Hay trabajadores

Por Pablo Callejón


Hay trabajadores sin horarios, herramientas, ni oficinas que visitar. Que ya no están en sus puestos, junto a sus compañeros, en el mismo turno. Trabajadores a los que nadie saluda al empezar la jornada. Los que se quedan en casa, con el alma adormecida por el dolor de ya no ser. Trabajadores que perdieron su empleo.

Hay trabajadores engañados. Que cargaron las maletas de los empresarios y ordenaron los electrodomésticos que ya no volverán a vender. Laburantes que creyeron en la palabra. Que vieron cerrar el comercio con la esperanza de reabrir sus puertas. Empleados con familia, hijos recién nacidos y la sangre urgente.

Hay trabajadores que protestan en las calles, vestidos de bata y barbijo. Que muestran en carteles los sueldos adeudados. Abrazados a sus propias historias de noches sin dormir, de madrugadas en terapia. Trabajadores que golpean el bombo, realizan ollas populares, cortan calles y gritan por los haberes que no han cobrado, que necesitan. Enfermeras que levantan las voces de un sistema que entró a respirador mucho antes de que estallara la pandemia.

Hay trabajadores que no pudieron quedarse en casa. Que aguardaron en noches oscuras, mañanas gélidas y tardes con ruidos de ambulancia. Playeros de estaciones de servicios, recolectores de residuos, cadetes con comida de delivery y empleados de supermercados a los que nadie llamó esenciales, pero nunca pudieron abandonar sus puestos.

Hay trabajadores que temieron contagiar a sus familiares. Que se desnudaban al llegar a casa, dejaban la ropa del trabajo y restregaban sus manos con la severidad del miedo. Que no podían abrazar a sus hijos. Y quedaban exhaustos sobre un sillón vacío, donde se desploma el cuerpo y emerge la angustia por no saber cuándo podrá terminará todo esto.  

Hay trabajadores que debieron abandonar la traffic, cerrar el pequeño local, cambiar de rubro. Que salieron a vender vinos, artesanías, dulces caseros y viandas. Son los que debieron reinventarse para no ceder. Para no caer en la frustración de los que solo quedan en casa. Trabajadores sentados sobre el cordón de la vereda. Ese lugar donde se puede mirar al infinito de las tristezas humanas.  

Hay trabajadores en las calles. Que golpean puertas y piden trabajo. Laburantes con las manos curtidas y la piel marcada por los años. Aquellos que veíamos levantarse muy temprano y regresar tarde a casa. Que transitaban con sus herramientas a cuesta y hoy solo piden trabajo.

Hay trabajadores sin horario, ni timbre de descanso. Que pasaron largas horas frente a la computadora explicando sumas y restas. Que enseñaron historia por Zoom y enviaban mensajes por un celular. Docentes que llevaron la tarea al buzón de casa y la corrigieron después de las 11, cuando finalmente pudiste contactarte a internet. Trabajadores sometidos a la ruleta rusa de la política que jamás aprendió la lección.

Hay trabajadores que nunca antes habían hecho fila por un ingreso del Estado. Millones que no tenían un empleo formal, ni aparecían en los listados de ANSES. Jefas y jefes de familia que debieron llenar formularios y aprender a usar el cajero de un banco. Trabajadores que aguardaron la oportunidad para volver a trabajar.

Hay trabajadores con monotributo, informales, que viven de la changa. Laburantes por cuenta propia y cuentapropistas de la supervivencia. Hacedores de un destino que a veces, solo se reduce a salvar el día. Trabajadores al volante de una tarde sin pasajeros. Choferes agobiados en ese lugar donde no quedan boletos por cortar.  

Hay trabajadoras que sufren violencia en sus trabajos. Que son discriminadas. Que ganan menos que otros. Que no logran ascender. Hay demasiados patrones en las fotos. Funcionarios con pantalones largos y gesto patriarcal. Hay un mundo laboral injusto y desmedido. Un mundo que va a caer.

Hay trabajadores que no han sido vacunados. Que temen contagiarse. Que ya se han contagiado. Trabajadores a los que obligan a quedarse en sus puestos. Que esperan su turno. Trabajadores que temen por ellos mismos y por los que aman. Que lo perdieron todo.

Hay trabajadores que no llegan a fin de mes. Que también son pobres. Que ruegan no perder sus empleos, aunque la plata no alcance. Que perdieron calidad de vida, sueños de progreso. Trabajadores que anhelan tiempos mejores. Los que agradecen el privilegio de no tener hambre.

Hay trabajadores que traicionaron su propia clase. Que actuaron contra sí mismos. Trabajadores que responden a otros. Capaces de vender su alma por un título de tapa. Empleados del mes destinados al olvido cuando dejen su trabajo.

Y hay trabajadores que enfermaron. Que ya no están. Hay padres y madres que murieron. Hijos que no pudieron abrazarlos. La muerte sin un último adiós. Trabajadores que dieron su vida por los otros. Que enfrentaron la pandemia sin más armas que su propio esfuerzo. Trabajadores que hoy nos duelen.