Felices de la vida

Por Pablo Callejón


La empleada del Shop en la estación de servicio comienza a cantar “muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar…” Al principio, es una expresión suave, casi imperceptible, hasta que logra tomar fuerza. La mujer que debe pagar un café le sonríe con una ternura complaciente. Algunos metros hacia la izquierda, en la salida hacia los surtidores, un hombre silba la misma melodía sin levantar la vista. Lo hace frente a una pareja que se detiene a leer el cartel que ofrece la pelota del mundial a cambio de un canje de puntos. Están felices, de modo diferente, pero felices al fin. Algunos, aislados en sus propias certidumbres. Otros, resueltos a ser parte de una mueca compartida. Como la mujer que levanta su brazo en un gesto de aliento popular, mientras ve pasar a su lado a un jovencito con la camiseta de la selección, con el 10 en la espalda. Los comercios olvidaron la decoración navideña y están repletos de referencias a la bandera argentina y la Copa del Mundo. A veces, las alegrías trascienden los climas de época y se mofan de las divisiones inútiles y los agoreros de las emociones violentas. Como en la letra de Residente, se advierte que nadie podría comprar nuestros dolores y no hay oferta suficiente para arrebatar las alegrías. La inconmensurable expresión cultural del fútbol como argumento conciliador de las penas cotidianas y las virtudes del corazón de un equipo que movilizó los sentimientos más nobles de la gente, puede resultar una situación excepcional. Ningún otro fenómeno social podría reunir a cinco millones de personas bajo el calor abrumador de diciembre, solo para sentirse parte de esa movilizadora locura colectiva. Lo sabe la niña que no para de hablar de las atajadas del Dibu y el niño que pidió en la carta a Papá Noel que no se olviden de llevarlo al próximo mundial.
Los tatuadores ya no pueden dar más turnos para este año. Los clientes quieren llevar en la piel a los jugadores, una fecha, la Copa, alguna frase, la atajada que se gritó como un gol y el remate que terminó en la red. La ansiedad y el apuro los lleva a caer en rostros que poco se parecen a Messi o el error involuntario de cambiar el apellido de héroe de los penales, por un tal Fernández. Lo sabe el joven que deja ver una secuencia de cada partido de la selección en Qatar, tatuada en la pantorrilla. La alegría tiene un sentido de pertenencia que evitaría cualquier intento por apropiarse de ella. Ni siquiera las publicidades más elaboradas logran alcanzar la emotividad del pibe que sube sobre un semáforo y deja flamear la bandera, como si alcanzara la cima de una montaña rodeada de un mar de cemento.
En las canchitas y potreros de cada barrio, se multiplican los picados resueltos por el pan y queso que no puede equiparar las diferencias entre los que podrían dar dos pases seguidos y aquellos que solo van para correr detrás de una pelota. Los niños y niñas se pintan los nombres de los héroes sobre las camisetas que sus mamás les compraron en saldo. Y entre los arcos representados con los buzos repletos de tierra, hay unos siete Messis, cuatro Di Marías, tres De Paul y cinco Julián Alvarez, que se disputan la partida ante la mirada fija de dos Dibu Martínez sin el coraje para gritarles que hoy se los comen crudos.
Los que nunca hablaron de fútbol especulan sobre los motivos que tuvo Deschamps para dejar afuera a Benzema y hasta las que juraron no ver jamás un mundial organizado por Qatar te nombran la defensa de Marruecos, sin repetir ni soplar. La cultura futbolera los desborda y abraza en una feliz complicidad. No dejan de ver los videos de los penales y temen que Tchuameni corrija el disparo que se esfumó por el palo derecho del arquero. Lo sabe el hombre que le preguntó a su amigo si era posible que se jugara de nuevo la final por una junta de firmas que impulsan los franceses al borde de un ataque de nervios. Los pibes googlean donde queda Calchín y se preguntan cuántos habitantes recibieron al entrenador en Pujato. El sentimiento de felicidad es encantador. Las calles tienen las bombillas encendidas y las guirnaldas cruzan de par en par las avenidas, como brazos entrelazados que nada podría separar. Ningún ciudadano común parece escuchar a los que pregonaban un fracaso y a los que presumen que las alegrías también pueden ser en contra de alguien. La inmensidad de los que desoyen sus malos augurios se conjugan más allá de sus fachas. Como en cada pueblito y ciudad del país. Así de simple. Felices de la vida.

Foto: Vanesa Schwemmler