De instigadores y sicarios
Por Pablo Callejón
El desfile incesante de testigos por las audiencias del juicio a Marcelo Macarrón aparece como una maraña de reproches, reivindicaciones, verdades y mentiras sobre un relato judicial que va rumbo a los 16 años. Hasta ahora, nadie aportó ningún dato objetivo, irrefutable, sobre la presunta decisión del viudo de contratar a uno o más sicarios para dar muerte a su esposa. No hay información relevante que pueda ratificar las sospechas sobre cómo el acusado digitó desde Punta del Este un homicidio planificado “en fecha que no se puede establecer con exactitud, presumiblemente unos meses antes del 25 de noviembre de 2006”. Ni siquiera el fiscal Julio Rivero hizo un intento por descifrar en las testimoniales los intereses económicos que habrían motivado la decisión de Macarrón de mandar a matar a Nora Dalmasso. Poco y nada se dijo sobre las especulaciones de peleas en el matrimonio que habrían provocado el temor del médico traumatólogo de perder parte su patrimonio en un eventual divorcio. Cuando algunos testigos hablaron de “desavenencias” en la pareja, lo hicieron revictimizando a la mujer a asesinada. Señalaron que “Rohrer la besó”, que “la tiraban a la pileta” y recordaron los rumores que ligaban a la víctima con Magnasco y otros tantos nombres lanzados al voleo judicial.
El juicio apuntó sobre la intimidad de Nora, los embates políticos y la prueba genética, sin profundizar sobre la imputación. El fiscal Luis Pizarro consideró que Macarrón fue instigador del crimen. Rivero podría haberle pedido al instructor que lo acompañara en el juicio. Incluso le podría haber cedido el lugar. Hoy, ya es tarde. El fiscal de Cámara deberá determinar al final de este largo proceso si finalmente acusa a Macarrón. Y si lo hace, no han surgido –al menos, hasta ahora- certezas que conduzcan a la hipótesis de Pizarro. El fiscal insiste en señalar que “aún falta mucho” y resguarda sus expectativas en el rol de los jurados populares.
Los 8 hombres y mujeres que deben soportar audiencias soporíferas, con declaraciones que transitan largas horas de monotonía, tienen que determinar si el delito existió y si Macarrón es culpable. Las puestas en escena con llantos novelescos del imputado y algunos testigos, como Daniel Lacase, fueron parte de esa lógica. No solo está en juego el valor de indicios y pruebas. También aparece como necesario convencer desde el sentido común a los vecinos sentados detrás de los jueces técnicos. Por eficacia defensiva y debilidad acusatoria, las audiencias naufragaron entre las sospechas sobre el francés Rohrer, las denuncias al vocero Lacase y las inconsistencias históricas de la investigación, sin puntualizar sobre la razón del convite: ¿Macarrón mandó a matar su esposa?
El capítulo genético y forense emerge como la única referencia confiable en la causa. Sin embargo, Pizarro buscó sepultar el trabajo de tres médicos y un bioquímico de prestigiosa carrera judicial, que nunca antes, ni después, debieron pasar por severos interrogatorios y una búsqueda maliciosa por desacreditarlos. “Cualquier familiar de una víctima exige hallar un ADN. En esta causa, hicieron todo para que no suceda”, lamentó Martín Subirachs. El forense declaró ante el Tribunal sin responder una sola pregunta de la defensa. A Marcelo Brito no le interesaba el testimonio del experto que demolió la hipótesis de los sicarios. El abogado defensor fue mucho más enfático en sus críticas con el bioquímico Daniel Zábala. Intentó descalificar el trabajo de la única persona que permitió el hallazgo de ADN. El material genético de Marcelo Macarrón aparece en la zona genital de la víctima y el cinto de la bata, es decir, en el arma asesina. Como sostuvo Subirachs, “en cualquier investigación esto implica una certeza en la escena del crimen”. El razonamiento contrastó con la decisión del fiscal Pizarro de ningunear la única prueba objetiva en 15 años de investigación. Para lograrlo, el ex instructor utilizó los mismos argumentos que Brito. No solo puso en dudas la efectividad del trabajo de Zabala, sino que rechazó de plano el hallazgo de semen a partir de los informes que llegaban desde Córdoba.
El debate pericial dio lugar a un nuevo interrogante. Subirachs dijo que hallaron un “manojo de pelos” en la mano de Nora y consideró que “no se trataba de cabello de la víctima”. Luego, resaltó que él no puede determinar “si fueron peritados o no”. En las fiscalías de Javier Di Santo y Daniel Miralles están convencidos de que “toda la prueba fue analizada”. El informe enviado por el Centro de Estudios Forenses de los Estados Unidos solo encontró un cabello con ADN desconocido. El resto, llevaba el nombre del viudo.
El portazo de Rivero en un grupo de Whatsapp integrado por fiscales, ante el malestar por la “falta de apoyo”, fue un llamado de atención en Córdoba. El fiscal General Juan Manuel Delgado quedó expuesto en las críticas y el funcionario riocuartense tuvo que salir a aclarar que cuenta con un respaldo “incondicional” de su jefe. Un acompañamiento de Delgado resultaría aún más necesario para la etapa final del juicio, en la que se jugarán las cartas que decidirán una eventual acusación. Por ahora, Rivero confronta en soledad con la estrategia defensiva y la endeblez del relato de Pizarro. Demasiado poco para descifrar una historia de instigadores y sicarios de los que nadie parece tener algo que decir.
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