Los odiadores

Por Pablo Callejón Periodista

Hace algunos años, el odiador necesitaba esforzarse un poco más. Para sumar adhesiones, debía convencer con estrategias algo más complejas que un posteo de Facebook. Sobre todo, en la búsqueda de quienes podrían sumarse a su voluntad de odiar. El resultado podría ser muy efectivo para el miserable objetivo que perseguían, pero requería de más tiempo y una mayor exposición. El vecino que hablaba mal de los otros, ofendía valores, inculcaba la antipatía hacia las diferencias, vomitaba prejuicios y recaía en lugares comunes para defenestrar personas o colectivos sociales, necesitaba tejer redes. Podía ser otro vecino de la cuadra, algunos socios del club, un grupo de parroquianos en el bar o la pertenencia al ala más rancia de un partido político. Hallarlos, entretejer vínculos de odio, promoverlos y expandirlos exigía más tiempo y una mayor capacidad de rastreo. El mecanismo daba menos lugar a la impunidad de los que solo se esconden bajo la efímera figura de un troll. Las redes provocaron atajos. Alguien puede descargar su odio con solo publicar un posteo con su ordenador o celular. Los impostores se multiplican en actos cobardes donde todo vale. Otros prefieren decir quiénes son. Lo hacen empoderados por la invisibilidad del otro. Sin la mirada y el dolor que interpela, no hay pudor ni remordimientos. El odio se expande en palabras gigantes, infinitas, hirientes. Las propias redes les facilitan los vínculos. Eso que llaman cookies es la inoculación mercantilista para vincular sus intereses. Podemos escribir en relación a un shampoo y con solo actualizar la página hallar una publicidad de Sedal. Una publicación sobre nuestros deseos de viajar derivará en un avalancha de ofertas de agencias de turismo y promotores de vuelos. Y una descarga emocional cargada de segregación nos revelará un mundo de personas y organizaciones que sudan su odio en Facebook, Twitter, Instragram o cualquier otra red social. Los controles para evitarlo son efímeros. Nadie parece dispuesto a disponer las medidas restrictivas que puedan romper con la matriz del negocio virtual.
La Alemania nazi logró sumar a millones de personas al antisemitismo con un cínico plan publicitario que hoy suele expandirse en las redes y los medios de la posverdad. Es la insistencia sobre la mentira para construir un estado de verdad presunta. Si lo dicen tantas veces y con tanta convicción, las dudas parecen disiparse. No fue Joseph Goebbels el inventor de la macabra estrategia, aunque la ejecutó con alta eficacia como ministro de Propaganda de Adolf Hitler. Medion de Larisa, quien había sido consejero de Alejandro Magno, ordenaba a sus secuaces sembrar “confiadamente la calumnia, que mordieran con ella”. Advertía que al curar la llaga, siempre quedaría la cicatriz. Y con eso basta. Las marcas podrían doler tanto como las heridas. La manipulación de voluntades mediante la tergiversación de información y la manipulación de datos personales puede influir en decisiones populares. Cambridge Analytics fue el instrumento que Donald Trump utilizó para sumar a sus propuestas mesiánicas el voto de los norteamericanos resentidos con el sistema. Algunas estrategias un tanto más burdas podrían sugerir “caricias significativas” desde Hurlingham o un “satisface a Mauricio” de un tal Williams desde Chivilcoy. La secuencia de posteos emerge de la simple contratación de un programa informático a base de bots.
Los odiadores de entrecasa suelen tener mucha intensidad, sin especular sobre su real capacidad de influencia. Destinan horas y horas en acusar, discriminar y lacerar a quienes no comparten su visión del mundo. Se sienten contenidos en esa falsa democracia de las redes. La presunta horizontalidad en las posibilidades de expresión es un escenario donde la estupidez y los rencores se visibilizan sin más fundamentación que el poder hacerlo. La potencialidad de las redes sociales somete al mismo escenario de comunicación a la víctima y al opresor. Todo parece estar validado por la ausencia de controles y no parecen existir los dispositivos que impidan el accionar de los mentores del odio. Trolls, bots o simples fulanos con wifi capaces de provocar las heridas que dejan dolorosas cicatrices.