La “gente de bien” y los “genios del voto”


Por Pablo Callejón

La especulación sobre el aguante de la sociedad ha despertado un juego perverso de insensibilidad que intenta medir el grado de tolerancia a la frustración y el sufrimiento. Nos está yendo mal y el Gobierno nos advierte que nos irá peor, mucho peor, hasta alcanzar un venturoso segundo semestre, la luz al final del túnel y la Irlanda prometida en 15 años. El presidente Javier Milei aseguró que “marzo y abril serán los meses más difíciles”. Es la batalla del aguante. Hasta donde podrá bancar una mayoría el saqueo sobre el salario, la licuación de las jubilaciones, la angustia por el precio de la comida, el agobio de las facturas de luz o gas, la desazón por no tener vacaciones, el desaliento por repetirle a los hijos que no se puede y el fastidio de no llegar a fin de mes. Es la fragmentación del aguante entre los que están dispuestos a defender el purgatorio que imponen las fuerzas del cielo y los veedores que lanzan infundados supuestos sobre el aguante ajeno. ¿Cuál es el límite para los laburantes que votaron por la política de la motosierra? ¿Hasta dónde los jubilados están dispuestos a aceptar que sus ingresos sean los más bajos en un siglo? ¿Qué nivel de tolerancia tienen los comerciantes que venden a cuentagotas? ¿Cuánto pueden esperar los que abandonaron tratamientos por el precio de los medicamentos o dejaron de cenar para garantizar al menos un almuerzo? La prepotente búsqueda de respuestas parece responsabilizar por todos los males a la sociedad y su elección en las urnas. Es la presunción de superioridad que impone estar del lado de “la gente de bien” o el reproche en modo de hastag para “los genios del voto”. La búsqueda por rotular y simplificar los deseos y frustraciones de lo que consideran “la gente”, aparece como un atajo para condenar la preferencia de las mayorías en lugar de crear las bases para una real alternativa de poder, que tenga como prioridad a los trabajadores y sectores productivos.
¿Cómo pudo caer la Argentina en un modelo libertario anarco capitalista liderado por un panelista televisivo que hizo campaña con una motosierra en la mano? La complejidad del análisis parece trascender la sentencia de un electorado desclasado, que solo atenta contra sí mismo. La elección presidencial se produjo en un contexto inflacionario de tres dígitos, más del 40 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza, una pérdida del poder adquisitivo durante más de seis años y un crecimiento del trabajo informal, con altas tasas de precariedad. Los cuatro años de Alberto Fernández y Cristina Fernández fueron el desenlace de un mal gobierno.
Tras la salida de Cristina en 2015, el kirchnerismo propuso como sucesor a Daniel Scioli, un ex menemista que terminó como funcionario de Javier Milei. Luego, vino el turno de Alberto, un operador político que nunca antes había ganado una elección con votos propios, y de Sergio Massa, quien buscó convencernos de que podía revertir todo lo malo que se estaba haciendo en un ministerio que estaba a su cargo. La tercera opción electoral fue esa alianza de relaciones forzadas entre radicales y macristas que apostó por reciclar el fracaso del 2015 bajo la consigna de “hacerlo de nuevo, pero más rápido”. Al final, solo fueron los garantes del voto en el balotaje y el partenaire de un gobierno escuálido de representación parlamentaria, sin estructura propia para ocupar los espacios de gobierno. Cuando no convencieron las opciones sobre la mesa, una mayoría pareció definir primero a quien descartar.
El ciudadano “de a pie” no necesita reconocerse en los datos fríos y objetivos, que describen una situación desoladora. Simplemente, la padecen. En un año, las gaseosas subieron el 342 por ciento, el café 379%, la yerba 332%, el arroz el 933% y el asado 329%. Las cifras son aún más dolorosas cuando solo se evalúa a Milei en el poder: en el periodo diciembre y enero se registraron incrementos superiores al 100 por ciento. Por la devaluación y el salto del valor de la canasta básica, se agregaron 3,6 millones de nuevos pobres de la clase media profesional y asalariada, según datos de la Universidad Di Tella. En términos más simples, hay 21 millones 800 mil argentinos y argentinas pobres en el país. El deterioro salarial en 60 días fue superior al de todo el periodo del macrismo, lo que ratifica aquello de “lo mismo, pero más rápido”. Los más perjudicados fueron los jubilados que sufrieron una caída del 32,5 por ciento en enero. Quienes cobran la mínima perciben poco más de 150 mil pesos y sufren la mayor caída en 100 años frente a la inflación. Con el desplome del poder adquisitivo, el consumo tuvo una contracción del 28,5 por ciento en comercios y del 10 por ciento en supermercados. La reducción de ventas impactó de lleno en las pymes y determinó una baja de la capacidad instalada en las industrias del 26,9% en diciembre. La expectativa de un repunte con la macroeconomía “organizada” y una buena cosecha parece contrastar con datos clave: los precios internacionales siguen en picada, fundamentalmente el de la soja, y los gobernadores advirtieron que la posible desaceleración de la inflación irá acompañada por una recesión con altos costos sociales.
La política adolescente del narcicismo en las redes sociales, los ejércitos de trolls y el microclima de los aduladores de oficina, ponen en disputa los reclamos del círculo rojo con el aguante de los que pagaron el costo que nunca tuvo como destinataria a la casta. El dilema es la construcción de una opción que se contraponga al discurso de la furia y el Estado como “organización delictiva” La aparición de Cristina Fernández emerge como un intento por encolumnar a un peronismo acéfalo de liderazgos detrás de lo que pareció revelarse como una plataforma de gobierno. La ex presidenta habló en un extenso documento de “discutir un sistema tributario simplificado con pocos impuestos en cantidad” y “replantear el actual sistema público de salud”, al que describió como “debilitado, inequitativo e ineficiente, en un país que tiene uno de los mayores niveles de inversión en salud de toda Latinoamérica”. También consideró “ineludible hablar seriamente de un plan de actualización laboral que brinde respuestas a las nuevas formas de relaciones laborales”. Cristina advirtió que “el ejercicio de un derecho sin el cumplimiento de sus obligaciones correlativas, no es más ni menos que un privilegio”. Entre los ejes de su manifiesto hizo alusión a la escuela pública y pidió debatir por qué “los sectores medios y medios bajos hacen un esfuerzo para enviar a sus hijos a escuelas de gestión privada para que tengan clases todos los días”. Las expresiones la ex mandataria incluyeron reflexionar sobre “la integración de la empresas del estado tanto por vía de la participación del capital privado como de las provincias” y la creación de “un régimen de incentivo a las grandes inversiones pero que agreguen valor y transfieran tecnología”. Se trata de tópicos que no formaban parte de la agenda del peronismo y hasta provocaban enfrentamientos con quienes impulsaban su discusión. El tiempo demostró que la dilación del debate le abrió las puertas a un gobierno que detesta lo público y los principios de la Justicia Social.
Parece no alcanzar con medir la tolerancia o el aguante de los abatidos por el ajuste. Es necesario pensar qué alternativas reales se han gestado o comienzan a emerger ante la lógica de la licuadora o la motosierra. El enfrentamiento de los gobernadores es un acto de supervivencia. Milei apunta a imponer su modelo fiscal y delegar el costo en aquellos que califica de “traidores”, “corruptos” o “prostitutas del kirchnerismo”. Una estrategia que comienza a desbordar la demanda en hospitales públicos, promueve el conflicto docente en escuelas y universidades, eleva el boleto de colectivos a niveles impagables, paraliza totalmente la obra pública, incrementa la violencia social y empuja a sectores vulnerables a golpear las puertas de los municipios. La antesala a un contexto imprevisible, aguante quien aguante.