Una ciudad degenerada de patriarcado

Por Carina Ambrogi

Una madre llora en el más justificado desconsuelo, encabeza la macha multitudinaria de la ciudad que rara vez junta gente por algo. Son más de 3 mil esta vez. El cuerpo de la mujer lo sostiene la multitud, parece caerse, es como una muñeca de trapo, la cabeza tambalea. De a rato para, le dan un caramelo. Sigue.
Encontró hace dos días el cuerpo asesinado de su hija de 22 años en el baño de su casa. Su hermana movió cielo y tierra hasta que la policía se dignó a buscar el ex novio, que una vecina vio entrar y salir de la casa después del brutal femicidio. El varón de 25 años estaba sentado almorzando cuando lo detuvieron. La misma policía fue a buscar el celular de la “niña” asesinada, así la llama su madre, al techo de la casa, pero la pista falsa que les dio el femicida era una mentira, y no lo encontraron. Entonces le pidieron a la tía de la niña asesinada que se ocupe, y ella salió caminando por el barrio pidiendo a los vecinos que le ayuden a encontrar el celular, a minutos de haber encontrado el cuerpo de su sobrina tirado en el baño asesinado. Pasó un día y la policía no encontró el aparato, el fiscal no fue al lugar del hecho, y recién el día de la movilización decidió atender a la familia en desconsuelo. La mujer recibió atención psicológica el mismo día del femicidio por teléfono, vía remota, ¿acaso eso puede calmar algún dolor?. “Quiero que toda la ciudad sepa que no hicieron nada por mi hija”, pide la mamá de la víctima a gritos a esta cronista.

En la misma ciudad es tapa pocos días antes el incendio de dos autos en una cochera. La propietaria de uno de los autos, un Renault 19 que tuvo destrucción total al explotarle el tubo de GNC, aprovechó que el fuego alumbró tanto que fue agenda de los medios. Ahí alertó que era víctima de violencia de género, había denunciado intensamente a su ex marido, hasta dos veces por semana, pero las autoridades “nunca hicieron nada”. El hombre la perseguía y llegó a interceptarla dos veces. La mujer tiene tres hijos, uno con autismo y otro con epilepsia, y el vehículo que le incendiaron lo utilizaba para transportarlos a los tratamientos médicos. Después de los incendios y de la tapa de los diarios, a la mujer le dieron un botón antipánico, y al violento prisión preventiva.

Dos semanas antes, una mujer va hasta la Comisaría más cercana a su domicilio para denunciar que desde hace 12 años padece violencia psicológica de parte de un mismo agresor. La persona que la escucha le ofrece hacer una exposición, porque “ahí no hay delito”. La mujer insiste, sabe que es su derecho, y logra hacer la denuncia. La mujer detrás del escritorio le advierte que está perdiendo el tiempo, porque ella sabe por su experiencia que “estas cosas se archivan”, porque ahí no hay “ningún delito”. Al otro día la mujer recibe a un patrullero en su casa que le acerca la resolución de la justicia, que recibió esa denuncia, con el aviso de que “no van a hacer nada”, porque “ahí no hay delito”.
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Las historias van en decreciente en orden de alarma, así como va la violencia, siempre en espiral de más chico a más grande. Y que la espiral no se corte no es culpa de la madre que no se dio cuenta, o de la chica que no denunció, porque ya ven lo que pasa cuando si lo hacen. La culpa es del Estado que con 5 tipos de violencia tipificados, Fiscalías, Justicia, y Ministerios sigue eligiendo atender sólo la sangre final, incluso ahí atenderla mal.

Toda persona tiene derecho a vivir una vida libre de violencia, de cualquier tipo.

¿Cuándo decidirán quienes tienen funciones públicas garantizarlo?