Cuando nos habla el cantor
Por Pablo Callejón
El diálogo de los cantores y su guitarra le reveló aquellos mundos parecidos, y al mismo tiempo, tan distantes. Abrazados al fogón de los aparceros, escuchaba con amigos el recitado de caminos, surcos y piedras. En esos relatos descubrió que hay huellas capaces de resistir al viento y acordes que toman impulso cuando comienza a caer el sol. El Negro fue cantor antes que poeta, en una deducción irremediable de las historias de melodías improvisadas que no siempre fueron escritas, ni pueden ser recuperadas. Las enseñanzas de su abuelo naturalizaron el cancionero popular de aquellos años 60 y tras cada noche infinita, debió disimular los bostezos sobre el pupitre del colegio Nacional. A la par de los libros fue curtiendo sus manos. Desde niño comprendió que a los encantos del diapasón, se imponían las necesidades del trabajo. Y a veces, se confundían irremediablemente. Como en la mateada al final del surco, tras un otoño del desyuye de maní, cuando conoció la música de Don Ata. ”Debe trazar bien su melga, quien se tengo par cantor, porque sólo el impostor se acomoda en toda huella, que elija una sola estrella, quien quiera ser sembrador”, se escuchaba por la radio.
Miguel Angel Toledo trabajó en una fábrica de quesos y ayudó a preparar mosaicos, antes de sumarse a la Federación Argentina de trabajadores Rurales y Estibadores. Las brisas del desapego lo alejaron del pago. En Río Cuarto se enamoró de una maestra que aceptó sus vicios de poeta. “Los cantores se van a veces, y otras veces, no pueden pagar la luz”, admitió el hombre de vozarrón sincero. Con Nora fueron padres de Celeste, Nahuel y Rocío. Los versos ya no eran de otros, sino también propios. Los escenarios empezaron a reconocerlo, como en los patios traseros de las postas de General Cabrera. La primera vez que fue al Festival de Cosquín nadie pareció tomar nota. Volvió sin hallar la gloria, ni rescatar las penas. En 1975 se presentó nuevamente, convencido de haber practicado mejor la prosa. Estaba resuelto a advertirles que era “mentira que la guerra nos da la libertad” y asegurarles que “miente aquel que dice que no hay niño con hambre”. La antesala a la noche más larga le impidió cantar las verdades mejor ensayadas. No tuvo más remedio que cambiarlas por la Luna Cautiva del Chango Rodríguez. Ese año, fue revelación del festival y como premio, lanzaron su primer disco de vinilo. El Negro aprendió que “siempre vivimos por los sueños inalcanzables”. El poeta dispuesto a transformar las realidades más duras, sufrió finalmente el ostracismo de la noche más larga. “Antes que poeta fui cantor, y en las necesidades de decir las cosas empecé a armar algunos versos desde la musicalidad de la llanura. No pasé nunca de la pretensión de comunicarme con los demás a través de las palabras. Miro la vida desde el lugar donde nací”, reconoció el narrador de las cosas vividas.
Miguel Angel Toledo se formó en los romances de luna, fogones de madrugada, boliches de vino tibio y serenatas a doncellas que no podían asomarse por las ventanas. “El vehículo que me lleva a escribir son las emociones. Para decir y expresar lo que siento debo sentir algo profundamente; jamás dejaré de apostar a la palabra porque es lo que amo”, expresó el poeta de las cosas simples. Amigo de Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana, no pudo escapar al pudor de hablarles de igual a igual. “Teníamos en común los orígenes, aunque ellos contaban con la luminosidad abarcadora”, aseguró.
El compromiso por los humildes y vulnerables le enseñó que “es mejor vivir en una sociedad más solidaria, sin declamarlo”. Su derrotero de cantor lo hizo canción de los que no dicen o no son escuchados, aunque decidió advertirnos que “la gente tiene su propia voz y solo debe descubrirla”.
En la luna coscoína de enero volvió al “caldero en donde se funden las ilusiones de todos los cantores del país y la región latinoamericana”. Con un poema de su amigo Armando, el Negro dispuso la estela del jovencito que ya no es más revelación, sino leyenda.
“A veces queda en la pupila, ardiendo,
la sal de una mirada donde la muerte talla en la pobreza,
algún niño de trapo,
y aquella vasta soledad que crece en la geografía del espanto…”
Rocío descubre en su papá al hombre comprometido con las palabras, “en todas sus significaciones y sentidos posibles”: La palabra “empuñando la ternura, la calle, lo popular y la revelación de las verdades silenciadas”.
La resistencia del poeta nos convocó a juntar leñita ardiente para que no haya pan crudo. Es el sentido irremediable de lo colectivo y el rechazo “a la mano de obra barata de pasantías y los antojos de un patrón lejos que nos digita la vida”. De alguna manera, es también el regreso permanente a la infancia, el lugar donde confluyen la ternura, el reconocimiento de los orígenes y la pertenencia de clase.
La vida del Negro se cobija en la sabiduría que aprendió de “las nostalgias, sus vertientes del alma, las semillas sin destinos y las cosechas del alba”. La humilde y necesaria invitación a escribir sobre lo que se puede demostrar. Ese legado que se impone sobre las tablas cuando comienza a decir el cantor.
También te puede interesar
Desarrollan operativo de asistencia por el impacto de la nieve y las bajas temperaturas en la ciudad
16 junio, 2021
Río Cuarto da marcha atrás y se suma a la prohibición de los boliches
22 diciembre, 2020