Los tupper vacíos

Por Pablo Callejón

Paulina las ve llegar con sus hijos en brazos, adoloridas en cuerpo y alma. La señal es el tupper vacío de comida. Rara vez llegan los hombres. Cuando lo hacen, no cargan con los niños. Algunos dejan el envase plástico vacío y prometen volver cuando salgan de la changa. Aunque tienen trabajo, incluso de muchas horas, no pueden garantizar las dos comidas diarias. A veces, ni siquiera una. Las mujeres lo padecen aún más. Lo sabe Paulina que las espera cada día y las reconoce cuando vuelve al barrio. “Las critican por recibir la asignación universal para sus hijos o un plan. Pero, viven solas. Se hicieron cargo porque tuvieron que lidiar con padres ausentes. No pueden dejar a esas criaturas en la casa”, reflexionó. En el Hogar Madre María de Dios o el comedor de Jardín Norte la realidad no es como la cuentan. Las mujeres son el principal bastión de lucha, las que reparten el pan. Están donde golpean las puertas. Paran la olla con poco, a veces, casi nada. Están en los comedores, los hogares, las copitas de leche, las vecinales. Son la señal de la ventana con la luz encendida hasta que empiezan a ceder los pedidos. Los niños que aguardan algo para la cena, confían también en ellas. En el barrio las llaman por su nombre. Son Beda, Deolinda, María, Mónica, Soledad y Paulina. Se las reconoce aunque no cobren un sueldo ni aparezcan en alguna lista de ingresos oficiales. Mujeres, solidarias, inmaculadas, frágiles, inquebrantables.
La confianza es el último bastión y el verdadero pacto. Marcelino decidió habilitar una especie de banco social en el comedor que gestó junto a su esposa con la mística convicción de multiplicar el pan. Hicieron una tómbola y reunieron los fondos para financiar un alquiler o la compra de una garrafa. El “cliente” debe comprometerse a devolver el dinero en un día exacto. Nadie le pedirá que pague intereses, aunque tampoco le perdonarán que falte a su palabra. La confianza parece dar mejores réditos que el home banking de los usureros del sistema. La solidaridad fue perdiendo vigor cuando los que antes podían dar, hoy simplemente sobreviven. La clase media es una postal inconclusa de lo que fue. Piensa e intenta vivir como clase media, aunque ya no puede. No alcanza el dinero para el alquiler, las tarifas de gas o la boleta de internet. Tampoco pueden pagar a término la cuota del colegio ni aspiran a cambiar el auto. Ni siquiera pueden arreglarlo cuando se rompe. Sufren con culpa un café en el centro o comprar algo de más en el supermercado. Son los síntomas de un empobrecimiento progresivo, la debacle de un tiempo que imaginó con ascenso social y hoy enfrenta el drama de la heladera vacía. Los pobres son cada vez más y algunos volvieron a buscar alimentos en tachos de residuos. Lo advierte Lorena, porque lo padece a diario. “Duele verlos hurgar en la basura. Son muchos, cada vez más. La gente no vive de un plan, ni siquiera de una changa. Simplemente no pueden”, lamentó. Para Marcelino, el mensaje es desolador. ¿Qué queda cuando el trabajo no te permite comer? Quizás nada. Podés sobrevivir con lo puesto, resignarlo todo, pero el hambre es otra cosa. Genera violencia, pibes solos, adicciones, abandono, marginalidad, más pobreza estructural. Y más, mucha más violencia.
Los comercios están vacíos. No resultarían necesarios los números del Cecis o la Came para comprobar la recesión, aunque sirven para ratificar la percepción de los comerciantes. En febrero, hubo una caída del 14,4 por ciento en las ventas y se constataron 207 locales vacíos en Río Cuarto. La actividad percibía la recesión antes de la llegada de Javier Milei al poder. Los modelos de Mauricio Macri y Alberto Fernández hicieron agua por todos lados. Aunque en diciembre, el Gobierno dejó abrir de par en par las compuertas. Algunos nadaron con lo que tenían a mano: un ahorro, la tarjeta que no había llegado al límite, el ajuste para convertir lo necesario en imprescindible. Nada alcanzó. Millones ya naufragan lejos de la costa y temen no poder volver. Algunos locales anticiparon la liquidación de verano en enero y otros, ofrecen mercadería con descuentos que superan el 50 por ciento solo para poder pagar las cuentas. Los salarios no alcanzan. Hay trabajadores formales que hace meses no reciben un aumento y empleados en negro resignados a dar una batalla contra el hambre. Si los números de la UCA son fiables, casi 6 de cada 10 argentinos son pobres. Es una tragedia descomunal. Milei habló de “magnitudes bíblicas”, aunque para una mayoría, se trata de heridas de carne y hueso.
La impostura de la clase política elevó a un mesías con motosierras al altar de Casa Rosada. Unos y otros le cedieron el paso. El menú libertario es una receta que ya conocíamos. Ajuste ortodoxo sobre las mayorías populares y una transferencia brutal de ingresos a los poderes concentrados. A diferencia de otros pasajes del neoliberalismo, el plan anarco capitalista propone hacerlo todo del golpe, sin más consenso que el de “hacer lo que yo digo”. Los debates que la dirigencia ocultó bajo la alfombra hoy quedan sometidos al zúmbido del filo de las cadenas encendidas. ¿Quién podría no estar de acuerdo en quitar las jubilaciones de privilegio? ¿Por qué no se discutieron los cambios del mercado laboral? ¿Quién pudo suponer que discutir impuestos es solo una potestad de la derecha? Milei va más allá. La extorsión de un pacto a la Moncloa, pero con libro cerrado, exige la aprobación de la Ley Omnibus en el Congreso. Hubo gobernadores que se rindieron de antemano y mandatarios que ven demasiado lejos a mayo. Milei no parece especular con los tiempos tradicionales de la política. Lo quiere todo y lo quiere ya. Si el instrumento falla, insiste. Si le dicen que no, los insulta. Si le votan en contra, los descalifica. Si no piensan como él, sabrán que no son gente de bien. Parece difícil hablar contra la casta y aparecer rodeado de Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Luis Caputo y Federico Sturzzeneger. También resulta complejo sostener un discurso contra la corrupción y sumar a tantos Menem a su gobierno. Milei, como todos los gobernantes, construye su propio relato. Lo hace a partir de supuestos falaces y consignas que ganan apuestas de odio. La Argentina nunca fue primera potencia mundial. Tampoco un trabajador ganó alguna vez 1.800 dólares por mes. El modelo de los 90 no cayó por la injerencia de otros, sino por su propio peso. El contexto ficcional de la convertibilidad hizo eclosión en la vida de millones de argentinos inmersos en la pobreza y la pérdida de ahorros cuando los bancos no pudieron bancar la ilusión de los dólares que ya no estaban. Las tablas de Excel pueden dar mejores resultados que la vida en las calles. Pero, son tan solo eso, cuentas, números, columnas del debe y el haber. No hay modelo posible si millones pierden derechos.
El discurso del presidente en el Congreso podría haber sido un relanzamiento después de casi tres meses que parecieron años. Sin embargo, la apuesta final fue menos ambiciosa. Milei optó por argumentos ya conocidos para insistir en una estructura de Nación en la que solo podrían subsistir las elites. El acuerdo político prometido es una mera imposición de políticas fiscales, sin mejoras en salarios y producción. La lógica del ajuste infinito.
Paulina prefiere confiar en los instintos que asimiló en el barrio. Conoce a los que dan y también sabe identificar a los que quitan. La política de la rosca y las peleas por Twitter no suelen ser temas de charla en los comedores comunitarios. Ese lugar donde quedan los tupper vacíos y los niños, a veces lloran por hambre.