#lavacunaesvida

Por Pablo Callejón

Desinformación y miedo. En algunos casos, mala información. Mensajes que se multiplicaron entre comunicadores y políticos dispuestos a jugar con la credibilidad del proceso vacunatorio y sus efectos. Sin más argumentos que una maraña de prejuicios, apelaron a la intensidad. En cada espacio mediático a disposición desestimaron a los laboratorios por su origen, apelaron a presuntos canjes de partidas por negocios de energía nuclear, relacionaron resultados científicos con la inoculación de veneno y apostaron a consolidar una faceta negativa de las vacunas. Sino la hallaban, la inventaban. Resueltos a dinamitar el mayor plan de vacunación de la historia argentina, desarrollado en medio de un proceso de pandemia y en una disputa mundial inédita por el acceso a las dosis, evaluaron que en lugar de la vida de los argentinos lo que estaba en juego era una mera disputa electoral. Se convencieron, y lograron convencer a muchos, que en el fracaso de una política sanitaria estaba la oportunidad para el éxito de su embestida política. Hicieron bandera de derechos en los que no creen. Si antes la preocupación era caer en la educación pública, hoy era necesario hacerlo, incluso a costa de la ola de contagios y muertes. El Gobierno nacional se sumó a muchos de esos debates estériles, haciéndose parte de una lógica perversa que le arrebató convicciones a las políticas que hubieran ratificado un escenario diferente a los casi 100 mil muertos y más de 4 millones 500 mil infectados.
La revelación de “los vip que se saltaron la fila” desnudó otro capítulo de la obscena construcción de sentido que se impulsa de los medios y la política. Los casos que derivaron en la salida del ex ministro de Salud Gines González fueron reconvertidos en un slogan. “Se robaron las vacunas”, sintetizaron de un mensaje unívoco. No una, ni 100, ni mil, todas. Incluso, los que rechazaban el arribo de componentes rusos o chinos aseguraron que “se robaron MIS vacunas”. La tentación a convertir los hechos en eventos inconmensurables parece una constante en el país que se mide lastimosamente desde los extremos. Para ratificar preconceptos no hay una búsqueda de la información, sino de lo absoluto. En la inmensidad pierde sentido el episodio que provocó el debate. Se las robaron todas y fueron todos. Punto. Así de simple. Aún cuando haya millones de personas felices por haber sido inoculadas y se multipliquen espacios de vacunación.
Aunque el país logró alcanzar un ritmo febril en la recepción de vacunas, la disputa por facilitar el arribo del laboratorio Pfizer, intentó reducir el escenario sanitario a una marca privada. Se dispuso poner a merced de los intereses de la empresa norteamericana el marco regulatorio argentino. El discurso necesitó, una vez más, de lo absoluto. Convirtió a Pfizer en el argumento para desestimar todo lo actuado con otros proveedores. El Gobierno decidió sumarse al barro de la disputa declaracionista y dilapidó la oportunidad de consolidar un mensaje que llegara a los verdaderos protagonistas del plan sanitario, los millones de argentinos y argentinas que nunca se preguntaron por el origen de las vacunas que les ayudarán a evitar una sala de terapia.
Desinformación y miedo, son los dos principales argumentos que plantearon algunos de los más de 30 mil riocuartenses que aún no se inscribieron para recibir su dosis. En el operativo casa por casa que impulsó el municipio, algunas personas admitieron que no sabían cómo inscribirse, otras eran analfabetas o simplemente no tenían acceso a un dispositivo con internet. También advirtieron los voluntarios que había privados de la libertad y fallecidos en el listado oficial. Las dificultades para resolver el trámite fueron resueltas en puntos de atención en vecinales y el Andino. El principal obstáculo es revertir el efecto del miedo. Ese temor que las miserias políticas y mediáticas inocularon sin tapujos. Los médicos, especialistas y funcionarios sanitarios con responsabilidad a cargo, no importa su origen partidario, han ratificado el valor insustituible de las vacunas para enfrentar la pandemia. Los datos objetivamente científicos lo ratifican. Una investigación del Ministerio de Salud con 740 mil casos en 24 provincias determinó una altísima efectividad de las vacunas utilizadas en la Argentina para prevenir la mortalidad por Covid. Con una sola dosis la Sputnik V tuvo una eficacia del 74,9%, AstraZeneca del 79,5% y Sinopharm del 61,6%. Con el esquema completo, la vacuna rusa aumenta al 93,3 %, la de Oxford a 88,8%, y la china al 84%.
La complejidad de la pandemia exige aumentar el ritmo de vacunación y apresurar el arribo de las segundas dosis, mientras se resuelve la pertinencia de combinar diferentes vacunas. El Gobierno, como en casi todo el mundo, necesita tiempo. El objetivo es dilatar el ingreso y la propagación de la variante Delta, que aumenta en un 120 por ciento el ritmo de contagios. La decisión de restringir el ingreso de personas que llegan desde el exterior derivó en otro capítulo de las disputas domésticas. Los informes de Migraciones revelaron que muchos de los que llegaban de sus vacaciones en Miami o Europa no cumplían con la cuarentena obligatoria y ninguna ciudad, de ninguna provincia, podía disponer de un policía para custodiar a cada uno de los negligentes. Se resolvió que lleguen 600 por día y deban cumplir un aislamiento en hoteles. La medida sanitaria derivó en una parodia de mediáticos indignados desde una playa o turistas que enumeraban todos los gastos que le provocaba la decisión oficial. Unos cien países en el mundo tomaron medidas similares. En algunos casos, como el Reino Unido, ni siquiera permiten que sus ciudadanos puedan volar a lugares turísticos. En la Argentina, quienes optaban por viajar debían firmar un documento en el que aceptaban cualquier medida sanitaria que pudiera impulsar nuestro país o las naciones que iban a visitar. En una pandemia mundial esos son los riesgos.
La posibilidad de recuperar una vida más parecida a la que teníamos exigirá de una vacunación masiva. El mundo se debate por el temor a la aparición de nuevas cepas y los riesgos de la hiperconectividad en un proceso de inmunización desigual. La brutal inequidad no solo favorece la permanencia del virus, sino su propagación en el planeta. El acceso igualitario que se propone desde el Estado es una política a defender. Ser vacunado sin un carnet de obra social, en la misma fila donde esperan su turno ricos y pobres, es una iniciativa inclusiva que nos permitirá evitar el temor a un contagio. Es el tiempo de superar la desinformación y el miedo. Acompañar con certezas a los que dudan, referenciarnos en el mensaje de los médicos y médicas, recordar que nunca nos preguntamos qué laboratorio suministraba la Sabin o la BCG, saber que los países que más vacunaron son más libres que antes. Debemos resguardarnos en las convicciones por la solidaridad, saber que deben inocularse todos para que el virus deje de circular. La vacuna no es un botín político, ni el lobby de una empresa farmacéutica. Es la oportunidad para sobrevivir a una pandemia que contagia y mata. Por eso, decidimos comprometernos en una campaña que suma cada vez más voces. Hoy, como siempre, #lavacunaesvida.