La vida que buscamos
Por Pablo Callejón
Peter Parker estaba sentado en la tercera silla de la segunda fila. En la prolija cola a su lado, dos sillas por detrás, se hallaba Naruto resuelto a no soltar la mano de su mamá. Más adelante, uno de los protagonistas de la velada de globos y payasos con zapatones en los que entrarían hasta tres pies, aguarda el pinchazo con un gesto de soberbia valentía. Mira hacia el costado, se aferra a los bordes del respaldo y parece contener el aire. El enfermero lo mira con una sonrisa compasiva. Mientras el niño aguarda que empiece la vacunación, el joven le advierte que ya ha terminado. A la salida lo espera un recuadro de cartón para la foto que la familia promete conservar como un tesoro familiar. Todo sucede en ese lugar donde ya se vacunaron sus abuelos, su papá, su mamá, su hermano adolescente y ahora también, sus amigos. Antes de abandonar el lugar observa a un grupo de niñas que ostentan las cartillas que acaban de entregarles para acreditar la primera dosis. El niño que encabezaba la fila se la pide al papá y la coloca a su lado, para que todos la vean. Fueron los primeros 1600 inmunizados, de un total de 4.800 en la primera etapa. La semana próxima, el arribo de vacunas Pfizer impulsará fuertemente el operativo en los adolescentes de entre 12 y 17 años. Es octubre y las imágenes que se multiplican en las redes parecen encontrarse en el álbum de las fotos que guardaremos para toda la vida.
Entre los mayores de 18 años, ya se vacunaron 126 mil 766 personas y del total, más de 103 ya completaron las dos dosis. Los números son altísimos en Río Cuarto y el país. Se libera la vacunación sin turno previo en una mayoría de grupos etarios y el debate parece comenzar a concentrarse en una tercera dosis. El refuerzo del plan de inmunización avanzará con el personal sanitario y personas inmunodeprimidos, según adelantó la ministra de Salud de la Nación, Carla Vizotti. La pandemia probablemente nos exija acostumbrarnos a convivir con inoculaciones anuales, un costo que rogábamos asumir cuando el virus se propagaba en el mismo aire que respirábamos.
Comenzamos a acostumbrarnos a una vida sin casos. No es el fin, pero todo parece alejarnos de aquel peor momento. Las terapias se liberaron del síndrome de la cama caliente y se van desarticulando algunos símbolos de la lucha contra la enfermedad, como la carpa que receptaba a posibles internados frente el Hospital. En las últimas 18 semanas hubo una caída sostenida de contagios, según el informe epidemiológico de la Provincia. La variante Delta se esfumó de las tapas de los diarios rápidamente. El brote que impulsó la actitud negligente de un viajero que rompió el protocolo concluyó con su trágica muerte en Córdoba capital. Otros focos pudieron ser controlados en el interior provincial. La clave parece encontrarse en la vacunación. En la Provincia, se inocularon 2.539.112 personas y el número de fallecidos después de dos semanas de haberse vacunado representa apenas el 0,05 por ciento del total. De las 1394 víctimas con hasta dos dosis, un 97,8 por ciento sufría comorbilidades o era mayor de 75 años. Las cifras son contundentes y revelan que las vacunas fueron altamente efectivas para facilitar un control de la pandemia.
Los expertos piden mantener el uso del barbijo, la limpieza de manos y el distanciamiento social en esta nueva etapa, un costo demasiado bajo después haber enfrentado tiempos de aislamiento, soledad y muerte. En la actualidad, la tasa de letalidad entre los contagiados es de 1,35 por ciento, muy por debajo de la media nacional que alcanza el 2,2 por ciento.
En todo Córdoba, solo hay 62 personas internadas en terapia, un 1,7 por ciento del total de camas disponibles. 12 afectados se encuentran con asistencia respiratoria mecánica. En la mayoría de las clínicas y hospitales se desmantelan las unidades de emergencia que se instalaron para evitar el colapso sanitario en medio de la segunda ola. Nadie afirma que todo haya terminado, aunque ya no quedan voces que le pongan fecha a una eventual tercera ola del virus.
Vamos a los bares que antes estaban con sus sillas vacías, cenamos en restaurantes con todas sus mesas ocupadas, volvimos a la cancha, están abiertas las confiterías bailables y nuestros hijos se alistan para disfrutar de sus egresos. Hay comercios abiertos sin restricciones horarias, los cines proyectan películas, no es necesario bailar en corralitos durante los recitales y hasta habrá una muestra presencial de la Rural. Ya ningún alumno o alumna estudia en la virtualidad y en la Universidad avanzan con el regreso a las aulas. Los trabajadores no se distribuyen por turnos, no hay puentes cortados ni agentes municipales que controlen las temperaturas en piquetes sanitarios. Las calles están repletas a toda hora y volvieron a surgir reclamos sociales que no se reducen al temor al virus. Hay plazas colmadas los fines de semana y ningún juego aparece encintado. Podes planificar unas vacaciones, festejar un cumpleaños y reunirte con amigos en asados que están habilitados. Las personas adultas mayores caminan sin miedos y las familias pueden visitar a quienes residen en geriátricos. Ya nadie habla de cuarentenas, ni se fija la hora para salir de casa.
En el centro del polideportivo, un joven hace malabares frente al grupo de niños y niñas que aguardan su turno. Las payasas bailan alrededor de una sala de espera que tiene los colores de una fiesta de cumpleaños. Algunas de las voluntarias que registran la vacunación se suman con vinchas que representan las orejas de Minnie. La emoción que acompañó a las primeras jornadas de febrero se transformó en mañanas festivas, con vacunados vestidos de superhéroes y selfies que certifican haber recibido la dosis. Después de tanta angustia, volvimos a preocuparnos por los males que antecedían a la pandemia y a creer que la nueva normalidad se parece un poco más a la vida que buscamos.
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