Remontar el barrilete
– Por Pablo Callejón Periodista
Sin música la vida sería un error, nos advirtió el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Y en tu vida, el error fue haber descubierto la música a través de los otros. Y ojo que no hablo de la compleja composición de la música, sino de al menos interpretar lo que los otros hacen. Tomar un instrumento y descubrir una mínima composición sonora. Pero, la guitarra que compraste solo sirvió para sacarte un par de selfies y allí está, al aguardo de que resuelvas agudizar el oído, aliviar los músculos de las manos y alcanzar la paciencia para que el Do no suene igual a Re y Fa se diferencie un poco de Mi. Y aún así, sería insuficiente. Pero la música que te reveló como un acto fallido frente al diapasón y las cuerdas, logró facilitarte las ideas y emociones que acompañaron tu banda de sonido. Y es allí donde la armonía, la melodía y el ritmo le devolvieron sentido a la vida que ya no fue solo un error.
Vivir en términos musicales es un bastión de resistencia a la mediocre normalidad. Aún cuando no podrías seguir con el chasquido de los dedos el pulso los tambores y un cuerpo de flaco desgarbado y pies del 42 te impiden intentar un giro sobre la pista sin caer en el riesgo de enredarte con tu propia torpeza. Y aunque todo haya parecido un error, la música que componen, interpretan y bailan mejor los otros, le da veracidad a tus recuerdos y mejora las sensaciones del presente.
Cuando eras solo un niño, los clásicos de Los Parchis en las fiestas de cumpleaños dejaron lugar a la batería de sonido ochentoso de los dinosaurios que iban a desaparecer. Ennio Morricone te hizo llorar por primera en el cine Cervantes, sobre la butaca donde Salvatore hacía las paces con su pasado. Y en el hall donde vendían los turrones Misky, una adolescente de ojos de mar cantaba con voz suave “Take My Breath Away”, abrazada a la campera de cuero de Tom Cruise. Vos peinabas el jopo envuelto en gel, buscando los dioses que ya no están, en ese apagón sentimental que concluía en el silencio.
Las caras conchetas, miradas berretas y hombres encajados en Fiorucci te describieron la adolescencia de los que descansan el sobretodo de marca sobre la vidriera de una barra del bar. Y en la pista donde nunca bailaban solas, fue amor lo que sangraba desde el cielo en la cúpula. Tenías un jean nevado, arremangado en el bajo, con un par de botas Cerro y una camisa leñadora a cuadros rojos y blancos que lucía el cuello levantado, como en una película de James Dean.
Los amores adolescentes siempre, ó casi siempre, resuenan en las peores canciones de amor. “Te recuerdo en mis sueños ahora que te estoy perdiendo…” le cantabas al oído con la literalidad del final anticipado. Y las Four Non Blondes se preguntaban “¿Qué pasa?” en el lento que siempre elegías para cerrar con ella la noche. Y esa manía por los amores perdidos te hizo descubrir a Sabina, el autor de las poesías que terminaban tan tristes que nunca pudieron comenzar. Como se sabe, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y los acordes fueron la descripción de los amores que nunca alcanzaste.Quizás por eso, en el asiento delantero del VW Gacel dabas la vuelta del perro, buscabas el cassette que escuchabas para cantar contra el olvido, aunque solo terminaras durmiendo en la estación.
Y en esas cosas de gallegos y catalanes, pudiste contarle a tu corazón que existe siempre una razón escondida en cada gesto. A los 18 finalmente te uniste a un vuelo de palomas, dejando el pueblo atrás. La música no te permitió ganar batallas, pero acompañó las gestas. El final fue donde partir cuando buscabas ese caminito al lado del mundo. Frente al comedor universitario, la observabas sin saber que a ella también le hubiese gustado hacer cosas raras para gente normal. Pero la muchacha de ojos de papel nunca te devolvió la mirada y vos, solo eras el flaco desgarbado que sin afinar ni tocar una guitarra ponías la música en el walkman para que Nirvana hiciera el resto.
Y en el Central Argentino los tambores de un matador golpeaban la memoria de Manuel Santillán. La última vez que habías ido a un recital, estaban Vilma Palma sobre las tablas del club Santa Paula. Algunas cosas habían cambiado en la era de la boludez. Decidiste baldear el corazón, como un cuento de una historia más de almas enamorando el final. Jazmín fue la música de la mañana y Sabina, el ritmo de una tarde agitada. En la panza de mamá escuchaban Los Beatles con la certeza de enseñarles las notas indispensables de la historia de la música. Hoy prefieren a coreanos peinados a los Justin Bieber, en algo que suelen llamar K-pop.
La realidad que baila sola en la mentira y en un bolsillo tiene amor y alegría, militó tu bronca al 2001. El periodismo que elegiste surgió como bastión de lucha y un León de palabras sabias te advirtió que el grito de los perdedores es sordo y mudo, aunque griten juntos. Te convenciste que lo mejor era hacerlos escuchar, resuelto a la grandeza de las cosas pequeñas.
Residente también tuvo razón, las noticias mal contadas pueden convertirse en un asalto a mano armada. Es un mundo donde la mentira es a veces la verdad y ya no ves, ni cuando me ves.
Las simpatías por el diablo y los acordes de cancha le pusieron música a esa pasión de once detrás de una pelota. Y la vida te acercó a los 40 remontando los barriletes de aquella tempestad. Fueron los tiempos de baldear el corazón y regalarle un par de discos de Divididos para recordarle que aquellas tardes, en el parque de la Universidad que parecía vacía para dos, yo la miraba y ella no. Y aunque no componías, ni tocabas un instrumento, ni afinabas, ni sabías bailar, el azar decidió que para concursar como docente tuvieras que hablar de la música en la radio. Y entonces apelas a la voz de Edith Piaff para ilustrar las noches del París de la Segunda Guerra Mundial, donde te hubiese gustado estar con la joven de pantalón de corderoy, hablando por lo bajo sobre la resistencia al fascismo que no podía silenciar a los vencidos.
Y nunca pudiste escribir la canción más hermosa del mundo, aunque nacieran las lágrimas para llorar cuando vale la pena. En un rincón de la tarjeta de crédito conservas el vale de un cumpleaños sobre la pista de un rock serrano, como promesa de una noche con tonos de García y Divididos. Porque la chica ya vive en tu océano salvaje y vos, apenas sos un flaco desgarbado que aprendió a remontar el barrilete.
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