubo docentes que llegaron a dedo o a caballo. Que cruzaron caminos desolados hasta alcanzar las aulas sin calefacción ni agua potable. Maestras que reclamaron por los derechos de sus alumnos y que desafiaron los riesgos para volver a clases por ellos. Nancy Godoy es ahora un grito de voces unánimes frente al desamparo silencioso de quienes dejaron de cuidarla.

Hubo maestras de coros al final de clases. La banda de sonido de un piano de madera, donde las teteras son de chocolate y hay caminitos bordeados de trébol y juncos en flor. La extraña vocación de doña Rita, haciéndonos cantar letras que no escuchábamos en la radio y, sin embargo, nunca pudimos olvidar.

Hubo maestras de clases de literatura. Seños que te enseñaron sobre las febriles batallas en la selva misionera, la cruel y previsible muerte de Santiago Nazar, los riesgos infundados del detective Marlowe y el Romancero Gitano frente al pelotón de Granada. Con la profe María Marta nunca tuvimos una prueba sorpresa, todo transcurría bajo el dictamen del relato que nos sugería abordar.

Hubo maestros y profesores que lucharon. Que levantan un puño cerrado al infinito, que marchan y flamean banderas con consignas de las que sos parte. Que deben salir a las calles para no dejarse someter por la complicidad de los que se llaman a silencio. Son maestros que sostienen la profesión que los naturaliza con sueldos de pobreza o indigencia.

Hubo profes que te enseñaron a valorar las miradas críticas, a repensar lo que otros dan por hecho. Maestros ninguneados por políticos sin agallas, que nunca aceptarían el sueldo de un educador. La didáctica revelación de quienes desafían los agobios del presupuesto oficial, para asegurar que no tengan más remedio que priorizar a la educación pública y gratuita.

Hubo profes con los que aprendiste álgebra, filosofía y a identificar las categorías gramaticales. Seños, maestros y profesores que creyeron en tus deseos de convertirte en contador o biólogo. Que confiaron en el acto revolucionario del ascenso social con un título universitario. Profes que desean verte en clases para encontrarte alguna vez con un guardapolvo médico o en la puerta del estudio donde hay una placa con tu nombre.

Y es verdad, las aulas carecen de valor sin los estudiantes. Sin vos, no habría razón para que hubiese universidades públicas donde miles y miles de pibes y pibas sueñan con ese acto de colación. Nada podría imaginarse si no estuvieras detrás de alguno de esos escritorios; si no estuviesen también tus compañeros.

En cada marcha, en cada protesta universitaria, la principal razón de lucha son los estudiantes. La mayoría de los profes universitarios ganan sueldos de miseria. Van a clases por vocación y evitan por convicción que sus alumnos pierdan las regularidades. Ante el agobio de salarios que los empobrecen, disputan la necesaria batalla de sostener a la educación pública y gratuita. En cada paro, en cada marcha, en cada reclamo presupuestario, emerge la lucha por el derecho a estar dentro en las aulas.

Quienes desfinancian las universidades prefieren que solo accedan a la educación superior los que puedan pagarla. Quitarles el presupuesto es un atajo que puede resultar irreversible. Las medidas de fuerzas que incomodan son el último bastión frente a la embestida de los que nunca creyeron en los derechos colectivos. En cada protesta se pone en disputa mucho más que un salario. Es la defensa de escuelas y universidades donde todos puedan ser parte. Y nadie te quiere más en las aulas que tu profesor.