Las tres fotos
Por Pablo Callejón
De mi abuelo Francisco solo tengo tres fotos. Ninguna con él. No me conoció, no me sentó en su falda ni me fue a buscar a la salida del colegio. No pudo saber que fui un pésimo jugador de fútbol ni me aplaudió a rabiar cuando entré a correr detrás de la pelota en un partido del ENFI. No aprendí con él a encender el fuego del asado ni me acompañó temprano a comprar raspaditas en alguna panadería de San Rafael. Tampoco le mostré mis Diez en Lengua ni le hice un dibujo de trazos desprolijos para su cumpleaños. No lo conocí. Falleció mucho antes de que mi madre diera a luz a un bebé de casi cinco kilos. La guerra le provocó secuelas que agobiaron su cuerpo y le dejaron pocas defensas para contrarrestar el cáncer, aunque pudo acompañar a su familia desde Almería a los viñedos de Mendoza, con una escala del barco en Marruecos. Fue la última batalla del hombre de las tres fotos. Tan solo tres.
Supe quien era por una foto en el pasillo que unía el comedor con las habitaciones, en la casona que mis viejos compraron en la calle Fray Luis Beltrán de Huinca Renancó. En esa foto retocada con acuarelas, mi abuelo apoyaba su mano derecha sobre una mesa con un florero repleto de claveles rojos. En su mano izquierda sostenía con fuerzas un pañuelo blanco. Estaba vestido con un prolijo uniforme militar, de esos con cuello alto y botones dorados en ambos lados del saco. A mi abuelo, lo descubrí como un soldado. La fotografía comenzó a impresionarme con sus historias. Francisco Carreño había sido un defensor de la República, ese batallón de “rojos” que dejó la sangre y miles de vidas en los combates contra el fascismo de Franco y sus secuaces. La imagen parecía demasiado retocada, como si hubiera estado sometida al Photoshop de un artesano de pinceles Fader. Y aun así, aquel soldado joven que miraba al frente sin observar la cámara, tenía la inmensidad de los relatos que nunca pudo contarme mientras almorzábamos. Francisco fue uno de los soldados que los fascistas dieron por muerto cuando dos trenes enfrentaron sus cabezas en la estación de Gérgal. La colisión se produjo mientras el encargado de controlar la salida de las locomotoras se despabilaba tras una noche de cacería de cerdos y alcohol barato. Mi abuela fue a buscarlo sin más certezas que una advertencia fría y severa de los milicos del franquismo. Afortunadamente, el soldado de uniforme sin acuarelas estaba en otro lugar, donde las balas te medían el ancho de la frente y el pulso del corazón.
En la segunda foto, Francisco caminaba por una vereda de baldosas a cuadritos, con la facha de Rick Blaine en el Boulevard de l’Océan Atlantique de Casablanca. Ya no miraba hacia un costado. La cámara pareció sorprenderlo antes de alcanzar un café. Tenía los ojos agobiados, casi tristes. Sus manos ni siquiera estaban dentro de los bolsillos de su ancho pantalón. Parecía agobiado y elegante a la vez. La guerra ya había pasado todas sus facturas y el General Franco apoyaba los pies en el escritorio, mientras contaba los aviones de Hitler y Mussolini que vomitaban sus bombas sobre Guernica. La España de las camisas blancas daba pocas esperanzas frente al agobio de los asesinos que jugaban a las damas sobre las vidas masacradas en casi toda Europa. Como pudo, Francisco reunió a su familia y resolvió viajar del otro lado del mundo. En Almería aún se pueden recorrer los refugios sobre la Plaza Manuel Pérez García, donde los sobrevivientes lograron resistir a 52 bombardeos ordenados por el facho que apretó su bota contra el cráneo de España durante 36 años.
En la tercera foto no hay nada que me recuerde al soldado. Es quizás la última imagen familiar antes de abandonar España, o una de las primeras al llegar a las fincas del sur mendocino. La pared sin revocar podría referir a ambos lugares. En esa foto, mi mamá se chupa un dedo, apoyada sobre la rodilla de mi abuelo, mientras mi tía Amelia descansa en el regazo de la abuela. Francisco, Juan y Diego completan el cuadro desde atrás. Están vestidos con unas bermudas que abotonaron a la altura del ombligo. Entre los hermanos, solo falta Héctor, el único de todos los Carreño que nació en Argentina. Mi abuelo luce esta vez aquella camisa blanca de la esperanza. El cáncer estaba por dar un zarpazo en esas trincheras donde las balas no se pueden evitar porque nacen desde adentro. El mar mediterráneo quedaba demasiado lejos de las montañas. Estaban en un sitio donde los atardeceres nunca lograban calmar a El Zonda, que llegaba cuando aún no se habían recogido los últimos racimos de uva. Era un lugar sin el ruido de los cañones y las zarzuelas que recitan el drama de ver morir a Federico García Lorca.
Hay una cuarta foto, pero no la tengo. Mi abuelo está en un recuadrito de dos por dos en el frente del documento que recibió un aburrido empleado de Migraciones. El papel está en alguna caja, sobre el estante más alto del placard de mi mamá. La foto es como todas en los documentos. Nadie puede salir bien en esas imágenes, ni representar demasiado. Son fotos para notarios que vuelven a su casa y juegan al dominó, inmersos en los silencios de la soledad. Francisco podía sobrevivir a esa fotografía que nunca reclamé. Por algunas buenas razones, mi abuelo era capaz de contarme cómo fue la ofensiva de Aragón sin haberme conocido nunca. Cómo si aún fuera posible verlo detrás del alambrado mientras yo le erraba por enésima vez al arco.
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