Crónica de un país en cuarentena
Por Pablo Callejón
Los pocos que aún deambulaban lo hacían a paso lento, en un transitar adormecido. Parecían aturdidos por la decisión, pero nadie la cuestionaba. Era extraño. Una cuarentena con todos. Los almacenes y verdulerías permanecieron abiertos después de las 22, aunque no había clientes. Ya nadie recayó en reacciones apresuradas. La noche se fue apagando al aguardo del definitivo aislamiento social que había anticipado el presidente. El anuncio había mostrado por televisión a un mandatario de hablar sereno, pero firme. La pandemia que avanzó a un ritmo fulminante en Asia y Europa nos dio tiempo para prepararnos y conocer la efectividad de las medidas que ya se habían tomado en otros países. También para entender que la estupidez humana de los que eludieron las cuarentenas actuó con la misma celeridad y capacidad de daño que el propio virus.
11 millones de personas viven en Wuham, una ciudad con más de 3.500 años de historia. La capital de Hubei fue testigo del levantamiento de Wuchang en 1911 que derivó en la caída de la dinastía Qing y la creación de la República de China. La ciudad que es centro político, económico, financiero, comercial, cultural y educativo de la región central fue considerada durante algunos meses de 1927 la capital del gigante asiático.
El 27 de diciembre de 2019, un médico de Wuham detectó que tres integrantes de una misma familia padecían una neumonía poco común. Ese mismo día, el especialista informó la novedad al Centro Chino de Control y Prevención de Enfermedades. Las autoridades buscaron otros casos y los hallaron. El doctor Zunyou Wu, jefe epidemiológico del organismo sanitario, reveló en la XXVII Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas (CROI 2020) que el 31 de diciembre, en las vísperas del año nuevo católico, el gobierno Chino resolvió emitir una alerta pública. La mayoría de los casos habían tenido una exposición directa con el mercado mayorista de mariscos de Huanan, que fue clausurado. El 3 de enero, 8 días después de advertir el primer episodio, China compartió información con la Organización Mundial de la Salud y otros países. El Gobierno desarrolló y envió a Wuhan los kits para diagnosticar el contagio y el 23 de enero se dispuso el aislamiento total de la ciudad que originó el brote de Covid 19 y de otras 15 poblaciones de Hubei. Aunque habían actuado en tiempo récord, comprobaron que el coronavirus era muy contagioso y se diseminaba muy rápido: en apenas 30 días, pasaron de 14 casos en una provincia a 1.600 en 31 territorios chinos.
Sergio sacudió enojado el balde con restos de portland. “¿Sabe que me salva de no morirme de hambre?, este balde”, me advirtió. Tenía las ojeras grisáceas por falta de sueño y un temblequeo en los párpados. Era una especie de tic que no le había visto antes. Las manos estaban rígidas, con la severidad de siempre. Como si fueran ajenas al cuerpo y los calambres del alma. Sergio no se ha dado el tiempo para temerle al virus. Podría no trabajar un día, quizás dos, pero imagina que al final de la semana la heladera estará vacía. En su casa no hay esposa, ni hijos. El albañil de cuerpo delgado y brazos fibrosos vive con su madre, una septuagenaria que solo recibe la jubilación mínima. El Estado incrementó la ayuda para la anciana, pero no les alcanza. Si la meta es asegurar una comida caliente cada día, Sergio está convencido de que nunca podrá abandonar el balde.
Los abuelos mueren solos en Europa. Un enfermero italiano reconoció al Corriere Della Sera que priorizan la recuperación de personas jóvenes con casos leves, como en una lógica de guerra. Los empleados de geriátricos arrastran las bolsas de un marrón claro por los pasillos silenciosos. Los que aún están vivos ven pasar a sus compañeros ocultos en ese envoltorio macabro. Solo los más afortunados disponen de un contacto con sus seres queridos a través de una pantalla digital. Cada enter sobre el programa de video puede ser el último. En España se preguntan por qué no se priorizó la atención de los ancianos, el grupo etario más vulnerable ante la peste. En medio de hospitales con pasillos abarrotados de enfermos y calles silenciadas desde Milán hasta Madrid, el enfermero italiano parece asumir la obscena sinceridad ante las omisiones oficiales por el desmadre de la pandemia.
La mujer de 70 y pico de años eludió la disciplina de una fila de hombres y mujeres jóvenes en el ingreso a la Química. “Cuando vuelvo me lavo las manos con gel”, se apresuró en explicar para evitar un incómodo interrogatorio. La anciana estaba sola. No solo en ese momento, estaba sola en la vida. Nadie se atrevió a preguntarle, pero ella decidió contarlo. Es viuda y sus hijos viven en Santa Fe con sus familias. En medio de la tensión por el virus no consideraron conveniente viajar a Río Cuarto. La mujer de pelo de cenizas y ojos color avellana, advirtió que alguien tiene que cocinar y desinfectar la casa. Todos escucharon resignados y resolvieron recuperar la distancia de un metro, al aguardo del turno.
En Argentina, 15 millones de ciudadanos son pobres y más de 3 millones viven en la indigencia. 6 de cada 10 jubilados cobran la mínima y hay 4 millones de beneficiarios de Asignación Universal por Hijo. La desocupación alcanza a un millón 400 mil personas y 5 millones de trabajadores están en negro. Miles de pymes desaparecieron en los últimos cuatro años y una mayoría resiste la quiebra en medio de la recesión. Cuatro años de neolilberalismo no lograron mejorar ningún indicador económico y empeoraron todos. La última postal de los gerentes en el poder reveló la continuidad del ministerio de Defensa y la caída de Salud a una escuálida secretaría. Los votos cambiaron el destino de Casa Rosada pero nadie podía prever un coronavirus. Cuando nos preguntábamos cuál era el fondo de la crisis, el piso se desplomó.
El aburrimiento en la cuarentena surge como un privilegio de clase para los que saben que no pasarán hambre. Los temores por no poder pagar el alquiler, las facturas de la luz o el interés de las tarjetas, son apenas un mal trago en comparación con los que duermen con ruidos en la panza. Un malestar que sufrían mucho antes de conocer que un plato de murciélagos en China podría embichar sus estómagos vacíos.
El doctor Zunyou Wo explicó ante expertos en el mundo que los síntomas más frecuentes del Covid 19 son la fiebre, la tos seca y la fatiga. Los casos más críticos aparecieron entre pacientes hipertensos, con diabetes, enfermedades cardiovasculares y pulmonares. Zunyou advirtió que no tenemos inmunidad, ni tratamiento, ni vacuna, ni medidas mágicas para controlarlo. Los más fuertes sobrevivirán y los más débiles, entre el 5 y el 7 por ciento de los afectados, caerán en la sentencia inevitable de la muerte. La única medida restrictiva al virus que se propaga como reguero de pólvora es alejarse de la mecha. Cortar el contagio a partir de medidas sencillas como el lavado de manos y drásticas como el aislamiento, son el antídoto posible de aquí hasta la China.
El imaginario de un control férreo con tanques en las calles y el dedo opresor del Estado podría resultar insuficiente para entender por qué los chinos dieron por controlado el brote el 1 de marzo y 18 días después admitieron que no existía ningún nuevo caso autóctono. La milenaria cultura decidió caer en el orden antes que reducirse al miedo. Nadie en Wuhan ni en ningún otro lugar del inmenso territorio que comparten se mofó de las advertencias, solo las cumplieron.
El Covid 19 es la enfermedad provocada por el virus Sars Cov 2. Alcanza un nivel de fatalidad hasta 35 veces superior a otras influenzas, pero en la mayoría de los pacientes solo presenta un grado de patología leve. El 80 por ciento de los contagios se da en el mismo grupo familiar por “contacto estrecho”. El tiempo promedio entre la exposición al virus y el inicio de los síntomas puede ser de entre 5 y 6 días. Para la recuperación, en los casos tenues se necesitan 14 días y en los severos, de 3 a 6 semanas.
Según la Unesco, son 850 millones de estudiantes que no van a clases y la cifra sigue aumentando porque cada vez más países toman la decisión de restringir la circulación de personas y cierran los centros educativos. La debacle económica podría provocar, además, que 25 millones de personas pierdan sus empleos en el mundo, estimó la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Una cordobesa regresó de España y se comunicó con su viejo amor en Selva, una ciudad sojera de Santiago del Estero, en el límite con Santa Fe. La pareja se reencontró y compartió mucho más que una relación infiel. El santiagueño se contagió de Coronavirus y el pueblo fue aislado totalmente. En Córdoba, dos alemanes huyeron de un hotel en el que debían cumplir la cuarentena y la Justicia liberó una orden de captura en todo el país. Forman parte de los miles de turistas que llegaron a la Argentina en medio de la pandemia mundial, reunidos con otros miles de argentinos que volvieron de sus viajes de placer con la soberbia de creerse inmunes. Ni unos ni otros entendieron a tiempo el grave costo de su estupidez. Los contagios aumentan a partir de casos importados y el riesgo de un crecimiento brutal de afectados, como ocurrió en España ó Italia, seríaa derivar en un desborde del sistema sanitario. Ese momento donde se pierde mucho más que la oportunidad de un abrazo y ya nadie vela a sus muertos.
Me da vergüenza estornudar. Toda la puta vida me levanté estornudando. Desde niño aprendí que las mañanas tienen el sentido de mis alergias. Pero en estos días decidí aguantar esas reacciones haciendo muecas extrañas con la nariz y apretando fuerte los dientes para evitar la mirada incisiva de los que se preguntarían si soy portador del virus. Mucho más difícil es la situación de los ciudadanos chinos. Las redes sociales fueron la vía para intentar ridiculizarlos y dramatizar episodios de xenofobia de bar.
Cuando los casos desvanezcan y la normalidad tenga más sentido cotidiano, algunos posteos y audios de Whatsapp nos recordarán que la imbecilidad puede ser la peor consecuencia de la pandemia.
El Gobierno decidió invertir miles de millones de pesos para recuperar el rol del Instituto Malbrán, promover la conclusión de hospitales, impulsar la compra de equipamiento de salud y favorecer la creación de la Unidad Coronavirus a través del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. En apenas días, se resolvió un aporte extraordinario para jubilados y beneficios de AUH y se conocieron una batería de medidas para evitar una mayor debacle económica. No será suficiente pero, ¿cómo hablar de suficiencia en medio de esta crisis extraordinaria? El primer mundo se desangra en acciones que parecen empujarnos a políticas de la Segunda Guerra Mundial y hay bufones fascistas que ningunean la pandemia desde los atriles de un poder desquiciado.
El mercado suplica subirse primero en los pocos botes de salvación, mientras los liberales ocultan a sus profetas de oficina. Todos caen a los pies del Estado, el único resguardo donde es posible pensar que la patria finalmente es el otro.
La crisis nos revela que éramos felices y no supimos darnos cuenta. En el cortado con el diario por la mañana, la caminata rutinaria al almacén, la charla al final del trabajo y el abrazo con el amigo que cruzamos en el centro, éramos sencillamente felices. Nuestras mundanas vidas sociales fueron las primeras víctimas de la pandemia. Y aún así tenemos el privilegio de quedarnos en casa solo para evitar al virus. La ciudad parece silenciada por los que no están. Hay ladridos de perros que marcan territorio en el vacío de las veredas y calles. Hace más de una hora que ingresamos en un aislamiento social para resguardar un bien más preciado que la pérdida temporal de las libertades individuales. Según parece, nos jugamos la vida.
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