Con un nudo en la garganta
Por Pablo Callejón
Martha había terminado de acomodar los bultos de ropa junto a David cuando recibió el llamado de la Policía. La mujer de 28 años acompañaba habitualmente a su pareja en los viajes para abastecer al pequeño local que impulsaban en Huinca Renancó. Ella había llegado al sur de Córdoba desde San Felipe, un poblado de Potosí donde el 78 por ciento de sus habitantes hablan Quechua y 8 de cada 10 hogares no tienen electricidad ni condiciones de saneamiento. El efectivo policial le hizo algunas preguntas y con eso alcanzó para soportar con un nudo en la garganta las interminables horas de regreso. Al llegar, fue notificada de la imputación de abandono de persona y privación ilegítima de la libertad. En la ciudad todos estaban conmocionados por la noticia. Dos gemelos de 6 años habrían estado encerrados, con hambre y frío, sin más recursos para sobrevivir que la ayuda de algunos vecinos. La noticia se expandió rápidamente, con la certeza que adquieren los rumores durante las tardes de invierno.
El 3 de junio de 2018, Martha abordó el colectivo de Tus junto a su pareja. La crisis ya se hacía sentir con la baja del consumo y las cuentas que nunca alcanzaban. Los niños quedaron en el hogar, al resguardo de sí mismos, como ocurría cada vez que mamá debía viajar. Cuando la Policía llegó a la vivienda de Martha y David, el único acceso estaba cerrado. Un cerrajero permitió abrir la puerta principal ante la mirada de decenas de curiosos que se habían concentrado frente al comercio. Los chicos fueron llevados junto a una familia de acogimiento y el fiscal imputó a la madre y al padrastro por generar “una situación de desamparo con riesgo para su salud, privándolos asimismo de su libertad ambulatoria”. A lo largo de esta historia, ustedes podrán observar que nunca citaremos al padre de los mellis. La Justicia solo pudo determinar que abandonó a la mujer cuando supo que había quedado embarazada.
Martha explicó ante los funcionarios de la fiscalía sobre el funcionamiento del pequeño local que administraba junto a su compañero. Precisó que “al lado de la casa”, tienen el hogar donde viven con sus hijos. Nunca ocultó que viajaba a Buenos Aires para comprar la mercadería. La frecuencia de los viajes dependía de las ventas. A veces, debían partir hacia la capital en una o dos oportunidades al mes. Durante la pandemia, los proveedores enviaban la ropa.
Nunca nada le había resultado fácil. Había adquirido el temple de las pieles curtidas por el frío de la montaña de Potosí. La mujer llegó a la Argentina con 22 años y no pudo dejar de trabajar en condiciones adversas. En Huinca no tenían familiares para dejarles la custodia de sus hijos cuando se trasladaban y no podían pagar un personal de cuidado. Ante el fiscal aseguró que lo ocurrido no volvería a suceder.
En la localidad, algunos vecinos señalaron que los mellis estaban encerrados, sin llave. Dijeron que una mujer les dio un alfajor y que almorzaron milanesas el día que los encontraron. El juicio social parecía haberse apresurado al fallo del juez. La sentencia popular hablaba de abandono, encierro y maltrato. Nadie podría suponer un final diferente al que imponían las normas del boca a boca.
Tras observar las pruebas recolectadas y escuchar a los acusados, el fiscal Julio Rivero concluyó que nunca existió delito. Advirtió que “la privación de libertad es atípica porque no se pudo probar el dolo necesario”. Lo que determinó la investigación pareció contrastar la sentencia de parroquianos sobre la mesa del bar. El fiscal resaltó que los niños “nunca estuvieron en peligro” y que no emerge como un rol del Tribunal “ser jueces morales de su calidad de madre”.
El padrastro había señalado que estaban asustados desde aquel llamado de la Policía cuando regresaban desde Buenos Aires. Expresó que los dejaron en el hogar para “ir a trabajar por ellos” y que nunca imaginaron que habían cometido un delito. En realidad, Martha y David ya habían vivido esas experiencias cuando eran niños. Sabían que debían esperar a sus padres en sus casas, mientras llegaban con el resultado del esfuerzo del día. No hicieron nada que no formara parte de la vida que conocían. Martha explicó que nunca abandonó a sus hijos ni los maltrató. Los mellis quedaban con un juego de llaves y el alimento suficiente para aguardar el regreso de mamá.
Un sargento fue el primero en arribar a la casa tras el llamado desesperado de los vecinos. Ante la Justicia, recordó que al observar por la ventana pudo ver “a dos menores jugando en el interior del comercio”. Cuando el agente les preguntó a los niños si estaban solos, le respondieron que su madre se había con “su amigo David” y habían comido milanesas con jugo. El efectivo precisó que “los menores estaban desabrigados, con las luces del local apagadas”. Dijo que los niños “tenían sus rostros tristes” pero “cambiaron la expresión” cuando les afirmaron que los retirarían de allí. El informe médico policial determinó que los hermanos estaban en buen estado de salud, sin lesiones visibles. La familia residía en el sótano del local, “un lugar precario y con mucha humedad”.
El juez Nicolás Rins precisó en su dictamen que “los niños, lejos de estar asustados o pidiendo ayuda, tal como dijo el agente que llegó primero al lugar, se encontraban jugando, en una situación natural o naturalizada por los mismos”. El magistrado sostuvo que tiene “serías dudas sobre que los niños hubieran estado encerrados”. Argumentó que los vecinos les entregaron alfajores de la única forma posible: abrir la puerta principal del comercio. “Tal como surge del croquis, no hay otro modo de ingreso”, precisó.
Rins argumentó “sin margen a dudas”, que los imputados dejaron a sus hijos en el hogar para poder cumplir con la actividad laboral y no podían contratar a personal de casas particulares ni niñeras. Tampoco tenían otras redes de contención, como parientes o amigos que pudieran asumir la custodia de los niños mientras se ausentaban para comprar la mercadería. La madre nunca quiso cometer un delito ni dañar a sus hijos. Solo hizo lo que creyó conveniente del único modo que entendió posible.
El abogado defensor Hernando Ortubia sostuvo que la causa “nunca debió avanzar” y que “no debieron exponer” a la mujer y a su compañero al banquillo de los acusados. La decisión del fiscal, a la que adhirió Ortubia, pareció anticipar la resolución del juez. Martha y David fueron absueltos. La Justicia que los había acusado bajo el régimen de lo que debía ser, los absolvía con la certeza de lo que era posible. “La prueba colectada da perfecta cuenta de que el “encierro” fue con fines de protección de los niños y que los imputados advirtieron la gravedad de la situación recién con la intervención judicial, tal como lo manifestaron al hacer uso de la última palabra, lo que revela la creencia de estar actuando correctamente”, argumentó el magistrado. El regreso a casa de la pareja ya no incluía el temor a ser encarcelados. La sentencia se conoció tres años después de aquel llamado de la Policía y el nudo en la garganta que les aprisionó el corazón.
Entrevista a Carlos Gutiérrez
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