¿Cómo podríamos ser pobres?

Por Pablo Callejón Periodista

Marcelo recibió la factura con desgano. Estaba cerrada en los pliegues y decidió abandonarla sobre un cajón de ciruelas. Terminó de armar el bolsón de promoción con un kilo de bananas, un kilo de manzanas, un kilo de peras y un kilo de mandarinas. El lugar solía estar colmado a las seis de la tarde, pero la verdulería, desde hace varias semanas, se revela con pocos clientes. Para salir del paso, optaron por algunas promociones al costo. “Es para no tirar la mercadería, ¿vio?” Después de entregar la fruta de oferta, Marcelo decidió finalmente abrir la boleta. Era una intimación de pago de EPEC por unos 462 mil pesos. “Lo único que tengo es una heladera para tener el pollo congelado. Si seguimos así esto no dura”, lamentó.

En Argentina, 24 millones 900 mil personas son pobres y 7 millones 800 mil se encuentran en estado de indigencia, según el informe de la UCA del primer trimestre. En solo un año, la pobreza subió más de 10 puntos y se ubicó en el 55,5 por ciento.

Mónica no es pobre y tampoco su familia. Quizás lo son, pero no podrían serlo. Tienen su casa en una zona donde un terreno de 10×30 cuesta 35 mil dólares. Todos los días se suben a un auto modelo 2012 con algunos detalles por los años, pero es un buen auto. No es pobre, tampoco su esposo y sus dos hijas. Aunque quizás lo sean. Ella quedó sin trabajo y todavía está peleando por una indemnización. El abogado le pide paciencia. Con un aumento de sueldo, su marido percibió 640 mil pesos el último mes. Están por debajo de los números de la canasta básica de pobreza. Quizás sean pobres. Ya no planifican vacaciones, ni siquiera a la casa de sus suegros en Mendoza. Recortaron gastos y tratan de vivir con lo que tienen. No hay posibilidad de comprar zapatillas nuevas para las chicas y se reprogramó el arreglo de un ruidito en el auto. Mónica tuvo que pedir un plan de pagos por la deuda en el colegio de las nenas. Si esto no cambia deberá llevarlas a otro centro educativo. No quiere pensar en eso ahora.

En los sectores más vulnerables el dilema es comer. No se trata de un desayuno y merienda, o la comida caliente dos veces al día. La inseguridad alimentaria los expone a un contexto más complejo. Se trata de no poder comprar lo básico para garantizar una nutrición mínimamente saludable. Son familias que comenzaron a adquirir segundas o terceras marcas, hasta llegar a la caja con el changuito semi vacío. Son aquellos que “comen lo que hay” y a veces, apenas tienen el consuelo es un mate cocido por las noches. En Argentina, el 24,7 por ciento de las personas y un 20,8 de los hogares no pueden garantizar el alimento diario. En esas casas viven el 32,2% de los niños, niñas y adolescentes. Desde la UCA advirtieron que un 8,8 por ciento se encuentra en situación extrema. Es el drama del ruido en la panza por las noches.

Lucía tenía un trabajo. Ahora tiene tres. Es su propio micro emprendimiento. Cuando se desploma sobre el sillón al final del día no puede calcular cuántas horas trabajó. Hoy aprovechó para ofrecer los nuevos perfumes de Natura a los compañeros en la empresa pero nadie pregunta por fragancias cuando el gerente repite que este mes no podrá darles nuevos aumentos. Lucía ofrece también unos lemon pie riquísimos. Aprendió a hacerlos hace algunos años y su suegra le ayudó a perfeccionarlos.

4 de cada 10 niños, niñas y adolescentes reciben la Asignación Universal por Hijo y la Tarjeta Alimentaria. Y la mitad de los chicos en el país debe concurrir a comedores escolares para garantizar el almuerzo y el 36,7% recibe caja o bolsones de alimentos de comedores.

En el barrio Las Delicias, el “Pelado” multiplica el pan de la solidaridad para llegar a las 342 viandas. “Esperamos que esto mejore en algún momento”, afirmó. Llegan a pedir ayuda algunas familias que antes aportaban para ayudar a otros. Una de las principales dificultades se advierte entre los hombres albañiles. Ya no hay trabajo en las obras, o muy poco. La changa resulta insuficiente y los patrones desde hace meses ya no los llaman. Son laburantes de manos curtidas que hasta hace pocas semanas saludaban bien temprano y regresaban después de la siesta. Pasan más tiempo en casa. A veces, todo el día.

Hay chicos que cuidan a sus hermanitos y adolescentes que no priorizan ir a la escuela. La UCA advirtió que en el país, el 23 por ciento de los niños y niñas de 3 a 5 años no asisten a un jardincito. Tampoco van a la primaria el 9,1 por ciento de las infancias de 6 a 12 años. Entre los jóvenes la situación es dramática: el 35,3 por ciento de las personas entre 18 a 29 años no terminó la secundaria.

“Profe tengo sueño, ¿se puede postergar el examen?” Son las 8 de la tarde. Mayco no durmió anoche. Aunque nunca parece enojado, hoy está irritable. El profesor valora que, al menos, haya venido a clases. Decide postergar el examen de geografía para el próximo lunes. Mayco no es el mayor de sus hermanos, pero es el único que se queda en casa cuando los más chiquitos duermen. Ayer, su mamá volvió en madrugada.

“Los chicos no quieren ser cómo sus papás, trabajar todo el día para que no alcance. Quieren algo mejor para ellos. Desean zapatillas, la moto, comer bien. Y eso no se consigue en las obras a la mañana”, lamentó una vecinalista. El 32,5 de los ocupados son trabajadores que residen en hogares en situación de pobreza. Tiene un empleo, pero son pobres. El 30,9 por ciento de quienes tienen una ocupación trabaja en la economía social. Al considerar a la población económicamente activa, el 26,5 por ciento de los trabajadores tiene un empleo precario y el 24,3 por ciento un subempleo inestable.

Quienes publicaron la selfie de los chicos de 14, 15 y 16 años con un arma en la mano no buscaron generar compasión ni un acto reflexivo, sino gestos de indignación y más violencia. Para la Justicia, uno de sus pibes le disparó por la espalda a un remisero. A Facundo lo mataron para robarle un celular. Entre esos chicos había un adolescente de 14 años que aquella noche le golpeó la ventana de la casa a su mamá para que lo dejaran entrar. Sudaba frío. Había estado en una fiesta clandestina, parecía drogado y tenía miedo. A los 14 años, los pibitos en el barrio saben que los pueden matar. “Están armados porque es la única manera de defenderse”, aseguró la madre. Son pistolas con balas de verdad, con niños de verdad, con muertes de verdad.

El informe de la UCA reveló que la venta y el tráfico de drogas en Argentina “se han vuelto un flagelo que se incrementa con el paso del tiempo”. En 2021, el 22,8 por ciento de los hogares admitió estar cerca de un quiosco de drogas. El año pasado, un 31,3 por ciento reconoció estar rodeado por puestos de comercialización de estupefacientes.

La mujer dio el nombre de la obra social y preguntó por un turno en la guardia. Su hijo volaba en fiebre y tenía una tos severa y seca. El empleado de la clínica le advirtió que estaba “cortada esa mutual”. Preguntó entonces cuánto salía la consulta. En lo que pudo ser un acto compasivo, el trabajador le señala que en la clínica próxima “todavía reciben la obra social”. La mujer estaba cansada y parecía a punto de llorar. La fila era larga por una ola de enfermedades gripales. Se hablaba de un brote de Gripe A. Hubiera preferido contar con esos 15 mil pesos para pagar la consulta y quedarse allí.

En Córdoba, según datos del Centro de Almaceneros, el 57,8 por ciento de los hogares no pudo acceder en mayo a la totalidad de Canasta Básica Alimentaria. Un 10 por ciento de las familias encuestadas admitió que algún integrante sólo comió una vez al día o dejó de comer todo un día. Y el 16 por ciento tuvo que pedir dinero o comida.

En Río Cuarto, hay 71.189 hogares y 182.388 habitantes. De ese total, un 22 por ciento de las familias viven en situación de pobreza. Son unas 75 mil personas.

“¿Pueden ser reales esos números que da la UCA? No se ve eso en la gente, ¿A dónde están esos pobres?”, se preguntó un dirigente político local. Otra mujer envió un mensaje a un noticiero televisivo, convencida de que los datos mienten: “¿Cómo vas a necesitar 800 mil pesos para no ser pobre? Jajaja, ¿Qué quieren comer?”. En otro mensaje, una jubilada precisó que debe pagar 40 mil pesos de luz y solo cobra la mínima. Su casa no tiene gas natural y debe calefaccionarse con una estufa eléctrica que traslada desde la pieza al comedor. “¿Cómo quieren que pague esa boleta y pueda comer?”, se preguntó. Pasó toda una vida en la clase media, con un trabajo, algunas vacaciones, y de vez en cuando un gustito. Tiene los valores de los que trabajaron todos los días. Vuelve a su casa, su propia casa. Y aunque hace meses que no llega a fin de mes, no compra todos los remedios y come liviano, no es pobre. ¿Cómo podría serlo?

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