La habitación 201

Por Pablo Callejón

Una cama de plaza y media, la mesa de luz con una lámpara de lectura y un crucifijo. Poco más podría describir la habitación 201 en la residencia San Marta de Roma. Difícil imaginar que en ese lugar rodeado por la ostentosa majestuosidad del Vaticano, durmiera el hombre de mayor poder en la Iglesia. El Papa Francisco, como describió el cardenal cordobés Angel Rossi, había decidido seguir el mandato de Jorge Bergoglio. La elección de aquel lugar, más alejado de los balcones bañados en oro y la columna de guardias con uniformes medievales, pareció más cercana a la gente. La Domus Sancta Martha es coordinada por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y en sus 131 habitaciones, solían hospedarse religiosos que viajaban a conocer la Santa Sede. En el dormitorio de Francisco no había balcones hacia los jardines de la Colina Vaticana ni ventanas que permitieran observar los atardeceres sobre el barrio de Trevi. El Papa, que llegaba en bondi a las misas del Arzobispado en Buenos Aires, ingresó a la Basílica de San Pedro con los mismos mocasines negros que había comprado en la zapatería de José Muglia, en Flores.

El pontífice que podía citar de memoria la formación del San Lorenzo campeón del 46 y escuchaba los tangos de Carlos Gardel después de misa, durante un año y medio nunca postergó la videollamada con el padre Gabriel, sacerdote de la única iglesia católica en Gaza. En ese lugar, donde refugiaron unas 500 personas de los ataques israelíes, el cura recibía el mandato permanente de cuidar a los niños. Romanelli le describía a Francisco las penurias por los bombardeos y la escasez de agua, alimentos y medicinas, en la ciudad donde las masacres no impactaban en los títulos de los noticieros occidentales.

Francisco realizó 47 viajes y ninguno a la Argentina. Varias veces estuvo tan cerca que entre las multitudes se podían observar una mayoría de camisetas de Messi y Maradona. Un día de julio del 2015 arribó al aeropuerto de El Alto y fue recibido por el presidente Evo Morales. En aquella Bolivia que nacionalizaba sus recursos naturales y quitaba los carteles en inglés de sus fábricas, el Papa rindió homenaje al sacerdote Luis Espinal, asesinado por la dictadura de Luis García Meza. En la capital de las venas abiertas de América Latina compartió el reclamo por una salida al mar y pidió perdón por “los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista”, pese a la sentida inclinación de gobernantes que hubiesen preferido un rol servil para la Corona.

El Pontífice fue la voz que sorprendió a Diego Lajarraga en la siesta impasible de Extremadura. Francisco tuvo que leerle dos párrafos de su escrito para convencerlo de no ser un chanta o un imitador. “Leí tu carta, me he enamorado de ella y quiero que vengas a Roma a verme”, le confió con una voz pausada al hombre trans que un sacerdote de Plasencia había calificado como la “hija del Diablo” que debía “quemarse en el infierno”. Diego se autopercibió como un niño cuando tenía “5 o 6 años” y no pudo terminar el primario en el colegio de monjas donde lo expulsaron por reconocer que le gustaba una compañerita. Parecía no encontrar una oportunidad para su salvación espiritual. Junto a su pareja visitaron la sala de Santa Marta y se hicieron amigos del Papa. A diferencia de los curas que hubieran lanzado la primera piedra, Francisco lo abrazó un largo tiempo y le aseguró que Dios no era la figura “del castigo y la culpa” que le habían vendido.

A Mónica Astorga, la Iglesia le había enviado demasiados mensajes como para romper todo vínculo contractual de bautismos y confirmaciones. Un día le escribió a Francisco para contarle que estaba asqueada de “tanta hipocresía”. Al Papa lo conocía desde los tiempos en los que Jorge Bergoglio compraba el diario apenas bajaba del subte. Mónica había creado una casa refugio para chicas trans en Mar del Plata y estaba dispuesta a confrontar con los dogmas que impedían la bendición de meretrices que soñaban con “un tener una cama limpia para morir”. La monja de las trans debió alejarse de la Iglesia, pero nunca de la Fe. Francisco compartió la indignación que le provocaba el destrato de los sacerdotes que cerraron las puertas de la Iglesia a la diversidad sexual.

Antes de notificar a los notarios del Vaticano que había decidido vaciar su cuenta personal, Francisco donó los últimos 200 mil euros para la construcción de una fábrica de pastas en el centro penitenciario para menores Casal del Marmo, en Roma. La orden para el donativo la recibió el director de la oficina para la Pastoral Carcelaria, Benoni Ambarus. El instituto penal está destinado a la privación de la libertad de adolescentes que cometieron delitos y tienen la oportunidad de una reeducación y reintegración social, según dictan sus condenas. Algunos de esos internos observaron al Papa lavarle los pies en un jueves Santo.

Jersey le suplicó a Francisco que liberen a su papá Mario. Ella tiene un nombre en Inglés y un apellido latino. En aquel viaje al Vaticano con la delegación pro inmigrante, la niña se presentó como Jersey Vargas. Su padre estaba detenido desde hacía dos años por no contar con papeles de inmigración. Francisco decidió intervenir para evitar la deportación y Mario pudo abrazar nuevamente a su hija.
Un año antes, el máximo jerarca de la Iglesia en el mundo había realizado su primer viaje fuera de Roma a la pequeña isla italiana de Lampedusa. Ese lugar es la puerta de entrada para miles de refugiados que apuestan su vida en las extensas aguas del Mar Mediterráneo. El Papa lanzó una corona de flores sobre las playas donde se hallaron los cuerpos de los niños que no alcanzaron el sueño de sus padres.

En febrero de 2016, Francisco oró junto a una valla fronteriza donde, algunos años después, levantarían los muros que dividen a Ciudad Juárez de Texas. El Papa advirtió sobre el pesar de hombres y mujeres “esclavizados, secuestrados y extorsionados, fruto del negocio del tráfico humano, de la trata de personas”. Las ramificaciones de los resabios del colonialismo y las herencias de dictadores africanos con pasaporte europeo, también fueron expuestas por Francisco en la Uganda que recibió a miles de refugiados que escaparon de las masacres en el centro de África, y en los poblados de Sudán del Sur, donde millones aún resisten como desplazados de vientres hinchados por no tener algo para comer.

Juan Cuatrecasas Cuevas cursó la primaria y el secundario en el Colegio Gaztelueta Bilbao, del Opus Dei español. Pasaron muchos años hasta que pudo hablar sobre los abusos sexuales que padecía de curas pederastas. “Las víctimas no cuentan cuando quieren, cuentan cuando pueden”, explicó el joven que había comenzado a enfrentar esa niñez de “pesadillas, vómitos y dolores de tripa”. Como tantos otros, le escribió a Francisco. La carta fue acompañada por dos fotografías. La primera de las imágenes reflejaba a un niño que sonreía feliz en el regazo de mamá. La segunda, mostró al hombre que dormitaba en la angustia de las noches que no acaban nunca. Algunas investigaciones independientes revelaron más de 200 mil víctimas de abuso sexual cometidos por curas en Francia, entre 1950 y 2020. En Australia, hubo más de 4 mil denuncias enumeradas en 2017. Registros documentales en Alemania, precisaron que 1.670 clérigos habían cometido algún tipo de ataque sexual contra 3.677 menores entre 1946 y 2014. En Estados Unidos, el diario Boston Globe confirmó las violaciones masivas cometidas por sacerdotes frente al silencioso encubrimiento de la Iglesia. En Argentina, las historias de las víctimas evidenciaron la responsabilidad de sacerdotes que nunca pisaron un estrado judicial.

Las mujeres en la Iglesia no ocupan lugares de máxima jerarquía ni podrán elegir al próximo Pontífice. Muchas de ellas vieron en Francisco una oportunidad. El Papa cuestionó a quienes estigmatizaron a las madres solteras y habilitó espacios para la memoria. La imagen que conmovió en la solemne ceremonia de despedida a Francisco fue la de una mujer de 81 años, que logró vulnerar el riguroso protocolo oficial. Sor Geneviève Jeanningros se emocionó inmóvil ante el féretro con el cuerpo del Papa. Ningún guardia suizo se atrevió a moverla. La religiosa es sobrina de Léonie Duquet, una de las dos monjas secuestradas durante la última dictadura argentina por Alfredo Astiz.

Francisco no logró que todos los curas huelan a pobres, ni pudo convencer a los burócratas de la Fe para sumar voces femeninas al mando eclesiástico. Y aunque endureció las condiciones del Derecho canónico contras los pederastas, muchos de ellos envejecerán y morirán impunes. Tampoco pudo cambiar los mandatos de los de los gerentes de la economía mundial que priorizan al carry trade por sobre el salario de los trabajadores. Algunos de ellos, se inclinarán con una imagen doliente frente al cuerpo del líder que los expuso en su codicia y sometimiento a los poderes fácticos del mercado. Estarán también los ególatras que juegan a los dados con la vida de los otros y podrían reunirse en comitivas de viajes al inframundo que describió Dante Alighieri. Sin embargo, el Pontífice que se puso en los mismos zapatos que Bergoglio, dejará un legado inconmensurable frente a los refutadores de la Justicia Social. Serán los vestigios del hombre que prefirió dormir más cerca de la gente. La última señal de resistencia en la habitación 201.