Que la tortilla se vuelva

Por Pablo Callejón

Yoel sale de su casa a las 6,30 de la mañana. En la rutina diaria, lo espera una hora y media de viaje en colectivo. Los responsables de la obra le exigen puntualidad. El joven trabaja desde las 8 hasta las 17,30 por solo 1.500 pesos la jornada. El dinero alcanza para la comida, aunque comienza a preocuparle la deuda del alquiler. En los asentamientos no todos son dueños de sus precarias viviendas. Patricia García milita la tarea social en los barrios humildes desde hace años. Conoce a Yoel y los gestos de supervivencia de las familias que viven de la changa. Los sectores vulnerables conviven con basurales a cielo abierto, rodeados de countries con prolijos parquizados. Todo es un contraste brutal. La desigualdad económica se profundiza en tiempos de precios que suben día a día. “La inflación destruye el derecho a la alimentación”, advirtió la mujer. Patricia sostuvo que el 80 por ciento de las mamás debieron gastar sus ingresos en alimentos y no pudieron comprar útiles en el inicio del ciclo lectivo. “Era tener la comida o las cosas de la escuela”, precisó. La falta de recursos y el impacto de la virtualidad durante la pandemia provocaron que algunos pibes y pibas abandonaran la escuela. “Hay jóvenes con planes nacionales que deben cumplir con cuatro horas de trabajo para ganar 15 mil pesos por mes. Tienen que trabajar o estudiar y cuando esto sucede, la prioridad es tratar de comer”, afirmó.

Juan Carlos Pereyra debe hacer “malabares” con los aportes municipales y la solidaridad de algunos vecinos para “estirar las viandas”. “El pelado de Las Delicias”, como prefieren que lo llamen, advirtió que en la última semana se sumaron tres familias al comedor comunitario. “No tienen para comer dos veces al día, nosotros damos la vianda a las 21 y una hora antes ya hay una cola de personas esperando. Tratamos de dar la cena tres días a la semana. A veces, solo vienen a buscar algo de papas o cebolla”, relató.
Las tarjetas sociales y alimentar pierden en forma sostenida con la inflación. La plata de los pobres o indigentes queda finalmente en los bolsillos de los supermercadistas y las empresas que definen cuánto valen los productos.
El drama se extiende por cada barrio. En Cola de Pato y la Cava, Lorena Toledo debió impulsar una campaña solidaria para garantizar la merienda en el comedor Ilusiones. “A los vecinos siempre les falta algo, un bolsón de mercadería, útiles, algo para el día. No les alcanza lo que reciben”, lamentó la dirigente social. La disputa de cada jornada es para garantizar el pan, algunas galletitas, el té y el azúcar. Para el almuerzo, el consumo de carne se convirtió en un privilegio. La opción son las alitas de pollo, “al menos, para sentirle gusto”. El principal consumo es de “fideos, con alguna salsa, para dar un plato de comida a los hijos”.

En solo un año, aumentó la venta de menudos de pollo o vaca en más del 30 por ciento, mientras se redujo en más del 40 por ciento la adquisición de cortes de carne vacuna. Así lo revela el informe mensual de febrero de la Cámara de Almaceneros de Córdoba. Otros productos sensibles de la mesa familiar también se vieron impactados. El consumo de leche cayó un 16 por ciento y el de quesos, más del 40 por ciento. El análisis también advierte sobre un desplome en la comercialización de frutas y verduras.
La inflación se disparó a partir del 2018, superando el 50 por ciento anual. Con leves altibajos, nunca más detuvo su crecimiento. Este año, algunos economistas ya hablan de un alza del 60 por ciento. Cuando suben los precios caen los salarios. En dólares, la pérdida del poder adquisitivo en cuatro años fue del 72 por ciento y se ubica en niveles similares a los de 2003, en medio de las secuelas por la debacle del 2001. El año pasado, el INDEC reveló que los haberes de los trabajadores estuvo levemente por encima del costo de vida. El dato no incluye a los informales, que soportaron el peor costo de la crisis.
La enorme desigualdad impide hablar de una recuperación del bolsillo. La inercia inflacionaria, la pandemia sanitaria y los daños colaterales de la guerra en Ucrania presionan sobre los productos esenciales. El trigo subió un 60 por ciento y la harina se incrementó en un 23 por ciento. Todo hace prever que los aumentos seguirán y terminarán condicionando al pan, las pastas frescas, fideos y galletitas.

En apenas dos años, desde febrero de 2020, la canasta básica alimentaria creció un 270 por ciento. Los almaceneros cordobeses advirtieron que actualmente, “casi la totalidad de los hogares consume algún producto de segunda o tercera marca”
Desde el 2018 comenzó a descender bruscamente el consumo de carne y lácteos, que fueron reemplazadas por el pan, la papa, el arroz, los fideos secos y la harina. El drama se agudiza en los sectores bajos, pero también irrumpe en la calidad de vida de los niveles medios, cada vez más empobrecidos. Entre las familias cordobesas consultadas en el informe de la Cámara, 7 de cada 10 necesitó de la ayuda del Estado para poder comprar la comida. La asistencia de mayor impacto es la tarjeta alimentaria. Además, el 69 por ciento debió destinar más de la mitad de sus ingresos solo para los productos alimenticios. El dato es contundente sobre el empobrecimiento de los hogares y las severas dificultades para afrontar otros gastos básicos mensuales, como el alquiler y los servicios.

Nos acostumbramos a comprar marcas que desconocíamos y paquetes que reducen la oferta de kilo a 700 gramos. Preguntamos por el precio de cuatro milanesas o “cuánto nos pueden dar” por 600 pesos. Ni siquiera hay un conocimiento cotidiano sobre los valores de cada producto.
Los supermercados han comenzado a ocultar el valor de la mercadería en góndola, la actualización es día a día. Hay faltantes de productos o marcas y en el caso del aceite o la azúcar algunos locales advierten que solo se pueden llevar dos envases por persona.
Los acuerdos de precios no llegan o quedan invisibilizados en la oferta de los supermercados. El presidente Fernández anunció que un viernes 18 de marzo comenzará “la guerra contra la inflación”. Todas las batallas anteriores tuvieron como saldo una derrota. La devaluación del salario es el verdadero costo de la crisis. Y es tiempo que la tortilla se vuelva.