La pandemia y el barrio de Flores
Por Ana Paula Celiz
Así como en una suerte de novela épica, que nos parece lejana y sórdida. Así como en un cuento de años remotos, donde la incertidumbre por una enfermedad acababa con la gente sin distinguir clase ni situación económica. Todos bajo el mismo miedo, todos con la única esperanza en la reclusión, otrora la medicina era un conjuro, prácticamente todos dependían de plantas recónditas de dudosa procedencia, ventosas y paños calientes. Esto como un conocimiento que se transmitía como legado de generación en generación.-
La sabiduría no estaba en las redes, sino en los viejos que contaban a los más jóvenes saberes ancestrales.-En esas historias de pestes bubónicas y fiebres mortales, la gente moría en las calles, sobrevivir era el privilegio de unos pocos. Aquellos que se podían mantener a salvo, a costa de cualquier cosa y en cualquier condición.- Es quizás esto, solo un recuerdo remoto que nos permite volar a la historia, para volver a mirar esto que nos envuelve con otros ojos. Es quizás la oportunidad de mirar de nuevo y pensar que quizás un tatarabuelo que pudo haber muerto en las calles por la peste pero sobrevivió, hoy sienta nuestra queja como una flaqueza del espíritu, un exceso de comodidad y hasta un poco de narcisismo.-
En estos tiempos, el encierro es cierto, pero para muchos también es ficticio. A un botón de distancia estamos conectados con el mundo. La comodidad de la tecnología y la conexión con los afectos, aunque de manera remota, es posible. Sacar lo mejor de este tiempo es responsabilidad de cada cual y cada quien debe estar atento a que manifestación lo conecta con posibilidades. Las limitaciones existen y van de la mano de la economía que se resiente. Comer no es un privilegio, es una necesidad. Es entonces el estado que debe ser paternalista, que tiene el deber de cuidar y proteger. Son los afectos y los otros a quienes debemos mirar y juntos construir. Es ahí donde reside quizás el mayor aprendizaje. Si bien los conjuros y las plantas ya no nos curan, si nos reconforta la sabiduría de los viejos y el espíritu de altruismo.
No tenemos nada pero a la vez lo tenemos todo, si en nuestra casa reina el afecto. Si podemos tender una mano al vecino, si hacemos mandados de los viejos o ponemos simplemente de nuevo la oreja con paciencia aunque sea al otro lado del teléfono, devolviendo palabras de afecto.-
Hay un fuerte rumor, apunta a que todo tiene un explicación más simple y no hay tanta vuelta, hasta parece que esto fue puesto. Si fue sembrado, dicen los muchachos sensibles del barrio de flores. Una joven vendió el alma a un vendedor de chucherías que en los ratos libres vende también ilusiones de poca comprobación empírica y pócimas secretas para combatir los males del espíritu. Claro, cualquiera hasta vende el alma al diablo por obtener lo más preciado. Aquello que más nos cuesta y cada vez es más difícil de obtener y conservar, es el tiempo. Ese tiempo para compartir en familia, sin apuros y sin peso por la tarea pendiente o peor aún tiempos donde podamos ser conformistas. Ese tiempo para jugar a las cartas, leer un libro. Momentos de despilfarro, donde hasta nos permitimos esperar a que nuestros hijos hagan solos el repulgue de las empanadas o cocinen el pan bajo pena de limpiar harina en lugares recónditos.- Capaz que ese pack adquirido traía un plus gratis, dedicar tiempo a la casa, a los rincones y a terminar tareas truncadas. En eso, hasta nos abraza la duda de tiempos pasados y volvemos a mirar recetas viejas, juegos de mesa, preguntamos a nuestros viejos antes que a google y sostenemos un relato….sin la interrupción de una reunión o teléfono impaciente.-
El vendedor de chucherias, comentan en el barrio, es quizás un poco dudoso en su prontuario. Tiene antecedentes que comparte con cualquier vendedor, tampoco hay que culparlo tanto o incriminarlo sobremanera. La letra chica del contrato nunca fue siquiera sospechada, nadie sabía que esto no podía ser único y personal. Para ser efectivo tenía que ser totalmente compartido y dar la vuelta al mundo. Sino no tiene gracia, sino no es posible. Y ahí están todavía, en el barrio buscándolo al mercader. Pero como bien se sabe, una vez hecha la venta es difícil volver a saber del oportunista. Por su parte, en la otra cuadra, los refutadores de leyenda se ríen de esto. Ellos sostienen que se trata de una enfermedad a nivel mundial, que hasta ahora no tiene cura y que surgió por comer animales no aptos para el consumo humano. Se intenta apartar la cepa para crear una vacuna, la cual se probará en un futuro cercano. Siendo entonces un aislamiento social obligatorio necesario, como única forma de prevención del contagio y forma de cortar la pandemia.- Los refutadores también insisten que aunque no haya cura tenemos que dejar la cuarentena, que la economía nos necesita, al fin y al cabo morir por la enfermedad o morir por el capitalismo es como una crónica de un final anunciado. Ahora bien, por su parte en el barrio de los muchachos sensibles todavía buscan al vendedor de chucherías para revertir el hechizo y mientras tanto escriben largas historias con finales abiertos, hasta que termine el conjuro o se encuentre la vacuna. Lo que llegue primero.-
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