100 días después

Por Pablo Callejón

Aquel 19 de marzo teníamos calambres en el alma. Horas antes, los supermercados estaban abarrotados de personas que llenaban los changuitos de papel higiénico y arroz. Nadie podía intuir lo que iba a pasar. Algunos prefirieron el atajo y escapar por la vía de la mezquindad. El presidente habló en conferencia de prensa y desde la medianoche debíamos quedarnos encerrados, aislados de nuestros viejos, de los amigos, incluso de nuestros hijos. “Hemos calculado todo, necesitamos que cada uno haga su parte”, afirmó Alberto Fernández acompañado por sus ministros. Aquella era una jornada cálida de otoño pero las calles ya estaban vacías, los comercios cerrados y la tensión del aíre se cortaba con una navaja. Tenías miedo, ¿te acordás? Yo tenía miedo. Los medios nos habían advertido sobre los camiones que cargaban ataúdes con muertos y los trasladaban por las distintas regiones de Italia. Había hedor a muerte en la Europa que había resuelto abandonar el estado de bienestar por la privatización de las camas de terapia. Muerte en los geriátricos, en las plazas, en las industrias y en los hogares. Pasillos abarrotados de pacientes agonizando y médicos que le lloraban al piso, con las manos demacradas por las horas sin sueño. Había muerte en la televisión y en los diarios. Sabíamos que el virus se propagaba como reguero de pólvora y no había cura. Solo eso sabíamos. Hace 100 días, nos obligamos al encierro. Ocultos en la trinchera que nos protegía de las balas enemigas sin saber exactamente, desde qué lugar llegaban.

Cuatro días antes del anuncio del inicio del aislamiento social obligatorio, Llamosas anunció la suspensión de las elecciones. En Río Cuarto aún no había casos, pero finalmente llegarían. La disputa política enfrentaba intereses contradictorios. El peronismo quería votar, apurado por las encuestas que lo favorecían y la incertidumbre que generaba la maldita pandemia. El radicalismo, en cambio, quería salir del atolladero de la derrota. La última elección los había derrumbado electoralmente y los números lo mostraban demasiado lejos del oficialismo. La pulseada la ganó la realidad. Vos no querías saber nada de ir a votar. La economía te saqueaba los bolsillos y te hablaban de un virus que iba a tirar por la borda cualquier indicio de recuperación. El naufragio económico fnalmente llegó. En la borda del Titanic, sin orquestas ni lujos por guardar, el único salvavidas que tenías fue la mano solidaria del Estado.

Aprendimos a no vernos, a extrañarnos demasiado. Los primeros días decidí salir a la calle para contar las historias que se ocultaban detrás del encierro. Realicé entrevistas en el hospital y me acerqué demasiado a las terapias. Disimulé las consecuencias que podría generar un contagio en un asmático crónico y no tuve más remedio que pensar en mis hijas. Ellas también heredaron el silbido que agita la inflamación de los bronquios. Y decidí quedarme en casa.  El 20 de marzo confirmaron el primer contagio de Coronavirus en Río Cuarto. ¿Te acordas? Quizás los mismos que llenaron los changuitos con servilletas de papel salieron a escrachar en las redes sociales al paciente y su familia. En otros mensajes de Whatsapp se viralizaban audios que estigmatizaban a comerciantes chinos y la mentira generaba una cadena de ataques de pánico. Las calles estaban vacías, o casi. Solo podías ir al supermercado y la farmacia. Los mercaditos de barrio te llevaban la mercadería en delivery y aprendiste a respetar las distancias. Nos ganó la desconfianza por todo y por todos. La bolsa de alimentos, nuestros zapatos, el picaporte de la puerta y hasta del mismísimo aire nos provocaba temor.  El alcohol en gel cotizaba más que el dólar blue y empezamos a fabricar barbijos que al final llamamos tapabocas. Los mercaderes del miedo sabían cómo ganar aún en la derrota colectiva. El virus nos empezaba a enseñar que también en las pandemias, sobrevive la mano del capital.

 El 5 de abril la ciudad sumó la primera muerte por Coronavirus. La víctima fue un ingeniero que habían trasladado desde Huinca Renancó y falleció en la terapia del Hospital. En el pueblo habían estigmatizado a su familia por una supuesta violación de la cuarentena. El miedo se había ensañado con la piedad y los buenos modales. Un mes después no quedaban pacientes contagiados en Río Cuarto. En total, fueron 11 desde el inicio de la cuarentena. Habían abandonado las clínicas entre aplausos y guantes inflados con forma de globos. ¿Te acordás? Esta vez, los videos se viralizaban como un el gol de Maradona a los ingleses. Te sentías parte de esa victoria. Habías aprendido a lavarnos las manos, hacer fila frente al super y sobre todo, a quedarte en casa. Vos estabas peleando por garantizar una comida caliente para tus hijos, mientras gozabas de la certeza de estar vivo. La economía era un ovillo imposible de desenredar. Comenzamos a hablar del síndrome de la caja cero. ¿Te acordás de eso? Los comercios estaban cerrados y hasta los bancos permanecían vacíos. Aunque un día volvieron a abrir sus puertas. Y hubo una cola interminable de ancianos y mamás con niños en la falda apoyados sobre las paredes de las vidrieras sin encanto. Los que nunca pierden, no te perdonan una. Gerenciados por la banca que conserva la única baraja, mostraron la avaricia de los que aguardan detrás del mostrador. La crisis se llevó puesto tu dinero, tu trabajo, tus ahorros y tus penas. Los bancos ganaron sobre las pérdidas de todos. Te obligaron a pagar con intereses la tarjeta y aceptar el descuento compulsivo del crédito. El virus podría contagiar a todos por igual, pero el dinero nunca pierde su status de clase.

Al principio hubo aplausos para los médicos, sonatas en los balcones y bailes sin orquestas. Fue la antesala al regreso de las cacerolas. El repiquetear sobre el acero convocó a los que dejaron de creer en el encierro, lanzaron el augurio de una salida masiva de presos y pidieron defender la República de la avanzada de los pobres. Los devotos mesiánicos de la gripecita levantaron las banderas de una empresa estresada por estafar a diestra y siniestra, danzaron sobre las veredas adoquinadas de Recoleta y añoraron no tener un presidente con el flequillo hitleriano  de Bolsonaro. Volvieron a las calles sin haber cruzado el mar y la muerte volvió a rondarlos como un buitre que aguarda detrás de la puerta.

Y fuimos saltando de fase en fase, como en una partida de tejo. Alcanzamos finalmente el lugar de la distancia que supera al encierro. Y regresamos a la calle sin respetar demasiado la terminación del documento y los días con permiso para caminar. Vos también estabas allí. El mundo comenzó a rodearnos de viejos conocidos que nos parecen curiosamente extraños. Regresamos al café del bar, a la casa de la vieja y al abrazo de los amigos. Volvimos vivos, más temerosos, menos crédulos. La nueva normalidad se presentó como una advertencia inconclusa del drama que creíamos superado. Ya no se trataba de evitar el virus, sino de convivir con él. Y te preguntabas si esto que llaman normalidad es apenas un nuevo ensayo con la muerte. Sobre el taburete de la soledad, la realidad parece ir a contramano de las señales que conocías.

Y el mundo se desmorona como en tiempos de guerra. Las camas aún permanecen tibias y la demanda urgente. Los unitarios que posaban su poder sobre el puerto, se apropiaron también del virus. La pandemia se concentró en lo que describen como el área metropolitana y esta vez, resultaría oportuno que no todos los caminos conduzcan a Roma. Los alquimistas de la moral ajena, aún apuestan sus credenciales del lobby sobre un estudio de televisión. En los comedores barriales, en cambio, todas las calles son melancolía. La reconstrucción será sobre cenizas de una economía que ya estaba devastada cuando se infectó del virus.  La ventaja es haber sobrevivido. 100 días después aún podemos contarla.  

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